Apaga y vámonos

El mundial más extraño

Me pilló cerca de un televisor la retransmisión del partido que enfrentaba a Alemania y Argentina en el flamante nuevo estadio de Maracaná en la final del mundial de fútbol de este año. Con toda probabilidad habría seguido de frente hacia el buen libro que me esperaba algo más allá del electrodoméstico de marras, si no hubiera sido porque escuché en boca de los comentaristas una aseveración, no sé si fruto de una encuesta o de la suposición, que me pareció harto curiosa: el setenta por ciento de los españoles querían que ganase Alemania; el treinta por ciento tenía a Argentina como favorito.

No sé sobre qué muestra se hizo la encuesta, pero si ese resultado fuera verdad, de inmediato deberíamos preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí. De un plumazo parecen haberse borrado una serie de circunstancias que habrían hecho más razonable una proporción inversa, hechos todos ellos irrefutables, algunos tan vivos como la hierba que pisaban los jugadores el domingo pasado buscando la gloria y, por qué no, el dinero.

Esa madre patria de la que Argentina había sido uno de los hijos egregios renegaba así en un 70 por ciento de lazos que, siquiera fuera de boquilla, había reivindicado siempre. Bien es verdad que en el otro lado del Atlántico se atisban también las nuevas generaciones de latinoamericanos que critican una colonización producida, como todas, a sangre y fuego; dejó vestigios de civilizaciones anteriores el descubrimiento, a diferencia de la aniquilación que el invasor llevó a cabo, séptimo de caballería en vanguardia, en América del Norte, de manera que no quedaran allí testigos que se volviesen contra él, como desde hace años va ocurriendo con ese despertar de una conciencia anticolonizadora en el sur, hasta el punto de alentar democracias formales, sustantivamente dictaduras anticapitalistas, al final, antiespañolas.

Ese setenta por ciento de los de acá, quizás intuyendo esa virulencia indígena, en todo caso autóctona, parece haber pasado por alto el hecho de que compartimos con Argentina, no sólo una parte de nuestra historia, sino también una lengua milenaria, ellos por importación secular, como sucede aquí en algunos territorios periféricos, de modo que en el presente se da la paradoja de que España pierda afectos hacia países con la misma lengua, mientras en parte del Estado se produce el mismo fenómeno por parte de quienes también desde hace siglos han tenido, en todo caso además, una lengua diferente. En suma, lo que nos une está perdiendo valor a marchas forzadas.

Pero el partido resultaba también estructuralmente extraño, o mejor decir revelador del resultado de la encuesta: en el equipo argentino jugaban algunos de los que en el presente juegan la liga española en equipos catalanes; y si catalanes, ¿españoles? Y si españoles, ¿cómo preferir de forma tan contundente a Alemania como equipo ganador? De pronto toda la animadversión generada contra la todopoderosa Alemania por los líderes de la opinión publicada y por buena parte de las formaciones políticas pareció esfumarse; incluso la envidia, el deporte más extendido en la península ibérica, dejó paso a una admiración desaforada por quien lo tiene todo o cuanto menos, la aceptación del mal menor: todo antes que ir con el equipo de Messi.

Quiero pensar que de pronto nos hemos sentido todo lo europeos que hemos demostrado no ser nunca; y que hemos hecho ascos a quien ofendió a Brufau. Hemos optado, además, por la Alemania del tikitaken, que ya ha empezado a practicar Guardiola con el Bayern…en fin, que tal vez tenga que ver lo sucedido con la luz que algunos quieren ver a lo largo del túnel ahora que Rajoy ya ha aceptado que con Cataluña cuanto menos puede decirse que hay, en palabras suyas y como siempre ambiguas quizás por vacuas, “un problema”.

Dicen algunos periodistas que se autoafirman bien informados, que incluso entre los magistrados del Tribunal Constitucional ya existe una voluntad explícita de reorientar la Ley de Consultas catalana, vehículo para la doble pregunta que se quiere plantear el día 9N entre quienes viven y trabajan en Cataluña (mayores, por tanto, de 16 años), para que el resultado de la consulta pueda servir de acicate o pretexto a una reforma constitucional; no sé si no será más el deseo de unos cuantos que la voluntad mayoritaria, pero de algún modo apunta a la resolución del conflicto en el que se enfrentan dos mayorías: la de las elecciones generales y la de las elecciones autonómicas.

Por todo ello me ha parecido éste un extraño mundial, símil como casi siempre sucede con el fútbol respecto de lo que pasa en política, que anuncia cambios no menores en la enquistada relación entre esta periferia desde la que les escribo y el poder central que hasta la fecha parece no leer ni esto, ni casi nada de lo que aquí se cuece.


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