Apaga y vámonos

El mito artúrico y la independencia de Escocia

Es verdad, no pueden compararse los casos de Cataluña y Escocia por muchísimos motivos, entre los que no son menores los que conforman la estructura política en la que se aloja cada una de ellas: el Reino Unido, donde Irlanda ya alcanzó la independencia durante el siglo XX, es una compleja amalgama de naciones reconocidas, donde incluso pueden disponer, cada una de ellas, de la correspondiente selección de fútbol, la prueba del nueve de todas las naciones. Incluso más allá de la insularidad europea de los británicos, el imperio se extiende bajo el manto de la corona, allende los mares y los continentes, e incluso el anclaje ibérico de su paraíso fiscal, Gibraltar, no quiere ni oír hablar de dejar su condición británica; quizás porque la alternativa en soledad, ahí en el confín de Europa, habría de ser batallada con las reivindicaciones españolas.

Por su parte España ha sido a lo largo de los siglos innegable capital de un vasto imperio a la par que un eterno proyecto de nación, jamás conseguido en manera que resultase incontestable para toda su población. El factor lingüístico, que supone no sólo una realidad cultural distinta, sino además una cosmovisión diferenciada para cada territorio (para sus gentes, ya sé que los territorios no hablan), refiere desde el principio una fragmentación y complejidad tan grandes como la británica, aunque la historia de ambos sea distinta.

En el origen del poder en el mito artúrico hay reconocimiento de la auctoritas pero también pactos, diálogos, expiación de defectos, perdón, reconciliación…

Y tan distinta. En el origen de Inglaterra encontramos una hermosa metáfora de lo que significa ser inglés: Arturo es el rey por su legitimidad para ejercer el poder, pero al tiempo sus defectos y sus rasgos le hacen no sólo perder a Excalibur, la espada que sólo puede empuñar quien la merece, sino incluso compartir a su esposa Ginebra con uno de los caballeros de esa tabla que es redonda para advertir que todas las tribus son en esa estructura iguales, que no hay jerarquías excepto la obediencia debida al rey, que por su parte se debe a todos. En el origen del poder en el mito artúrico hay reconocimiento de la auctoritas pero también pactos, diálogos, expiación de defectos, perdón, reconciliación…

En España la unidad política producida en torno al matrimonio de los reyes Isabel y Fernando conservaba también las características de cada territorio, con una monarquía castellana esencialmente autoritaria y una monarquía aragonesa (se entiende bajo ese rótulo toda la subcomplejidad del oriente peninsular-insular) cuyas Cortes medievales habían sido ya similares a las del país que origina el parlamentarismo con un par de siglos de adelanto sobre el continente. Nada fue igual a partir de la instauración de la monarquía borbónica.

Ninguna nación ha sido capaz de construirse con la mera buena voluntad; en todas, en cualquier afirmación patriótica hay guerra, sangre derramada por el ideal (donde se suele incluir la libertad respecto del opresor), una arquitectura del “nosotros” realizada en confrontación con los “otros”. Por eso nadie afirma que la nación española se iniciara en la transición. Empiezan a construir el discurso nacional quienes lo quieren y al final lo quieren más, o por el contrario, quienes lo iniciaron son ajusticiados, tachados de traidores, desobedientes o desleales a una nación preexistente. Dependiendo del periodo de la historia quienes afirman la unidad del todo cuentan con mayor o menor número de herramientas a su alcance para conseguirlo. La peculiaridad del momento presente radica en que no caben, al menos no en este rincón del mundo, los cañones.

Sin cañones las guerras se cubren de una cierta costra de suciedad; no son limpias, porque no son casuales, todas las casusas que se están abriendo en el presente contra catalanes relevantes porque nadie se cree que de pronto hayan caído del caballo tantos ciegos de años; pero tampoco fue limpia la promesa de Zapatero de respetar el Estatuto que aprobara el Parlament, y también en éste se fraguó una propuesta que pretendió hacer una reforma constitucional por la puerta de atrás, gracias al “sueño” de Maragall, la misma huida hacia adelante que llevó a cabo Montilla al querer encabezar la manifestación contra la sentencia que el TC dictó para acabar de “cepillarlo” (Guerra dixit), y probablemente también la que protagonizó Mas al ponerse al frente de la que dos años después se convirtió en el inicio de un proceso que desemboca en la situación actual.

Me habría gustado que un día, hace mucho tiempo, el jefe del ejecutivo español no hubiera negado en redondo la posibilidad de la consulta, aunque la Constitución deje pocos resquicios

Estoy convencida de que en ellos cuatro ha anidado, con mayor o menor fortuna, la voluntad de mantener la situación dentro de los cauces de la política de partidos, pero lo cierto es que ahora ya no tienen los hechos actuales una apariencia institucional, pues para acabar de redondear el desconcierto, los partidos nuevos, todos ellos muy simpáticos a quienes nada tienen que perder, no han dudado en sumarse a la decisiva apuesta que hacen en Cataluña algunos por la desobediencia civil contra una eventual suspensión de la ley de consultas catalana que llevara a cabo el TC a instancias del Gobierno central.

Nada es igual en Inglaterra y en España; ver estos días los debates televisivos entre representantes escoceses e ingleses, con una corrección ejemplar, ofreciendo respetuosamente sus tesis y propuestas en torno a la eventualidad de que el pueblo escocés permanezca en el todo o emprenda viaje por separado produce en quienes creemos que sólo desde la libertad y la información se puede hoy plantear la permanencia de los Estados en su unidad, una envidia que me niego a calificar de sana, porque la envidia no es sana, aunque en ocasiones pueda resultar comprensible. A mí sencillamente me habría gustado que un día, hace mucho tiempo, el jefe del ejecutivo español no hubiera negado en redondo la posibilidad de la consulta, aunque la Constitución deje pocos resquicios.

Aquí no se debate, aquí se hace ver que todo lo que está pasando se lo ha inventado un loco, presionado por dos histéricas monjiles y un secesionista con apariencia también algo monacal

En un supuesto tal no habría sido posible que alguien dijera, como he leído en este digital, que el derecho a decidir de Cataluña es en realidad un derecho a excluir al resto de los españoles, aparte del hecho obvio de que cualquier derecho de uno es siempre una exclusión o una obligación para otro, nada es gratis en general, baste pensar en la progresividad de nuestro sistema impositivo, injusta estructuralmente, asumida en nuestro esquema cultural actual hasta límites tan absurdos que disuaden a la clase media de ser clase media alta (los ricos siempre juegan en otra liga, y pagan ridículamente menos). Para concluir el argumento recuérdese que en toda decisión democrática siempre hay alguien a quien se impone la decisión ya por haber votado en contra, ya por no haber votado, ya por no haber sido convocado a votar con mayor o menor justificación.

Pero aquí no se debate, aquí se hace ver que todo lo que está pasando se lo ha inventado un loco, presionado por dos histéricas monjiles y un secesionista con apariencia también algo monacal. Pero no, la cosa es bastante más seria y si a nadie en el resto de España parece importar enterarse de lo que realmente ocurre es que la prueba del algodón se ha hecho realidad en vivo y en directo: ¿nada importa lo que aquí sucede? Entonces ¿por qué habría de importar lo que aquí se decida? Pero no, más bien pienso que quizás la diferencia entre Cataluña y Escocia estribe en que en los ingleses saben que con dificultad serán mayoría los escoceses que quieran dejar el imperio, mientras que en Cataluña, con la ayuda de la intransigencia, se va haciendo plausible una opción en la que el resto de los españoles se conviertan en meros vecinos peninsulares. Imposible emular aquí el ciclo artúrico, ese que hará más que difícil la independencia de Escocia.


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