Apaga y vámonos

Mientras miramos al tesorero

Mientras miramos a Bárcenas, el sistema va cambiando de cara, y cuando volvamos a reparar en él, es más que probable que no podamos reconocerlo: las clases pasivas se habrán comido a las activas habida cuenta de nuestra absurda lucha por alargar la esperanza de vida incluso a costa de perjudicar su calidad; los servicios públicos habrán dejado de servir por este empeño de los Estados sociales de enquistar en ellos, cual empresa de trabajo permanente, a conocidos y siervos junto a quienes se ganan las oposiciones a pulso; la educación se habrá transformado, si nadie con sentido de Estado lo remedia, en el aparcamiento de almas sin incentivo para salir adelante; y viviremos en la extraña tenaza entre el asentimiento a los mensajes de los libros de autoayuda y la televisión de detrito exponencial; entre la enésima dieta de adelgazamiento y la creciente población infantil que sólo come decentemente una vez al día; entre machacarse y sudar en un gimnasio y reivindicar a cada paso más ascensores y más aire acondicionado. Tal vez hayamos entonces recuperado algo en el terreno material (está visto que da igual, cuando la curva no es ascendente y eso es en esencia difícilmente sostenible para siempre), pero la impronta desoladora del miedo y nuestra declinante masa neuronal serán pasaporte seguro a la última de las batallas que perderemos.

Todo esto ya lo dijo alguna vez el arte más crítico, de manera que no vale la pena zarandearlo de nuevo; sobre todo porque en días como éstos empeñarse en no mirar a Bárcenas es tarea inútil: no sólo fascina el personaje, sino también y sobre todo lo que simboliza. El personaje marea por el modo en que ha dicho y desdicho a la luz de lo que creyó que podrían hacer por él, mentido y desmentido a golpe de promesa, sobre la base de un obvio convencimiento de su impunidad (curiosa la similitud fonológica con la inmunidad), del carácter blindado del que disfrutaba en sus actividades, habida cuenta de la posición neurálgica para la organización que sin duda tiene la figura del tesorero. Sin embargo la pregunta que de inmediato debemos plantearnos es cómo puede tal cargo ser pieza tan omnipotente y libre de toda responsabilidad, de un modo que resultaría impensable en cualquier empresa sometida a las leyes civiles y mercantiles, y es ahí donde el personaje se difumina y deviene central su papel de símbolo.

En días como éstos empeñarse en no mirar a Bárcenas es tarea inútil

Ha dicho Manolo Milián Mestre, destacado colaborador de Fraga y principal hacedor en Cataluña de la Alianza Popular que parió el PP, que todo el mundo en el partido sabía que existían sobresueldos y por tanto, receptores de los mismos. Eso no ha sido y no puede ser en sí mismo un problema, salvo que quienes los reciban estén afectados de incompatibilidad para dichos cobros o que no los declaren como parte de su renta a los efectos de liquidar los correspondientes impuestos. Aunque en este tiempo de estrecheces recuperadas ya ninguna opulencia ajena es vista con buenos ojos, bien es sabido que existen pagos a diputados y senadores exentos de toda tributación, como lo son, por ejemplo, las dietas por alojamiento o transporte para aquellos que figuran (es sólo figurar) elegidos por provincia distinta a la de la sede legislativa. Si esos dineros, embolsados aunque no se tenga el menor derecho cierto a ellos, no tributan, quizás alguno de los que hoy caminan hacia la picota pensó que tampoco era obligación declarar los sobresueldos, vaya a saber… Aceptemos que deberían saberlo, pero ¿cuántos diputados saben derecho o economía, o algo? ¿Cuántos han estado todo el tiempo a la sombra del poder, de esta parte o de aquella del río, sin necesidad de acreditar conocimiento alguno, excepto el de creer que, como Bárcenas, se habían transformado en intocables?

Distinto es, y todo el mundo adopta pose indignadísima en esta enésima vulneración de las leyes, haber cobrado sobresueldos siendo ya gobernante; y tanto da que ello conduzca a otra de esas absurdidades del sistema, y es que puede cobrar más un diputado raso con cargo en el partido que el mismo individuo siendo Presidente del gobierno: si además pago al Presidente del gobierno un sueldo parejo al de la secretaria de dirección de un alto ejecutivo (la del mismísimo Jordi Pujol hasta ayer –literal-), luego no he de quejarme de que, como dijo Zapatero, pueda llegar cualquiera a tan alta magistratura. Y tal vez por esa medianía tirando a mediocridad de los llamados a tan alto papel institucional pueda llegar a suceder que ése que llega tampoco sepa, o que haga ver que no sabe, como muchos ante la declaración de la renta con omisiones o errores que siempre son en beneficio del errado, que ya no podía cobrar más sobrecillos.

En ese conmovedor panorama, el banquero deviene también símbolo del navajazo trapero que puede darse a quien no te ayuda a salir del agujero, aunque en ese agujero se encuentre el individuo por su mal proceder; y así podría resultar que si el partido le hubiera ayudado, toda la mierda se habría escondido, toda la contabilidad sería mentira, y aún más, hablarían los corifeos (algunos lo hacen) de una espuria trampa aprovechada por periodistas maliciosos para destruir los actuales dirigentes del partido por su heroico no doblarse ante las invectivas diabólicas de los corruptos (a los que estarían dispuestos a salvar, previa breve estancia en “la sombra” que acallase a la indignada turba). ¿Alguien se lo cree? Como si todos ellos hubieran llegado ayer a la política, unos y otros, tantos años despreciando a quien acababa de llegar porque ellos eran los “pata negra”, esos que por acción u omisión son todo lo podrido, estén en ese partido o en cualquier otro, pongan cara de escandalizarse o el perfil de la esfinge. Nada bueno para el saneamiento del sistema ha podido quedarse en los partidos, es imposible quedarse sin tragar, sin asumir, sin callar, sin mirar para otro lado. Y lo mismo puede decirse de quienes les pagaron, les alabaron, se sometieron a sus dictados, pasaron por el aro, suspiraron asumiendo que había que pagar peajes. Por supuesto hay que admitir que en toda ocupación laboral hay un tanto de transigencia para evitar el despido o el expediente disciplinario; y bien está que así sea, cuando sirve para mejorar la convivencia. Pero tratándose de nuestros gobernantes, y sabiendo que el pecado se comete estrictamente para quedarse, no hay excusa posible, y no queda más remedio que pedir que se vayan todos a su casa.

El banquero deviene también símbolo del navajazo trapero que puede darse a quien no te ayuda a salir del agujero

Esa petición de limpiar surge de unas calles donde ahora más que nunca la gente habla y se manifiesta porque pasa de votar en los parlamentos. De todos los votos que pierden los partidos establecidos sólo un cuarenta por ciento va a parar a otras formaciones, lo que quiere decir, como se infiere de un reciente estudio universitario, que la democracia aparente que hemos vivido hasta ahora cada vez convence a menos. No queriendo darse cuenta del peligroso significado de esos datos, algunas voces se han alzado ahora (ahora que ven desmontarse sus posibilidades de seguir en la pomada) dentro del propio PP; al árbol caído todo se le hace leña, aunque a la sombra de ese árbol se hayan cobijado, hayan aceptado cargos y hayan aplaudido al jefe elegido en congresos cuyo nivel de democraticidad interna rayaba la indigencia. Vamos a limpiar el pasado, decía implícitamente un Rajoy que de allí venía, ungido por el dedo que pesa como el plomo. Pondremos a una secretaria general nueva, como si no tuviera pasado, ni ella ni él, ni todos los demás, con el mismo tesorero, los mismos amigos entre los barones territoriales y las mismas endemias de siempre en la relación con las grandes corporaciones. Con una nueva ley de financiación y aplicándose a trocear las pingües donaciones para ajustarse a sus propias y formales exigencias, ¿quién va a creer que la ley de transparencia, si alguna vez llega a ver la luz, sirva para algo?

La alternativa dentro del sistema democrático actual no existe, no hay partido que se salve con el sistema presente. No se puede cambiar desde dentro, porque no estamos, como al final del franquismo con todo por hacer. Ahora está todo tan hecho, tan sólidamente trenzado, que cabe la duda de que jueces, policía y prisiones puedan erradicar algo más que un simple tesorero. La respuesta está en la gente de a pie, pero tampoco entre ella cualquiera vale, si no queremos acabar atados a un salvapatrias más o menos divertido. Harán falta generaciones de verdadera educación, y en esto también está todo escrito: ¿qué pueblos eran aquellos donde no pudieron sumar diez personas justas? Pues eso. Sigamos mirando a Bárcenas…


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