Apaga y vámonos

Las mil caras de la crisis total

A las 9 de la mañana de un día laborable ver a un hombre empujando un carrito de bebé con cara de tedio sólo puede significar una cosa: la casa se le cae encima, y no tiene un trabajo al que acudir. Es una de las caras de la crisis el hecho de que ese hombre parado haya sustituido en su casa al personal doméstico que utilizamos para cubrir los espacios en los que, a estas alturas de la película sin distinción de clases, las madres ya no forman parte del paisaje doméstico: las muy ricas y las mantenidas, porque se pasan el día en el gimnasio, luchando contra un tiempo que a la larga acaba siendo el más democrático rasero de nuestras vidas; el resto, desde la oficina hasta la cadena de montaje, porque no queda más remedio que equipararse al hombre en eso de “realizarse trabajando”, versión moderna de “el trabajo dignifica”, ganar la independencia económica (como está diciendo Cataluña desde la dimensión política) y porque lo de intentar entrar dos sueldos en casa es la única salida a tanta rebaja salarial, a tanto gasto y a tanta prisa como llevamos encima. En ese camino de justa equiparación de sexos, limpiando de agua sucia el fregadero, se nos fue la criatura cañería abajo: nadie excepto una chacha indiferente y una tele de indigencia rayana en el delito se ocupa de los niños que aún no van a la escuela, excepto en esos casos que tanto envidio en que hay abuelos mediante, capaces y dispuestos a hacer un último esfuerzo.

Pero hay más caras en la crisis, no tan visibles, incluso aparentes triunfos de la humanidad. Un espectáculo para 12 escogidos (de los que la mitad son para mí, ignorante sin duda, ilustres desconocidos) se ha llevado a cabo estos días en un centro de arte barcelonés; la propuesta era de los recién galardonados hermanos Roca, del restaurante que lleva su nombre, actual número 1 del mundo, y pretendía sumar todo tipo de experiencias sensoriales: culinarias, musicales, artísticas en general. Lo que Miquel Barceló ha llamado “arte total” me chirría, se me antoja más bien la imagen postrera de la decadencia civilizatoria… el momento en que de la cazuela se pasó a aparatos tecnológicos para explorar rincones de la libido nunca antes tocados me hace pensar en cuál será la diferencia entre esta necesidad constante de ir a más (en la montaña rusa, en el paladar o en la cama) y el prohibido LSD que Hoffman estudiaba con ahínco de universitario adelantado.

Y más caras. La nueva normativa sobre interrupción del embarazo, que amén de hacer de la mujer el único centro de responsabilidad en una decisión dramática, contempla la vida como un accidente cuya viabilidad depende de nuestra voluntad, en un ejemplo más del modo perverso en que hemos ido retorciendo la idea sagrada de la libertad. La historia de la humanidad está plagada de decisiones terribles, pero darles naturaleza de derechos pervierte la esencial conciencia de la distinción entre el bien y el mal. El cambio cualitativo producido sobre el concepto de “dignidad humana” es un fruto más de la crisis, porque a pesar de darle categoría de derecho fundamental e inalienable, banaliza el cuerpo humano, que cualquier religión, del signo que sea, ha visto siempre como el vehículo dignísimo del espíritu.

Nada se libra en todo aquello que hemos hecho capital para nuestras vidas. Los centros de salud, belleza y bienestar para mascotas también forman parte. Nuestros sentimientos hacia los animales de compañía han llegado a ser antropomórficos. Nadie niega el afecto que puede llegar a sentirse por ellos, pero, como en todo, la desmesura es síntoma de nuestra decadencia y cuando se ve pasar un perro con permanente de peluquería y collar de piel con engastes de plata, una empieza a pensar que eso del norte ya sólo sirve en geografía.

La cirugía estética compulsiva pertenece a esta misma categoría. Cuando no se pretende atajar algún complejo o emular la integridad del cuerpo, su uso es un pulso al tiempo que está perdido de antemano, que genera adicción y que, en estos tiempos en los que tanto se habla de recortar, si se destinase el gasto a otros destinos, dignificaría a quienes están tan colgados de su imagen mucho más que recuperar un cuarto de hora una tersura que ya no les corresponde. Bien es cierto que si el mundo no nos exigiera violentar el reloj biológico para tener éxito, mucha gente podría relajar un poco la carne y dedicarse al alma, pero ya sabemos que éste, como casi todos, no es sólo un problema individual, sino también del conjunto.

Que la única solución a la crisis entre los críticos de los recortes sea reactivar el consumo cuando ya hemos asumido que no necesitamos la mayor parte de las cosas que compramos, resulta realmente triste. Sé que cualquiera que tenga un negocio quiere que le compren lo que vende, pero ésa no es razón para la sinrazón. Deberemos buscar nuevas vías para la convivencia que no consistan en obligar a la gente a esta continua huida hacia adelante que deja tan poco tiempo para la reflexión, pues de ese modo el círculo vicioso no tendrá fin. Y no será extraña en absoluto la creciente semejanza que cuanto nos ocurre tiene con el final del Imperio romano, de modo que ver ahora la película de Fellini sobre aquella época puede resultar chocante: ¿qué de extraño veíamos hace décadas en ella? ¿Qué pretendía el ilustre cineasta poner de manifiesto? ¡Nos parecemos tanto a sus protagonistas!… un grupo social cada vez más opulento, decadente y ocioso, cargado de joyas, de mascotas y de liftings, degustando las delicatessen que algunos artistas les ofrecen… otro grupo social desesperado, abocado a las puertas del infierno, sin nada que perder, esperando a que llegue un salvapatrias, algún Atila que asole el terreno que pisan los mangantes, quiero decir, magnates.

Un cuadro muy simplista, lo sé, pero así será visto cuando llegue el estallido, que llegará sin duda, justo antes de que se origine la oportunidad para la gente nueva, para los nuevos príncipes, para los nuevos gobiernos. Y vuelta a empezar. Tal vez por todo ello, contra todo eso, deberíamos dedicar el tiempo que nos quede exclusivamente a hablar de la luz que aún perviva: a referirnos a cuantos se desviven por otros, a quien acaricia, sonríe, ayuda, sostiene, empuja a los vulnerables, a quien da sin esperar a cambio ni siquiera el agradecimiento, a quien es capaz de agradecer sin que la soberbia le muerda, a los cónyuges entregados a hacer feliz la vida de su pareja, a los padres que sepan decir no cuando es preciso, a la gente consciente de lo que es tener salud (de dentro y fuera, que ambas son necesarias), a los niños que aún son capaces de reconocer cuánto mejores son sus vidas que las de tantos otros niños en el mundo, a quienes han sido capaces de hacer de la necesidad virtud. A hacer noticia de la excepcionalidad de hacer las cosas bien.

Sí, quizá sea ya el tiempo de cambiar la lente en el visor.


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