Apaga y vámonos

La mentira como método y el periodista fiel

Dicen las entidades financieras que sus morosos rondan el 11%. Ésta es probablemente la mayor mentira que puebla el sistema económico en la actualidad; así me cuentan algunos de los que transitan por esferas de responsabilidad en ese ámbito (¡ojalá fuera un 11!, se les escapa…). Tal vez se está intentando justificar en esa gran mentira la nueva andanada de brotes verdes que nos venden desde diversas instancias, pero lo cierto es que once puntos de mora por cada cien de deuda no es número que justifique la absoluta paralización del crédito y su encarecimiento hasta límites impensables hace cuatro días. Esos dos factores denotan la necesidad que bancos y cajas de ahorros tienen de paliar el enorme riesgo que asumen de que el nuevo préstamo concedido vaya a engrosar la lista interminable y concatenada de dramas que se esconden detrás de cada ficha financiera fracasada.

¿Por qué mienten? Resulta obvio que decir la verdad es “veneno para la taquilla”. Ningún banco dice que pierde si puede evitarlo; ninguna caja, salvo que ya forme parte del FROB, reconocerá que no fue capaz de prever la crisis global o el hundimiento de alguno de sus concretos clientes en alguna de sus concretas operaciones. Igual que los tasadores “jamás se equivocaron” cuando adjudicaron valores astronómicos a pedruscos ignotos, los analistas de riesgos “no podían prever” que todo el sistema se iría por el agujero de la alcantarilla. Pero bancos y cajas mienten también por esa competencia demoníaca que se instala entre ellos desde el mismo momento en que pierden de vista su función social principal, que es la concesión del crédito. Serra Ramoneda, hasta hace nada prohombre bien visto por todos, oráculo en tertulias económico-políticas después de su paso por la presidencia de Catalunya Caixa, ha dicho de forma explícita que "o pasabas por las Caimán con la bendición del Banco de España o no te comías un rosco", esto es, que la lucha era un sálvese quien pueda a la caza del cliente, saltándose todos las reglas tan cacareadas para el ciudadano común. Y sólo cuando son pillados en flagrante ilegalidad, algunos de ellos, y en eso Serra Ramoneda ha sido algo más digno (o más listo) que el resto, reconocen, siquiera en parte, su responsabilidad por omisión.

Ningún banco dice que pierde si puede evitarlo; ninguna caja, salvo que ya forme parte del FROB, reconocerá que no fue capaz de prever la crisis

Dicen nuestros sociólogos, pedagogos, y todos sus replicantes políticos, que ésta es la generación de jóvenes mejor preparada de la historia y que no hay derecho a que no puedan acceder a una vivienda y a un trabajo con sus carreras a cuestas y sus ganas de vivir. Mienten porque saben que de esa generación que sube, como de los inmigrantes que se nacionalizan, dependen sus votos futuros. Nadie parece dispuesto a recordar que en su juventud la panacea no era encontrar un piso barato, sino ser capaces de ganar lo suficiente para independizarse; que muchos de quienes les miran de forma obsequiosa tuvieron incluso que pagar por trabajar junto a los mejores para poder formarse y que no hay ninguna universidad española entre las primeras del mundo, al menos en uno de los rankings más prestigiosos y reconocidos en la actualidad. Mienten porque saben que no han hecho sus deberes contribuyendo a desarrollar un mecenazgo incentivador para las grandes fortunas que les permitan disponer de fondos para contratar a los mejores investigadores y docentes, sin apoltronarlos en una oposición que acaba con sus ganas de mejorar.

Cuando Rosalía Mera pone en marcha la fundación Paideia, cuyas instalaciones y personal tuve el honor de conocer hace pocos años, va contra corriente, y por libre, planteando desde la perspectiva individual lo que el Estado debería ser capaz de propiciar, facilitar y favorecer. Ella, que empezó de la nada, sin formación alguna, fue capaz de alzarse sobre el infortunio y la desgracia, haciendo de cada obstáculo una oportunidad. Ahora, en cambio, tenemos en cada partido unas nuevas generaciones, cuya máxima aspiración es colocarse en la cadena nutricia, y quejarse de todo lo que el sistema no les da: la vivienda, el trabajo, el reconocimiento, la beca, el viaje a países extranjeros… Los que valen y no encontraban trabajo ya se han ido, y estoy convencida de que no se lo plantean como una desgracia, pues en su mayor parte lo hacen a países donde el empresario no es visto como un delincuente, la licencia de actividad se obtiene en días y no en meses, el impacto ambiental permitido está dentro de los límites de lo aceptable y el mercado laboral es lo suficientemente flexible como para que cada uno de sus participantes ejercite su musculatura en esos años en los que se puede hasta dormir encima de una piedra.

Mienten nuestros políticos cuando dicen que todos somos iguales, que ya se encargaron de ponerlo en la Constitución, justo el texto normativo que está plagado de desigualdades, algunas razonables, otras menos. No hace falta comentar nada más. La igualdad ni siquiera existe en el nivel formal de argumentación.

Los que valen y no encontraban trabajo ya se han ido, y estoy convencida de que no se lo plantean como una desgracia

Y nos mentimos nosotros: con nuestra economía sumergida, nuestros pagos sin IVA, nuestras triquiñuelas para pagar a Hacienda lo menos posible, nuestras quejas de boquilla en las redes sociales, en la barra del bar (o desde tribunas como ésta) que nunca llegan a poner en riesgo nuestra prosaica existencia; cuando nos llenamos la boca con grandes hazañas de mañana, olvidando el gesto solidario de hoy del estilo de bajar el volumen de la radio o del aire acondicionado, tirar la basura cuando y donde toca, recordar quién y cómo fabrica cada cosa que compramos, despilfarrar el agua, calumniar al vecino, relajar todos y cada uno de los niveles de responsabilidad que podemos afrontar de forma individual.

Hace poco he leído el libro de David Rocasolano sobre su prima. Me gusta decirlo así, y no al revés, el primo de la princesa. En general me ha gustado, no lo imaginaba así, ni a él ni lo que iba a contar. Salvo en su halago medido del príncipe, todo lo demás me ha parecido auténtico, y creo que en el fondo ofrece una oportunidad a la Corona para reconsiderar su papel en el siglo XXI y el nivel de ética, real y formal, que se le debe exigir para que pueda recuperar el sentido que tuvo en su origen, cuando era electiva. Pero, y a eso viene incluirle aquí, él sabe y yo sé, que en ocasiones los medios de comunicación mienten con descaro: por omisión, con medias verdades, por alusiones, por falta de veracidad. Es la gran mentira, la instalada como método, la que ha hecho de todo lo demás un triste y banal reflejo de sí mismo; dándole vueltas una y otra vez en este mes de agosto que ya va hacia el final, se me ocurre que desmadejar el ovillo sólo se puede desde ahí; debería el periodista fiel, como el jardinero así apellidado en el cine, empezar a pensar en cómo enfrentarse a los mass media. Necesitamos héroes para llegar a serlo, y ellos son tan visibles que valen multiplicadamente.


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