Apaga y vámonos

“En mano”

Viene al pelo que justo este mismo lunes haya hecho mi director en este medio una amplia reflexión sobre la cuestión territorial (véase, catalana, el resto son mimetismos) que se cuece en España a ritmo cada vez menos lento, y será que llega la calor. Y lo hace desde una visión que comparto  en algunas de las críticas y en muchos aspectos del diagnóstico, haciendo patente una comprensible incapacidad para ir más allá de ahí y dar soluciones, imagino que intentando evitar que le pase como a los de Podemos,  a quienes muchos seguiríamos en la identificación de problemas, pero que sólo pueden secundar racionalmente en las soluciones propuestas quienes no tengan hijos y/o nada que perder.

Es verdad, no ha sido ingenuo el camino recorrido hasta aquí, y no se cambia de forma radical el sentimiento de pertenencia a un país si no pasan cosas. Para algunos siempre fue así, no había España, sino para decir que “nos roba” y por eso utilizaban la expresión acuñada por Franco para no hablar de reinos y referirse al todo sólo como “el Estado español”… Dentro de ese Estado ha habido desde antes de su creación, naciones, decían aquéllos, y después, cuando ya se veía que los pocos eran más, los que seguían creyendo en la unión hablaban, de forma harto equívoca y sin llegar a ninguna parte, de “nación de naciones”, en un extraño oxímoron, extraño porque dejaba cómodos a los inquietos, pero exasperaba a los cada vez más enfrentados polos de la tensión. El colofón de todo ello fue la expresión, no por sorprendente menos contextualizable, del presidente Zapatero: la nación es un concepto discutido y discutible.

Con el paso del tiempo, como digo, los menos se hicieron más, y con ello la discusión sobre el concepto de nación hizo a Zapatero parecer clarividente. Algunos dicen que sin medios de comunicación públicos, escuela y asociaciones subvencionadas que trabajasen el imaginario colectivo en Cataluña esto habría sido de otro modo; y sin duda no andan errados. De todos modos hay que recordar que los alegatos catalanistas, de mayor o menor envergadura, ya habían sido criticados en las instituciones de gobierno centrales mucho antes de que Franco naciera, y que cualquier voluntad nacional (se llamen Reyes Católicos, Azaña, o Franco) ya había trabajado en la medida de lo posible por cultivar y ahondar en una idea que ahora se niega (y cada vez por más gente) en Cataluña: el de la unidad de España. Así que, como siempre, la cuestión depende del imaginario colectivo que se quiera construir o defender, apuntalado en datos históricos que no hay duda de que pueden existir en una u otra dirección, y díganselo, si no, a las corrientes historiográficas serias, enfrentadas de forma  contundente en este tema.

Pero la historia de los pueblos es un hacer, y con los mismos o similares mimbres se pueden armar cestos muy diversos; entre otras cosas, porque la acción política está plagada de puntos de inflexión, errores de estrategia, decisiones tácticas que frustran un buen plan o el mejor proyecto. Así, en el momento presente, incluso los más acérrimos partidarios de la unión deben rendirse a la evidencia de que el panorama se parece muy poco al que vivíamos hace pocos años; que el paisaje y el paisanaje, con crítica adyacente o sin ella, en poco se parece al del momento en que yo propuse a los de mi partido de entonces modificar la estrategia para lanzar la fuerza del adversario contra sí mismo, intentando solucionar el conflicto por elevación: la reforma federal, siempre asimétrica (a la italiana) sólo habría sido posible cuando los dos grandes partidos la negaban, uno por jacobino, otro por mal entendidamente conservador. Ahora, a mi entender, llega tarde, aunque el nombre de “tercera vía” le da el aura y la aceptación que siempre tiene entre los moderados el eclecticismo ideológico. Ya no la quiere ninguno de los bandos enfrentados; pero la teoría lo aguanta todo, y lo cierto es que habría sido maravilloso poder navegar unidos desde la libertad explícita y no por la imposición de unos pactos que sólo son exigibles cuando las circunstancias se mantienen.

Pacta sunt servanda, si Rebus sic stantibus Y a cualquier observador de la realidad se le hace evidente cuánto ha cambiado todo… ¿podría haber dictado otra sentencia el Tribunal Constitucional en el asunto de la reforma estatutaria catalana? ¿y en el declaración de soberanía del Parlament? No lo sé, pero sí sé que algunas declaraciones políticas han sido hechas pretendiendo satisfacer a unos cuantos españoles frente a otros y al final eso ha justificado a unos pocos en su matraca de que a los españoles de esta parte se les trata como si no lo fueran; después vinieron paños calientes, y ya en última instancia la noticia vertida por algún medio de comunicación sobre el hecho verosímil de que vayan a entregar en mano al president Mas el ya preparado recurso contra la ley de consultas que se está elaborando para dar cobertura a la consulta del 9 de noviembre.

Y Mas. La peor distancia entre Madrid y Barcelona radica en la consideración de lo que el president Mas simboliza en todo el paisaje; para unos es el empecinamiento en imitar el independentismo radical mientras pierde votos a espuertas; para otros es el muro de contención para mantener dentro de la sensatez una marea de fondo que en momentos como el presente podría alzarse de forma revolucionaria como algunos están deseando para imitar los días de la proclamación de la república… No puede haber mayor contradicción en el juicio sobre una misma cosa. Quienes hablan de la tozudería como fuente de todos los males tal vez acierten en cuanto a las personalidades, que no juegan precisamente a favor de la unidad, pero buen dicho es el de que donde uno no quiere, dos no pelean. Y nadie está dispuesto a dejar de luchar.

Como analista del Derecho constitucional, hace tiempo que intuyo que nos encontramos ante un proceso constituyente; como todos, que sólo se conoce por sus frutos. Quienes digan que me equivoco deben recordar que nadie supo prever la caída del muro, y eso fue también origen de un proceso constituyente; sin él, como se le ha recordado a la todopoderosa Merkel, ella continuaría donde estaba, fuera de la Unión Europea. Todo es posible en el espacio fronterizo entre el Derecho y la Política que son las Constituciones; hacer de la posibilidad algo probable depende de los líderes visionarios, depende de las almas generosas, depende de la clarividencia para distinguir lo sagrado de lo que no lo es, lo transaccionable de lo innegociable. Yo, que creí que España lo era, he visto a los míos de entonces hacer posible lo que jamás soñé: que, como el propio Mas, una amplia mayoría prefiera vivir aparte que ser parte de un todo intransitable. Nada soluciona preguntarse por qué fue, y aunque sé que es difícil para un enrocado Rajoy atender a la realidad presente, igual que un día le dije que era el momento de dejar atrás las teorías sobre el 11M, ahora le digo que debe usar su mano, no para entregar recursos, sino para estrechar la de Mas desde la amplitud de miras el próximo día 30. Yo, hasta el último momento, conservaré un atisbo de esperanza.


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