Apaga y vámonos

La ley con sangre entra…

En una desafortunada semana donde, y no equiparo la importancia respectiva, a un “catalán de mierda” la policía le ha inflado la cara a tortazos por “resistirse” y un par de dirigentes (uno del PP y otro del PSC) han sido atacados con puños (Pere Navarro) y huevos (González Pons), y aunque nada sea todo ello si se compara con los años de muertos a tiros y bombas en el País Vasco, y menos aún, por supuesto, comparado con la violencia de todo tipo con la que nos anestesiamos un poco más en cada noticiario, Artur Mas ha emitido un mensaje conciliador sobre la negociación del “no conflicto” (Cañete dixit) catalán; una buena noticia, siquiera sea porque se produce al poco del no encuentro entre el president y el presidente Rajoy en un día en el que les separaban pocos pasos y ninguno dio el definitivo del acercamiento. Uno estaba más obligado que el otro, pero ninguno cumplió con el deber político, porque necesitaban hacerlo con ese otro, el electoral, por el que están perdiendo la credibilidad a paletadas.

Mas ha planteado un escenario en el que, a diferencia de lo ocurrido en los juicios de Núremberg, se evite identificar a vencedores y vencidos, se intente buscar ese espacio intermedio (¿tercera vía?, ¿centro?) en el que la historia se escriba sólo con ganadores. La respuesta de la tecno-vicepresidenta Sáenz de Santamaría ha sido lamentable. Lamentablemente técnica: “Lo que en todo caso no puede perder es la ley”.

No sé si existen leyes que pierden, salvo que por perder entendamos lo que ocurre cuando, no sintiéndola suya, la gente se desentiende masivamente de ella. Una ley que no surte efectos es una ley condenada; tarde o temprano su desuso aniquila su vigencia por más que permanezca bordando el papel del diario oficial. Ningún sistema democrático es capaz de mantener la ley en esa tesitura, por lo que sí es posible que la ley pierda. Pierde siempre que los gobernantes la generan mal y/o la aplican peor.

Entre lo que podemos llamar una mala generación de la ley se encuentra toda aquella manifestación de democracia carente de fundamento moral: entender que algo es bueno porque lo quiera la mayoría es extremadamente peligroso, y desde luego injusto, porque en general quien se alegra por una mayoría que comparte suele criticar a muerte la que no le gusta. La historia está nutrida de ejemplos en los que la psicología de masas, extraña manifestación de nuestro más reptiliano instinto gregario, ha dado como resultado decisiones que habrán de ser recriminadas por siempre, salvo que las generaciones venideras vuelvan a enloquecer, algo no descartable, visto lo visto. En ese contexto se ubican también las reacciones masivas de miedo a hablar, la sensación siempre confortable de formar parte de lo que a la mayoría le parece bien (incluido lo que ahora se llama, poniéndole muchas comillas para demostrar que en el fondo sólo es una moda, lo “políticamente incorrecto”). Es una mala generación de la ley, y se encuentra por ello abocada al fracaso ético, esa versión gaseosa del presente según la cual podemos decidir cualquier cosa. El “derecho a decidir”, por tanto, o no quiere decir nada (casi siempre estamos decidiendo, desde que paramos la alarma del despertador por la mañana, hasta que la volvemos a programar por la noche), o quiere decir demasiado, porque creer que podemos decidirlo todo es una mala intelección de la libertad: ni somos totalmente libres, ni en muchos casos es conveniente (o factible) serlo.

Así pues, la ley puede ser muy mayoritaria y aplastantemente errónea, y sin duda esa ley pierde, porque pierde el ser humano. Pero también puede ser mal aplicada, teniendo en origen todo el sentido y la justicia, y de nuevo se produce su derrota. La Constitución española, por poner un ejemplo, pide a los partidos políticos un funcionamiento democrático, pero la mayoría ha pervertido el mandato en pro de la fortaleza de la organización. La Constitución habla de la solidaridad entre los territorios, pero los gobernantes han petrificado el sentido del flujo de los recursos (siempre van hacia los mismos lugares y desde los mismos sitios) y han convertido la ayuda en una muleta que ha amputado la iniciativa y el coraje de los sujetos receptores. El PER es una anomalía del sistema que ninguno de los dos partidos en liza en los territorios que lo practican es capaz de prometer eliminar. Porque les va la vida electoral. A la tal Mónica de Oriol (hasta ahora perfecta desconocida para el gran público) le han dicho de todo por decir (mal) una verdad: el paro parasita a los trabajadores. O indemnización o subsidio, pero las dos cosas acumuladas acaba produciendo un espejismo (para desgracia del que lo padece) y es que es mejor no hacer nada que levantarse del sofá y trabajar. Por supuesto que muchos, muchísimos de quienes ahora mismo no trabajan me maldecirán por decir esto; pero no se lo tomen a título personal: se trata de una máxima que incluso la ciencia utiliza: en la evolución hemos ido perdiendo lo que no usamos. Por eso perdemos el coraje cuando hay red, por eso nuestros hijos se acomodan. Y por eso la ley, cuando no se usa, cuando se usa mal, muere.

Claro que la ley puede perder, vicepresidenta. Pierde cada vez que los gobiernos con incapaces de distinguir lo que el Derecho puede arreglar y aquello para lo que los parámetros de solución deben necesariamente ser otros. Todo iba bien para la Constitución mientras nadie la puso en duda. Luego llegaron los políticos de todo pelaje criticando las sentencias que no les gustaban (y eso ha ocurrido en todos los bandos) y aplaudiendo las que les daban la razón, y desde esa falta de respeto a una justicia que había dejado de respetarse a sí misma, pasamos a los zapatos lanzados a los dirigentes políticos, los huevos o los puñetazos, mediante una manera de hacer y deshacer en la libertad de prensa que probablemente beneficiará a corto plazo al PP, pero que herirá de muerte la ya maltrecha libertad de la opinión pública de este país. Sin justicia independiente, sin prensa libre, ninguna ley está a salvo de enfermar y despeñarse por la pendiente del descreimiento. En otra liga juegan, por supuesto, las pistolas, como he dicho, aunque sé que en la teoría de la tolerancia cero, ni la más mínima incorrección debería admitirse para evitar la máxima. No sé si estamos, como dicen en los movimientos ecologistas, en la antesala de una situación irreversible, pero sí sé que ese win-win del president apunta por enésima (y tal vez última vez) hacia la necesidad de entendimiento mutuo; de ver que el otro y uno hablan de lo mismo, con lo mismo, aunque no sea para los mismos. Un ejemplo prosaico: ¿de verdad alguien cree que un territorio europeo que se declarase independiente sin armas, sin violencia, del modo dialéctico que fuera, quedaría fuera de la Unión Europea mucho más de un cuarto de hora? Un poco más de seriedad, señoras y señores, porque un día nos juzgará la historia.


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