Apaga y vámonos

Una lectura conspiratoria de los sucesos recientes

Del mismo modo en que nada estaba dejado al azar en la insólita figura de dos papas canonizando a otros dos (no en vano la Iglesia Católica ha sobrevivido a los embates de la historia convulsa de dos milenios de cristianismo), tampoco es casual la sucesión de dimisiones a las que hemos asistido en España en las últimas semanas y que, si todo sigue el hilo del argumento trazado, no habrían de ser las últimas: dimite el Rey, dimite Rubalcaba, ¿dimite Duran i Lleida? En realidad no dimite nadie, todos pseudodimiten, como casi siempre, para ocuparse entre bambalinas de una secuencia de acontecimientos en la que se creen, también como casi sucede a todo el mundo, imprescindibles.

El Rey abdica con el mismo grado de credibilidad con el que accedió al trono; entonces no era nadie, ahora ha dejado de tener el brillo que lo aupaba a la mayor valoración social y que hizo de irredentos republicanos defensores a ultranza de su figura histórica. Durante un espacio amplio de tiempo el juancarlismo era un modo de ser en el que comulgaba cualquiera que pretendiera ser alguna cosa; poco antes de su definitivo retorno al descrédito, la familia parecía salvada en la reina, hasta que la reina dudó por un momento entre ejercer de tal y actuar como madre incondicional y salió escaldada por el contacto urdangarinesco; nunca fue tanto como Juan Carlos I, y por eso tampoco su caída lo ha sido como la de él, pero, fabricado o auténtico, ahora el viento favorable gira en torno a Felipe, a pesar de Letizia o gracias a Letizia, con plebeya añadida, en todo caso.

Felipe VI puede ser un buen rey, y la encuesta casualmente rauda del diario que se atribuye la transición mediática (y tal vez en parte es verdad) dice que la mayoría prefiere un buen rey a un mal presidente de república. Lo cierto es que nadie sabe a qué tipo de presidencia con mal actor hace ascos la mayoría, porque en el modelo italiano al Presidente de la República lo elige el Parlamento, y por tanto, sería tanto como hacer ascos a un parecer de la mayoría con el que no estuviésemos de acuerdo, pero en todo caso, se trata de una más que curiosamente común duda sobre las grietas de un sistema democrático cuando los llamados a decidir no tienen una idea, ni exacta ni aproximada, de lo que deciden, esto es, cuando decide una opinión pública que, por falta de formación e información veraz, en realidad no es libre.

Felipe VI, como su padre cuando se alió con Franco y luego le dio el salto a las Leyes Fundamentales del Reino, gracias a la cabriola funambulesca “de la ley a la ley” de Fernández Miranda, y en compañía de Suárez, tiene un objetivo principal: mantener la corona puesta sobre su cabeza. Sin compartir la zafiedad del portavoz del gobierno catalán al definirlo como la “empresa familiar”, o entendiendo empresa en el mejor sentido de la palabra, su preocupación no es en sí misma criticable, va en los genes de la monarquía desde que, para evitar las luchas fratricidas por el poder, dejó de ser electiva y se convirtió en hereditaria. Esa herencia, que pudo aparentar ser como la de una casa o unas joyas mientras el rey fue casi Dios o su delegado en la tierra, ha pasado a ser cuestionada en tiempos de igualdad y democracia; de modo que si Felipe VI quiere ser un buen rey, probablemente haya de propiciar su propia aclamación, que en palabras técnicas actuales significa dejar claro a la opinión pública que es su deseo ser refrendado. No tiene competencias jurídicas para proponerlo, pero tiene toda la fuerza simbólica de la institución, y tendría toda la fuerza social de la calle; lo que obligaría a su vez al PP a mover ficha, y a abandonar la pose de que todo lo que está en ley, por eso mismo, es inamovible.

En el PP continúan con su manifiesta y estulta soberbia, pero ya se han dado cuenta de que corren los meses hacia el 9-N y por tanto, hacia el encontronazo con el más serio problema que ha padecido España en cuarenta años, así que se les ha ocurrido un plan, muy conocido en el argot politológico como gatopardismo, para el que unas cuantas piezas ya han empezado a jugar su papel: perdido su prestigio, el Rey abdica; perdidas (descalabradas) las elecciones europeas, Rubalcaba se va; perdida la centralidad política en CiU, Duran (que de rebote pierde su popularidad en España) dice que se retira, aunque en su caso, tal vez, con más papeles de los que ahora ostenta, sólo se retira a medias. El sistema se auto-regenera, o hace ver. Dicen que todo esto es por miedo a la formación surgida de la nada y alimentada con el caldo gordo del 15-M, y puede que alguien se lo crea, pero a mí lo de Iglesias me empieza a sonar a cosa cocinada, incluso de esas que, como el lepenismo en Francia, se pueda volver en contra de sus fautores; porque ¿cómo es que una cadena de televisión que pertenece a alguien tan afecto al gobierno actual permite la presencia, día sí y día también, a quien con tanto ahínco ese mismo gobierno se afana en llamar "friki"? ¿Y cómo es que “el friki” va a continuar haciéndolo como si nada hubiera pasado si es que realmente algo pasó? ¿Qué otras formaciones neutraliza Podemos? ¿Qué tiene que ver con el hundimiento del PSOE? Sabemos de la capacidad de los grandes partidos para introducir trolls en los pequeños y dinamitarlos antes de que tomen altura; si no lo hacen es porque entonces el objetivo es otro mucho más rentable, como fagocitarlo y hacerlo engrosar sus propias filas, con el nombre antiguo o con uno nuevo.

Duran, contra todo pronóstico, filtra la noticia de que se va al diario de la competencia del grupo que siempre lo consideró amigo, quizás porque luego va a decir que en realidad no ha pensado nunca en abandonar del todo; vamos, que casi dice que el diario que habla está inventándoselo todo. Pero ese mismo periódico titulaba el cambio de rey pocos días antes como “la segunda transición”. En la primera todo cambió para que dos cosas quedasen aseguradas: la corona y el poder económico. En la segunda ¿qué podría ser distinto si son los protagonistas de aquella primera, incluso aparentando mutis por el foro, los que vuelven a moverlo todo? Todo distinto para que todo permanezca igual. O lo que es lo mismo, sólo los monigotes son nuevos.


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