Apaga y vámonos

No juzguéis y no seréis juzgados

Estamos tan acostumbrados a ver que la actividad política se reduzca miserablemente al juicio constante y despiadado del adversario, que ya nos resulta difícil creer que pueda consistir en otra cosa. En algunos casos y para algunos partidos dicha actividad inclemente con los defectos o vicios de los demás puede acabar convirtiéndose en el único punto del programa, de manera que sin esos problemas el partido no existiría y sus miembros pueden acabar por creer que de vicios y defectos siempre han estado y siempre van a estar libres.

No soy capaz de imaginar un ser humano que no haya cometido un error, no porque equivocarse sea un derecho, sino por la falibilidad que caracteriza nuestra naturaleza. De entre todas las personas, además, en un altísimo porcentaje puede haberse dado el aprovechamiento de una ventaja, una irregularidad, una desviación del purismo de la ley, de la moral o de las buenas costumbres. De pecadillos y pequeños vicios está, pues, sembrada toda comunidad, por más virtuosa que se crea, aún con más probabilidad cuando se vanagloria de serlo. A ello se añaden los de los crímenes sangrientos, el abuso del débil, y esos grandes delitos con sordina que, a juicio de Balzac, se esconden siempre tras toda gran fortuna. ¿Cómo si no, vamos a aceptar que el uno por ciento de la población acumule tanta riqueza como la mitad? ¿Cómo nos va a parecer razonable que, ni siquiera trabajando muchísimo, se acumulen riquezas ingentes en manos de unos pocos, mientras otros, por mucho que se esfuercen y por causa de aquéllos y su avaricia, jamás saldrán del hoyo?

Sin esos problemas el partido no existiría y sus miembros pueden acabar por creer que de vicios y defectos siempre han estado y siempre van a estar libres

Pero para lanzar la piedra hay que estar libre de pecado, y entre quienes se dedican a la acción política, ¿cuántos hay de verdad que en toda su vida, en cualquiera de los grados de irregularidad que las normas vigilan no hayan tenido el menor tropiezo personal, profesional o de conducta? El sistema, además, lo sabe y por eso basta que alguien con ínfulas de Robespierre se meta en política para que los de siempre se pongan a buscar en su historial. Se decía de Alfonso Guerra (¿o era del caído Narcís Serra?) que de todo el mundo tenía un dossier. ¿Y quién tiene el dossier de Alfonso Guerra? Sé de alguno al que le hicieron una historia nueva con delitos que nunca cometió porque había que sacarlo de en medio de una entidad financiera antes de su ya antigua fusión con otra muy conocida; y estoy convencido de que Julian Assange era demasiado incómodo para que no le buscaran las cosquillas... para eso lo mejor es siempre una acusación de pederastia, porque ésa es en nuestra cultura la definitiva, como la que endilgaron a Berlusconi, trufado de irregularidades, pero siempre ganador frente a sus compatriotas, hasta que le acusaron de haber estado con Ruby, esa “menor” que haría enrojecer al Freddie Mercury de las mayores orgías. La menor y no todo lo otro fue la piedra que lo abatió. El modelo es el de Al Capone, que acumulando crímenes, sólo pudo ser detenido por delito fiscal.

Se preguntarán a qué viene la digresión, pero es que como no creo en las casualidades, a mí me parece que las noticias de estos días sobre la implicación judicial de un diputado del partido Ciutadans en un presunto fraude fiscal cometido hace nueve años tiene que ver con la pérdida de credibilidad de los principales partidos españoles, y su estrategia para recuperarse a costa de decir una verdad, y es que en todas partes (y partidos) cuecen habas: empecemos con la votación en el Parlamento catalán sobre la petición al Gobierno central de la competencia para realizar un referéndum sobre el futuro político de Cataluña. A esa petición quieren apuntarse unos cuantos diputados que, con su actitud, justifican la existencia del partido al que pertenece Jordi Cañas, cuyo programa es casi de forma única la crítica al nacionalismo, ensañándose especialmente en el nacionalismo rampante del PSC, pero también con algunas –a juicio de los “peperos” alineados con Vidal-Quadras imperdonables- connivencias del PP catalán con CiU, al estilo de las que le criticó siempre Federico Jiménez-Losantos.

Los “diputados socialistas díscolos” son el residuo testimonial que queda en el PSC del socialismo catalanista de corte maragalliano otrora victorioso, incluso instalado entre sus capitanes (el más claro ejemplo, el president Montilla ante la manifestación contra la sentencia del Tribunal Constitucional de julio de 2010 sobre el Estatuto); a muchos conviene, pues, que se visualice el rompimiento con ellos, mucho más que su desaparición sin ruido: conviene a Navarro, porque, aunque sea retrocediendo, se asegura el poder en el partido y al menos recupera una parte de los votantes que le han desaparecido (otros ya son irrecuperables, pues han migrado a partidos que no imitan a los partidos soberanistas, sino que lo son de forma clara, desde ayer o desde siempre); conviene a Rubalcaba, porque de ese modo escenifica su capacidad de doblegar a los socialistas catalanes frente a los vigilantes barones del sur; y conviene a los propios díscolos, porque saben que dentro del PSC tienen sus horas contadas (el tiempo que les quede en el escaño que no piensan soltar aunque se lo dio el partido que los colocó en las listas) y que fuera se están gestando formaciones nuevas y tienen sus brazos abiertos otras ya antiguas, en las que sin duda se van a sentir más cómodos.

Los "diputados socialistas díscolos" son el residuo testimonial que queda en el PSC del socialismo catalanista de corte maragalliano

Depurado el PSC de sus “trolls independentistas” (acaban de fulminar a uno por el hecho de haber asistido a un acto de ERC), ¿a qué obstáculos se enfrenta para recuperar a sus votantes perdidos? Uno es insalvable: muchos de sus votantes (incluido el propio padre de Pere Navarro) son hoy ya independentistas. Otro es aviar la carta de la baraja que tienen en barbecho, pues si Chacón no es la opción del socialismo español, puede serlo de su brazo catalán; y para que el brazo catalán sea fuerte, para que incluso puedan soñar con volver a tener un presidente (o presidenta) en la Generalitat, hace falta que recupere el voto que se le fue a Ciutadans. El problema es que no es tanto como creen, pues la principal fuente de ingresos del nuevo partido es, curiosamente, el PP, a tenor de las encuestas.

Por esa última razón también a Mariano Rajoy le conviene bajar a Ciutadans de la peana de partido de nuevo cuño, sin muertos en el armario, que puede juzgar sañudamente los vicios de los demás. Rajoy sabe que no hay manera más eficaz de generar independentistas que los partidos que están todo el día criticando ese tema, de modo que encontrarle las cosquillas al partido de Jordi Cañas es la mejor manera de matar varios pájaros de un tiro, sobre todo por la manera marianista de pasar por los problemas de perfil, en la creencia de que, como las tormentas, se resolverán solos. Incluso podemos decir que un PSC más armado y recompuesto le resulta conveniente al partido de gobierno en Cataluña, por devolver el protagonismo de la vida política a los que se encuentran en la centralidad del espectro, que son la misma CiU y este desorientado PSC de la actualidad.

Nada de todo esto habría podido ser tan sencillo si quien ahora ha sido puesto en duda en su corrección pasada no hubiese hecho del juicio implacable, en ocasiones apisonando la presunción de inocencia que ahora reclama para sí, una marca de su acción política. Si es culpable, que pague, pero en todo caso, que sirva en general para aprender que cada vez necesitamos con mayor urgencia una política propositiva, que trabaje desde la afirmación propia y no desde la negación del otro.


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