Apaga y vámonos

Entre lo jurídico y lo político, el factor humano

La cuestión secesionista catalana ya está llegando al nivel en el que se discute si el art. 155 contempla o no la suspensión de la autonomía catalana. Los nombres importan poco cuando, como diría el gato mágico de la Alicia de Lewis Carroll, el meollo del asunto es determinar quién manda. Si el Gobierno central, con todo el protocolo que requiere el mencionado precepto constitucional, pone bajo su mando fuerzas y autoridades catalanas, tal vez la palabra “suspensión” no aparezca en las normas que lo habiliten, pero el autogobierno sin duda quedaría maltrecho y al president Mas desde luego se le mantendría en bien poco más allá de la integridad física. El art. 155 es, pues, una clausula gravísima de cierre del sistema, sólo a la altura de la declaración estados excepcionales contemplada en el art. 116, y el hecho de que ande en boca de políticos y expolíticos deja bien a las claras patente el estado de tensión en el que España se encuentra en un tema que ya no es menor, por mucho que Mariano Rajoy hunda la cabeza en la arena, y aunque vayan encogiendo los hombros cuantas autoridades europeas de relumbrón son inquiridas al efecto.

¿Querida o no, la tensión? ¡Ah! Ésa es harina de otro costal, pero mi reflexión gira en torno al modo en que en ocasiones las decisiones políticas y, eventualmente, sus plasmaciones jurídicas, tienen más que ver con procesos que, difícilmente evitables o conscientes y deliberados, se inician en cuestiones incidentales de carácter emocional. Los errores de protocolo casi nunca lo son: si Mas no va a una reunión del alto empresariado catalán en la que Rajoy ha sido sustituido súbitamente por su vicepresidenta; si a su vez el presidente del Gobierno pone en cuestión el papel del de la Generalitat en un acto internacional que ha de celebrarse en Barcelona, si la mayor parte del tiempo se hablan a través de las ruedas de prensa y si uno y otro interlocutores tienen especial interés en mostrar su indiferencia por la posición del otro, aquí ¿quién gana? No se sabe todavía, pero empiezo a sospechar quiénes perdemos, si cada una de las personas individuales no somos capaces de tomar las riendas de nuestro destino, cosa harto improbable con la mermada y sesgada información que en general nos llega y si recordamos que somos capaces de pelearnos hasta por el mando del televisor.

¿Quién gana? No se sabe todavía, pero empiezo a sospechar quiénes perdemos

Entre quienes consideran imprescindible que el traído y llevado tema de la consulta sobre la independencia de Cataluña se resuelva al amparo de la Constitución no hay unanimidad procedimental. El ponente constitucional Miquel Roca cree que, del mismo modo que durante la Transición se doblegó el espíritu dictatorial de las Leyes Fundamentales del Reino para pasar “de la ley a la ley” gracias a la insobornable voluntad política de los protagonistas de la transición, ahora debería hacerse de nuevo, forzando una interpretación de la Constitución que permitiese, como tantas otras cosas, transferir a Cataluña la competencia para llevar a cabo el referéndum y que de ese modo la pregunta se haga bajo el paraguas de la Constitución. Ya lo dijo respecto del Estatut, porque entendía que no es una ley que debe analizarse bajo los parámetros de la constitucionalidad, sino un acto político que, si se quiere, se puede encajar en el conjunto del ordenamiento jurídico. Roca, cual Fernández Miranda, parece querer escaleras legales por las que transitar desde la insoluble unidad de la nación española incluso hasta, en su caso, la constatación de la existencia de dos naciones, imagino que con un Rajoy que, como en su día el Rey, sea tratado de traidor por los inmovilistas, y de aprovechado mercenario por los revolucionarios.

Constitucionalistas como de Carreras responden a constituyentes como Roca que la interpretación de la ley tiene límites, incluso aunque la ley de la que hablemos sea de carácter tan general y abstracto como la ley suprema, la Constitución. En su perspectiva, aunque también se entiende necesario que se consulte a la ciudadanía catalana qué quiere ser o seguir siendo, no puede entenderse ubicable en la actual redacción una pregunta de ese tipo, que implica aceptar como premisa el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Pero huyendo del imposible jurídico, se mete en el imposible político, pues pretende una previa reforma constitucional que permita plantear la consulta sin problemas. Se arguye que otras reformas constitucionales se hicieron con premura por intereses generales y para comprometerse a cosas otrora imposibles, pero parece olvidarse que en la mayoría necesaria para que tal reforma se haga no cuenta a favor ninguno de los dos partidos estatales que, al menos por lo pronto y con la vigente ley electoral, tienen a en su haber la aplastante mayoría de las Cortes. Más aún, en el caso de que el sistema electoral cambiase por uno que primase la regla de 'una persona: un voto', la proliferación proporcional de pequeñas formaciones regionalistas y la irrupción de partidos marcadamente centralistas, quizás hiciera todo incluso un poco más difícil, con lo que la idea de De Carreras es fantástica y correctamente inviable.

Huyendo del imposible jurídico, se mete en el imposible político, pues pretende una previa reforma constitucional

Y ambos, De Carreras y Roca, transitando de modo diverso sobre la línea de lo que quiere ser constitucional, obviando el hecho sociológicamente incontestable de la caída en picado de la credibilidad institucional que, es visto desde la perspectiva normativa, la caída en picado de la vigencia de la Constitución. Frente a ellos se alzan dos muros, de altura diversa e intereses opuestos, que niegan el consenso exhortado: se miran los contendientes con mirada retadora, aprietan los labios y los dientes mientras fuerzan el brazo del contrincante. La diferencia es que uno de ellos ya no tiene nada que perder, y el problema es que el otro se niega a aceptar que ésa es la clave de toda esta situación. Así hemos llegado hasta aquí, se me antoja que al modo en que lo hacen esas discusiones de barrio o de familia por un quítame allá esas pajas que acaban enconándose hasta el punto en que no parecen tener ni memoria ni retorno. Pero estoy convencida de que no es sólo eso, también hay otra emoción poderosísima en juego, la misma que ha hecho de occidente unas veces cuna civilizatoria y otras protagonista de los mayores declives, esas ansias por ser y por ser más que, que no son tales, variantes de una necesidad constante de progresar en el tener. Ser, lo que se dice, ser, ¿qué somos al margen del tremendo misterio del factor humano?


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