Apaga y vámonos

Los juegos del hambre de Alcàsser

En su día fue un éxito la novela de Suzanne Collins; después, la primera entrega de la versión cinematográfica arrasó la taquilla; parece que la segunda va camino de superar cualquier previsión. Difícil será encontrar quien desconozca qué se esconde bajo ese título, o que no se sienta atraído por un argumento que fascina a la humanidad desde los tiempos del circo romano, si no antes: grupos de población sometidos a condiciones de vida precarias y obligados a participar, para disfrute de una masa indolente y ajena a cualquier tipo de consideración moral, en un combate a muerte en el que la probabilidad de entrar es directamente proporcional a las veces que se haya tenido que claudicar y pedir comida a quienes detentan el poder.

La película tiene, como tantas de las que arrasan en taquilla, muchas lecturas superpuestas y añade el toque tecnológico que fascina a quienes desprecian el cine pero se pirran por los videojuegos. Entre todas esas lecturas, una sociológica en torno a los medios de comunicación permite emparentar la ficción con la esperpéntica salida de la cárcel del único condenado por los crímenes de Alcàsser, Miguel Ricart, que dice que él no fue, mientras desde instituciones penitenciarias alertan del hecho de que no está rehabilitado.

Nada más salir de la prisión, ya concedió el 'irrehabilitado' su primera entrevista; casi una hora de preguntas hicieron reporteros de Antena 3 al tipo que dice que todo es un complot y él, el chivo expiatorio de oscuras almas que conspiraron para que cargase con el muerto (con las niñas masacradas). Tras esa primera experiencia mediática, se sube a un tren del que se baja antes de llegar a destino para subir en un coche. En el coche no hay asesinos dispuestos a devorar su carne, hay periodistas que trabajan para Cuarzo, la productora de Ana Rosa Quintana, vinculada a Telecinco, que, según se dice en las noticias, lo llevaron a Madrid y lo alojaron en un hotel, “porque se le veía desorientado”. La enternecedora y servicial acción puso en alarma a las redes sociales, que ya se habían alzado contra la entrevista a la madre de 'el cuco', en lo que fue el inicio del declive de La noria; de inmediato las dos grandes cadenas emiten comunicados diciendo respectivamente que ni van a emitir la entrevista, ni van a realizar programa alguno en el que se dé cancha de ningún tipo a un condenado por asesinato.

Todos sabían que Antena 3 y Telecinco iban a hacer cuanto estuviera en su mano por batallar la exclusiva de Ricart

Hasta aquí la secuencia de los hechos, una secuencia que no dice tanto de la dignidad moral de los medios de comunicación como de los que consumen sus productos. Porque si las cadenas tienen que lanzar desmentidos es por el triste hecho de que, en este mundo en el que ya casi nada puede ser secreto, todos sabían que Antena 3 y Telecinco iban a hacer cuanto estuviera en su mano por batallar la exclusiva de Ricart, en ese pulso absurdo de las reinas catódicas (reinas ¿de qué?), Quintana y Griso, a ver cuál de las dos se manejaba con más estilo en eso de la amarillenta carnaza. Y si el pulso existe es porque la presencia del asesino en las pantallas de los televisores no iba a pasar inadvertida entre amplias franjas de la población. Al contrario, como si de unos juegos del hambre se tratara, podemos imaginar a la presentadora en cuestión, enarbolando con fruición sus armas periodísticas (micro, papel y boli; micro y tableta las más 'in'), mientras al otro lado de la pantalla, con un cafetito y pastas, se santiguan los horrorizados televidentes sin perder ripio ni para parpadear.

Alguien dirá que pasa en eso como en lo que alertaba Sor Juana Inés de la Cruz sobre las prostitutas: ¿dónde se da el mayor yerro, en quien peca por la paga o en quien paga por pecar? Pero mientras se produce el debate filosófico, las imágenes van pasando y se van grabando a fuego en nuestra retina y luego en nuestra alma. Y daremos cancha a quien, en una opción tan clara entre el bien y el mal, no tuvo reparos en escoger lo segundo. Y volveremos de nuevo sobre ese manido argumento de que fue el mundo quien le hizo así, que ya son de por sí opciones vomitivas cuando la ignominia es de este calibre. Pero más allá de todo eso será posible ver a los hijos televisivos de esos programas de audiencias colosales hoy: la lucha que aparenta leal de aprendices de cantante o la más barriobajera que se llevan los vendedores de humo; el voyeurismo que ha alimentado la convivencia de fauna diversa en una casa, una granja, una isla o un confesionario. De todo eso, que parecía inofensivo, pasaremos a degustar en directo la caza del humano, eso que la película no hace más que anticiparnos como un globo sonda a la espera de ver si reaccionamos. Y como aún lo hacemos, aunque no en demasía, seguirán esperando, pues saben que es cuestión de tiempo que sustituyamos la tauromaquia por los juegos del hambre.

De todo eso, que parecía inofensivo, pasaremos a degustar en directo la caza del humano

Pero sepan que, si es verdad que somos libres, el problema es nuestro, es el espectador quien decide la programación, y no al revés. Está en nuestras manos crecer en esa dignidad que tanto exigimos. Nadie con estómago para degustar determinados platos de mierda está legitimado para exigir limpieza, o como se dice en el argot evangélico, para tirar la primera piedra. En la querella presente de la población con sus gobernantes, no habrá demanda legítima, si no se efectúa desde la mínima integridad. Preguntémonos por un momento cuántas personas participan en manifestaciones, exigen derechos inmediatos, juzgan lo que no conocen con el implacable gesto de quien tiene toda la verdad y son habituales espectadores de esos retretes mediáticos, con forma de trabajo de investigación, donde vomitan todos los demonios del infierno. Pues eso, que la línea divisoria entre el periodismo sobre la miseria y la miseria de periodismo le toca ponerla a quien se sirve de lo primero para crecer y se sume en la segunda para dejar de ser.

De esta reflexión a la que atañe a la televisión pública, estos días que se ha ido a negro Canal 9, hay sólo un paso. También en ella se narraban juegos del hambre por parte de esos periodistas que sólo ahora reconocen que trabajaban para la mano que les daba de comer, demostrando con ese cambio de actitud qué pequeño es el precio con el que se nos compra. Es fácil decirlo desde fuera, lo sé, pero estoy convencida de que si evitamos hablar sobre ese y otros miedos que nos corroen, cada vez se harán más grandes. Y es en el miedo donde acaba de verdad la libertad que amamos. No sin esfuerzo ha labrado su leyenda la BBC, incluso purgando públicamente vergüenzas enormes como las que nos sorprendieron no hace mucho.

“Si no los miras, no hay juegos”, le dice su novio a la protagonista antes de que todo empiece en la trepidante primera parte de Los juegos del hambre. Pues eso, que no quiero que haya juegos del hambre en Alcàsser.


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