Apaga y vámonos

De jueces, periodistas y el resto en el CIS

La avanzadilla del barómetro de febrero del CIS que hemos conocido estos días refleja que el desprestigio de jueces y periodistas ha colocado ambos gremios a la cola de un ranking de valoración social que encabezan médicos y profesores. Parece, pues, que valoramos el esfuerzo de quienes cuidan nuestra salud y forman nuestro espíritu, pero que despreciamos a quienes nos juzgan y a quienes juzgan la realidad. Aquellas se nos antojan profesiones tangibles (una intervención quirúrgica o la explicación de una ecuación de segundo grado), mientras que éstas nos inducen a desconfiar. De mis tiempos en la abogacía recuerdo el comentario de algún defendido que había visto frustradas sus pretensiones en un juicio: “Seguro que a ese juez lo ha comprado la otra parte…”. Y desde siempre recuerdo, aunque ahora quizás se ha acentuado, la paradoja de que un mismo hecho dé lugar a noticias tan dispares según el diario en que apareciese. La conclusión que extraigo es que la gente parece ver trabajo leal a cambio de un sueldo en galenos y maestros, mientras que considera vendidos a oscuros intereses, incluida la propia ideología, si la hubiere, al poder judicial y al cuarto poder.

Por ahí en medio, sin merecer o recordarse su condición de profesión para muchos, no aparecen los políticos, la tercera preocupación ciudadana junto a la situación económica y la corrupción (en el fondo, las tres y hoy por hoy una misma cosa). Y sin embargo, una parte del desprestigio de jueces y periodistas se encuentran en esa simbiosis perversa que sabemos que existe entre esas tres cosas: ¿por qué el juez Bermúdez está interesado en seguir adelante con la querella presentada por Izquierda Unida, a pesar de que el ministerio fiscal le ha pedido que se inhiba en su compañero Pablo Ruz? Más aún, ¿por qué prefirió quedarse en instrucción y no llegar a magistrado de sala de la Audiencia Nacional cuando el PP dejó de respaldarle tras su sentencia sobre el 11M? Parece como si hubiese estado esperando a ver pasar por delante de su puerta el cadáver de su enemigo, y el enemigo parece estar pasando por su puerta en estos días de tribulación y patetismo. ¿Por qué se enzarzan los medios de comunicación en una guerra cainita que está dejando tan poco espacio para el moderantismo, para la capacidad de diálogo verdadero, para la posibilidad real de sacar el país del pozo sin fondo en que se encuentra? ¿Cómo hemos llegado a este punto, que se diría de no retorno, en el maltrato a propios y extraños (todos ya extraños) en sus libertades civiles, en nuestros derechos fundamentales? ¿Quizás nada de esto existió nunca, y jamás fuimos un país serio? ¿O es que “país” y “serio” son términos incompatibles? No, porque en el Reino Unido el exministro de Energía, Chris Huhne, va a ingresar en prisión ocho meses por pretender hacer pasar a su mujer como autora de la infracción de tráfico que él cometió. Hay países y países, pues.

No tengo más respuesta que la estupefacción, y una curiosa sensación de deja vu tras los años que residí en Italia. Pero desde un punto de vista más filosófico, casi todo en esto que comento me parecen manifestaciones del mal: el mundo, el demonio, la carne. El poder por sí mismo o por el dinero que pueda reportar, la soberbia de saberse en el centro del foco, la sensación fugaz de sentirse apreciado o considerado, o incluido en la comilona, en la fiesta, en el meollo. El miedo a la exclusión del grupo como enfermedad social que tanto más atenaza las almas cuanto más tiempo lleve la gente en esa farándula particular que es “el sistema”. Pero esas dimensiones del mal, ¿son distintas a las del resto? Mueven más dinero, afectan a más personas, tienen en ocasiones mayor repercusión mediática, pero no son muy distintas de los ajustes de cuentas de taberna, la ambición desmedida y a cualquier precio por alcanzar un determinado nivel laboral, la adrenalina que se genera cuando se ostenta ante el vecino un coche nuevo, la reunión social que “¡vaya rollo!”, pero en la que “hay que estar, si quieres que te vuelvan a llamar”, los engaños de todo tipo y ese deseo tan común en la picaresca española de pagar menos, si se puede, porque “para lo que hacen con nuestros impuestos, ya me lo quedo yo, que seguro que lo gasto mejor”.

Se me dirá que la diferencia entre los públicos y los privados es que el dinero que mueven aquéllos y éstos no es igual, pero ¿qué diferencia hay entre robar a un ayuntamiento o robar a una anciana en un cajero?, ¿la cantidad? Se me dirá también que los agentes públicos basan su quehacer en la confianza de los privados, pero lo cierto es que el motor del mundo es ése: la confianza; en la confianza amamos, sin ella todo se vuelve odio. Confían los inversores en determinados movimientos bursátiles; y confían nuestros hijos en que los dejaremos caer cuando se lanzan despreocupadamente desde una altura a nuestros brazos; confían el asalariado en mantener o mejorar sus condiciones en la empresa y el empresario en alcanzar sus expectativas de beneficio. Nuestro tiempo actual es el del miedo, porque la confianza mutua se ha esfumado. Y ese miedo es colectivo, atenaza la economía al tiempo que a nuestro espíritu, y es la razón fundamental por la que no podemos superar la crisis, digan lo que digan los indicadores económicos.

Quiero decir, por tanto, que no habrá salida real sin volver a confiar, que quiere decir sin reconciliación, perdón y, a la larga, olvido. Y volver a confiar en la justicia y en el periodismo, como en tantas otras cosas, depende de su actuación, pero también depende de la actitud del resto.


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