Apaga y vámonos

Entre jueces anda el juego

Ruz y Bermúdez, Bermúdez y Ruz. Aunque algunos de sus prácticos se empeñen en ello, el Derecho no es una ciencia. Eso es lo que permite tanto acumular Gürtel y Bárcenas, como desagregarlos, subsumirlos, derivarlos… según los argumentos, las intenciones y la implícita constatación de una realidad inquietante: dependiendo de quién vea un caso dependerá también el alcance de la decisión; puede depender incluso la libertad o la cárcel de un individuo, y desde luego la credibilidad de los implicados. Se entiende pues perfectamente que sea noticia el hecho de que dos jueces andan a la diligente greña por el conocimiento de las causas que hemos citado. Todo el mundo sabe que no es lo mismo que al PP, pues ése es el asunto de fondo, lo investigue un magistrado u otro.

La primera claudicación política ante esa triste realidad de que dependa del juzgador el modo en que se juzgue un caso fue la propia existencia de la Audiencia Nacional: en su día fue creada porque se sabía que la independencia de testigos, fiscales y jueces en casos de terrorismo podía quedar altamente condicionada por factores muy diversos, como el miedo, el asco, la comprensión o la connivencia con un tipo de delitos que, por más que nos empeñemos en vestir de comunes, tienen un componente sociológico tan potente como para hacerse merecedor de jueces instructores y salas especiales. La prueba de que no son delitos cualesquiera es la propia existencia de esa instancia judicial, excepción de todos los principios de fuero, competencia, y, si me apuran, jurisdicción. Algunos criticaron su creación, pero en la mayor parte de los casos fue porque también los críticos tenían intereses espurios, sabían de qué modo se beneficia el malo con las artes mejor intencionadas e incluso algunos afirman que el malo, bien mirado, también tenía sus razones y, por supuesto, los mismos derechos que el resto.

Así las cosas, resulta fácil colegir que un caso llevado ante los tribunales no es una fórmula matemática y que, por tanto, tampoco es algo cierto e incontrovertido el fallo que resulte. Por supuesto dejo al margen aquellos supuestos que se dieron en un pasado tampoco tan lejano, en que un juez y algunos abogados se pusieron de acuerdo para extorsionar a empresarios con sombras en su conducta. No hablo, pues, de delitos cometidos en el ejercicio del cargo al estilo Estevill-Piqué, como tampoco de voluntad o intención de aprovechar el cargo para hacer de la justicia implacable un modo de venganza; me basta ahora con recordar que cada juez es una visión del mundo, como lo son los  partidos políticos, como lo son quienes ponen querellas contra unos y jamás lo harían contra otros por conductas similares. Me quedo en el hecho de que nadie es sin sus circunstancias.

No es, pues, banal la cuestión, si se intuye que en manos de un magistrado la cuestión puede esconder no ya una “enemistad manifiesta”, pero sí el teñirse de un color parecido a secretas (e incluso inconfesas) ganas de ajustar cuentas, gracias a la debilidad del enjuiciado o incluso por mor de su responsabilidad. Ese magistrado es Bermúdez, cualquiera, esté a favor o en contra, lo puede identificar; está tan claro para los que argumentan su derecho a llevar el caso Bárcenas como para quienes le han llamado de todo por pretender hacerlo. También queda clara la posición del fiscal general del Estado que, tras su participación en la 'dimisión' del fiscal jefe de Cataluña, Rodríguez Sol, por sus declaraciones sobre el eventual referéndum catalán, ha perdido el aura de imparcialidad con que sorprendentemente había lustrado una institución que nace estructuralmente colgada del Gobierno en cascada jerárquica hasta su menor nivel, y a la que, por tanto, nadie había creído nunca independiente.

Todos los papeles están claros: el de Bermúdez, el de IU, el del PP, el de todos los corifeos mediáticos de unos y otros, el de la Fiscalía General del Estado... Todos menos uno: la inusitada diligencia reciente del juez Ruz, su interlocutoria declarando por primera vez en todo este tiempo que se hace probable la relación entre la trama Gürtel y la financiación del PP, una afirmación que sustentaría que fuese él el competente también en el asunto de los papeles de Bárcenas, ¿a qué se debe? Sabemos que es, en el puesto que ocupa, un instructor de paso. ¿Cuál es su afán, inusitado y defensor de la conexidad?

Sabemos desde el caso del juez Garzón (del que nadie parece recordar que conoció el GAL contaminado de despecho por no haber sido ministro de Interior… el fin justifica los medios incluso entre los puros, que para eso se inventó lo del tiranicidio...) que entre jueces también existe la animadversión, que nada les puede más que las ganas de destronar a los llamados “jueces estrella”, esos que lo son no sólo porque la Audiencia Nacional tiene luz propia, sino porque algunos de ellos tienen especiales ganas de lucir. A veces pienso si lo que algunos han entendido como lucha de los partidos por adjudicar la causa a uno o a otro no será, de modo mucho más humano, menos conspiratorio y aunque pueda llegar a ser igual de relevante para los encausados, un mero asunto entre jueces.


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