Apaga y vámonos

Sobre la importancia del tamaño

“El tamaño no importa”. Es conocido el uso de esta frase para referirse a ciertos aspectos de la vida personal, y obviamente no hay nada que comentar aquí a ese respecto. Sin embargo, estos días se ha utilizado en la enésima polémica entre los dirigentes catalanes y el Gobierno central: ¿es o no decisiva la dimensión de un Estado a los efectos de ser tenido en cuenta en la sociedad internacional?

El presidente Rajoy dijo en su visita a la reunión de empresarios que se realiza en Sitges en el ecuador de la primavera que sólo los países grandes tienen voz relevante en la Unión Europea… Y sin duda hay verdad en sus palabras, ya que son los factores de población y territorio dos elementos determinantes en la toma de decisiones en el seno de dicha organización supranacional en relación con algunas de sus competencias más importantes. Sus palabras, sin embargo no tenían como destinatario Luxemburgo o Bélgica, Estados de la Europa comunitaria cuyo tamaño no corre parejo con la importancia de su papel de ese espacio común para el pueblo europeo, por más que las sombras superen a las luces en su momento presente. El destinatario único de las palabras del presidente del Gobierno español era el presidente del gobierno catalán.

Por esa misma razón, por la conciencia del sujeto individualizado a quien iba dirigida la invectiva, le faltó tiempo al círculo intelectual del president para recordar varias circunstancias que vendrían a contrarrestar el papel que el tamaño pueda tener en la Unión, ya que ése es el escenario internacional contemplado en general por el movimiento de secesión del presente político en Cataluña.

El tamaño suele jugar un papel inversamente proporcional a la agilidad: los países de pequeñas dimensiones tienen una mayor facilidad para abordar reformas estructurales. Bien es verdad que esto lo desmienten los gigantescos y ágiles Estados Unidos de América y lo corrobora por lentísima ejecutividad la Unión Europea, quizá porque el primero es un Estado que tiene clara su nación y el segundo no es más que un proyecto en el que restan las realidades invertebradas (como la propia España, en palabras de Ortega) y suman de modo peligroso la fuerza de Estados cohesionados, inmensamente nacionalistas y económicamente potentes como Alemania. La irrelevancia de la soberanía tradicional de los Estados en cuanto a las decisiones comunitarias se refiere adquiere importancia capital por contraposición al ejercicio político constante de una sola de esas soberanías, hasta el punto de haber hecho carne la duda de si no será éste un camino hacia una Europa alemana en lugar del óptimo en el que Alemania llegase a ser definitivamente Europa.

El pequeño tamaño, por otra parte, no ha obstado convertir a algunos Estados en detentadores de un excelente nivel de vida, con los mejores indicadores de bienestar social, crecimiento económico y competitividad. También existen, es cierto, países pequeños que, como Irlanda o Chipre, han visto de cerca el abismo, pero fíjense en el modo en que Irlanda ha dejado de estar en el epicentro informativo y convendrán conmigo en que la agilidad que antes mencionaba aún se hace más patente para quienes están cercanos a menos que cero.

En ese panorama de pros y contras del pequeño tamaño, Cataluña, que nada puede hacer para cambiar sus dimensiones, está jugando en el tapete donde se baraja qué jugo sacarle a la pequeñez. Recuérdese que los consejos comarcales que se han declarado independientes son mayoría aplastante; sin embargo no concentran la mayoría poblacional, confirmando la idea de que se produjo en dos oleadas sucesivas de gentes llegadas de otros puntos de España una colonización cultural que hace verdad aquello contra lo que pretendía indignarse alguno: los andaluces sí han sido inmigrantes en Cataluña. Mis abuelos, entre ellos, así se reconocieron, para de inmediato añadir que se sentía catalanes, pues para ellos su tierra era la que les acogía y ofrecía las oportunidades de crecer y realizarse; en nada niega (ni se reniega de) los orígenes el aceptar la realidad, que es que uno acaba siendo de la tierra en la que se arraiga. Así la Cataluña de la fractura sólo está rota en algunos territorios donde partido y medio se dedican a recordarla, como quien hurga en una herida para no dejar que cierre. ¿No será más fácil arreglarse entre pocos que frente a más?

La Cataluña política debería sin duda aprovechar su pequeño tamaño y la agilidad que eso le supone para que una de las reformas estructurales abordadas acabase con el gigantismo e ineficiencia que copió de la administración pública central, pues no vale decir que en Extremadura hay más, cuando sabemos que el desiderátum está en mucho menos. Ninguna voluntad de secesión tendría sentido si no fuera para pensar un mundo distinto, donde, dentro de las posibilidades, se regenerase el modelo, agotado en lo institucional, pero más aún, y de forma que se vislumbra irresoluble, en lo territorial.

Así pues hay argumentos para ambas partes, pero sólo uno de ambos presidentes ha cometido un error conceptual grave: al hablar de si la medida importa o no, el presidente Rajoy ha dado por sobreentendido que Cataluña pueda llegar a serlo. Lo que coloca a Mas en el buen camino para su “hoja de ruta”, cuando ha ido a buscar reconocimiento bilateral en la UNESCO (aunque este organismo sea de poco fuste y suscriban con él acuerdos bilaterales todo tipo de entes irrelevantes) o en esa reunión con SNFC, cuya importancia le ha llevado a la portada de algún diario económico (que la francesa pueda sustituir a Renfe en el futuro en la gestión de los Cercanías en Cataluña no es tema banal).

Ya sabe el president que no será fácil el reconocimiento internacional, que los torpedeos por parte de la diplomacia española serán continuos, y no es menor la cancelación súbita de la cena que había sido acordada con el ministro de defensa francés “por motivos de saturación de su agenda”. Pero el espaldarazo se lo ha dado Rajoy al hablar del papel de los Estados pequeños en Europa. Le faltó tiempo a Artur Mas para decir que “se pide” un modelo como Austria, donde, entre otras cosas, el paro no alcanza los dos dígitos. ¡Cualquiera no!


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