Apaga y vámonos

¿Por qué se hunde la democracia?

Los resultados del PSC en las últimas elecciones catalanas han sido similares a los que el año anterior obtuvo su homónimo en las generales. Entre unas y otras la confianza de la gente en que Mariano Rajoy nos pueda sacar del atolladero se ha desvanecido al comprobar que él forma parte del atolladero y, añadiría yo, porque del atolladero sólo podemos sacarnos nosotros mismos. Y, sin embargo, no parece en vías de recobrar la credibilidad perdida el partido que capitanea la oposición; al contrario, partidos con discurso fácil (porque es gratis), poco programa (muy claro en el qué, pero incierto en el cómo), cuya viabilidad no quiera Dios que debamos confrontar algún día, y horizontes de grandeza con los pies de barro, se van haciendo hueco, ampliando el círculo de sus adeptos sin perder una sola pluma, alejándonos así del esquema democrático de los países más serios, donde con un par o a lo sumo tres partidos se conforma la opción de los gobernados y se distingue mejor a los gobernantes.  Por supuesto que la responsabilidad primera la tienen las grandes opciones, pero también la población, que ha estado años y años dando la espalda al control de la cosa pública, aduciendo que ya ejercía de demócrata con cada voto y con cada acatamiento del resultado en las urnas.

La izquierda, disgregada

La sospecha que me alcanza cuando miro un panorama de mil y un partidos disgregados en el segmento ideológico de la izquierda es que cada uno de ellos pueda pretender simplemente mantener su lugar al sol, sin buscar los acuerdos que fortalecen las opciones, ni la limitación de mandatos de la que tanto hablan cuando aún no han llegado, ni la busca personalizada del voto en pequeñas circunscripciones electorales, que tantos “líderes” haría desaparecer en un cuarto de hora. ¿Qué sentido tiene un partido a la izquierda con otro un poco más allá, si al final los grandes temas o consignas son los mismos? Hace poco decía algo parecido Arturo Pérez-Reverte respecto de los sindicatos, en román paladino: ¿por qué mantener (ésta es la palabra) dos sindicatos de clase, cuyas propuestas coinciden siempre, si no es para que dos personas, y todas las que de ellas cuelgan, puedan seguir teniendo mando en plaza? Y añado yo: ahora que el PSOE se ha puesto tan español que pone en un brete a su brazo catalán frente a las demandas del independentismo, ¿tiene sentido, por ejemplo, UPyD, “regentada” por quien tras 30 años en política, habla de limitación de mandatos, y ya lleva tres legislaturas en las Cortes con su nueva formación, y se queja del servilismo de los medios de comunicación, mientras uno no menor le hace la ola en cada momento decisivo?  Que la gente está hasta el pelo de la corrupción política es un hecho, pero que se ponga la esperanza en alguien nuevo (¿”nuevo”?) y no en la responsabilidad de todos nosotros de atar corto el sistema desde fuera no deja de ser una nueva manifestación de nuestra desidia. ¿O es que alguien piensa que hay partidos buenos y malos, que acogen por tal motivo sólo a las buenas o las malas personas?

Entre abuelos de mil batallas e hijos del desconcierto

Hemos visto estos días el retorno de Felipe González a los atriles, homenajeado por sus logros aplastantes del pasado, y usado al tiempo de cortina de humo sobre el periodo Zapatero que ha obligado a militancia de base a pedir perdón. No hay que olvidar ni desdeñar su capacidad de seducción de las masas, tampoco creo que tenga sentido reprocharle su intento de vertebrar España, aunque se quedara sólo en lanzar un ave hacia Andalucía y en instalar la Expo en Sevilla. Me quedo con su apuesta por Europa, aunque sospecho que iba en el paquete internacional que hizo de él un líder sustituyendo a Llopis en el PSOE, en contra del temido Santiago Carrillo, capitán del musculoso PCE de entonces. Pero con sus luces y sus sombras, escucharle apostar por un PSOE que esté convencido de ganar como el que él lideró equivale a constatar que no comprende por qué se ha hundido la socialdemocracia en Europa, pero sobre todo en esta España, ésa a la que, es verdad, ya no conoce la madre que la parió.

La socialdemocracia ha muerto de éxito. El Estado social de Derecho que se acuña en Europa tras la segunda guerra mundial, un Estado que toma la idea de justicia social de la doctrina social de la Iglesia católica, no puede sostenerse cuando asegura poder proteger a cualquier persona de cualquier contingencia, satisfacer cualquier deseo por el hecho de que no sea ilícito, complacer cualquier demanda, como si de un hijo malcriado o incapaz se tratara cada uno de los individuos que le exigen algo. Así la socialdemocracia se ha convertido en un subterfugio donde se esconde el miedo a la libertad de unos individuos y las ganas de aniquilarlos de otros. Individuos que no quieren ser libres por temor al precio en responsabilidad que supone cada acción decidida. Y ganas de aniquilación de aquellos que creen que no somos cada uno de nosotros más que un determinado o determinable producto social, sin responsabilidad, sin culpa, sin razón ni ocasión alguna por la que tener que pedir perdón.

La vacua omnipresencia del palabro

A  la socialdemocracia la han matado los extremos. El extremo absurdo que reduce cualquier iniciativa personal a un intento de depredación del resto de la humanidad y que pugna por la socialización desincentivadora de cualquier factor esencial para la comunidad. Y el extremo inhumano de quien cree que la libertad es la ocasión propicia para el abuso, para la muerte de la solidaridad, para la aniquilación del desafortunado, del discapacitado, del huérfano de cualquier oportunidad. Por eso la socialdemocracia, arrastrada al maximalismo por la tensión entre esos dos extremos ha jugado el papel de la triste figura, radicalizando sus postulados, de modo que no se opone al liberalismo sino a la social-dictadura, pero se ha ido confundiendo con ella, pues da igual que el control férreo sobre la libertad se produzca desde la derecha o desde la izquierda, detrae el oxígeno de la esperanza con la misma fuerza brutal, y al final, y es justo que así sea, se convierte en el principal veneno de sí misma.

Porque la socialdemocracia se ha hecho omnipresente en el discurso de cualquier candidato, del partido que sea. Todos ofrecen ayudas, subvenciones, controles, soluciones para los que se encuentran en situación depauperada, sin distinguir razones para llegar a ese lugar. Pero estando en todos los programas, poco a poco se ha ido desvaneciendo de la acción política de todos, y cuando digo todos, hablo obviamente de aquellos que tienen posibilidades de gobernar. Sólo el tiempo y el descalabro de la socialdemocracia amparada en partidos como el PSOE descubrirán que más allá los compromisos son igual de incumplidos, las corruptelas igual de consumadas, las personas igual de falibles. Llega otra edad oscura. Y luego podremos recomenzar.


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