Apaga y vámonos

Es humo, pero indica fuego

He leído estos días muy diversas valoraciones de lo que ha supuesto el salto a la vanguardia de la acción política de la formación que tiene por nombre el eslogan de Obama en su primera campaña a las presidenciales americanas. Todas ellas me parecen acertar en alguna cosa, todas ellas ponen su foco sobre un aspecto u otro del fenómeno, y todas ellas, en cualquier caso, le atribuyen relevancia, sea diciéndolo expresamente, sea burlándose de sus actitudes y propuestas. Vaya aquí mi reflexión no sobre Podemos, cuya enjundia es humo, sino sobre lo que implica, que es a todas luces un incendio.

La izquierda, entendida como la ideología que afirma nuestra igualdad radical (es decir, no sólo en valor, no sólo en oportunidades, sino también en lo que hace a cualquier resultado material a obtener), siempre ha tenido su discurso mucho más fácil que la derecha. También es verdad que es la que ha tirado del carro de la historia en el sentido de ir abriendo camino a nuestra nueva concepción de las cosas, como el científico que se empeña en ir haciendo posible lo imposible, o el héroe que ve camino donde sólo hay una maraña de inconvenientes y caos. Ese tirar del carro, sin embargo, ha cambiado de categoría desde la irrupción, probablemente gracias a la propia izquierda, de la democracia en el sentido moderno (el clásico, aunque la palabra sea la misma, poco tenía que ver con nuestro actual sistema y si Pericles tuviese oportunidad de ver para qué se ha utilizado, soy capaz de imaginar su más que comprensible reacción estupefacta).

La razón es que desde entonces el número gana a la idea, de modo que si muchos apoyan algo, ese algo se impone, y como quiera que se ha cosido esa mayoría entorno a la idea de que equivocarse es un derecho, también se ha dado categoría de tal a cualquier derecho que individualmente concibamos, si tras él una mayoría también lo desea. Los ejemplos que les pondré dan idea del lugar al que hemos llegado: aunque haya, como todo, desaparecido del suflé mediático, hubo un licenciado en Derecho ciego que dijo que quería ser juez de lo penal, y nadie se atrevió a objetarle nada, antes al contrario, la presión sobre las estructuras judiciales fue tal que el Consejo afirmó la posibilidad, a pesar de ser consciente de que algunas pruebas como el reconocimiento visual del lugar de comisión de un delito son para él como para el común de los mortales volar por los propios medios.

No es ese el único caso en que el sistema y la razonabilidad se pliega a deseos que, por más comprensibles que resulten en el plano individual, es absurdo elevarlos a una categoría y menos todavía a un derecho (el sujeto de marras, buen expediente académico durante la carrera, y vocacional donde los haya demuestra que algunas cosas no se las enseñaron bien, cuando dice que es “lo justo” que gente con su discapacidad y mientras la tecnología no le permita suplir con creces la visión, pueda ser juez) También hemos visto alzarse a la victoria eurovisiva un hombre vestido de mujer, pero con barba, es decir, soy esto, pero quiero ser lo otro, pero de lo de aquello me gusta algo; o como dijo y le fue reconocido en Australia a un individuo, algo parecido a ser del sexo neutro, o quizás en este caso quizás mejor decir “empate”…o vaya usted a saber. A estas alturas de la película alguien estará creyendo que tengo fobias en contra de este o aquel colectivo y sus deseos de significarse; pero no, esto sólo va de orientarse conceptualmente y desentrañar cómo hemos llegado a proferir quejas masivas contra Whatsapp por el hecho de que falle durante unas horas una aplicación que, para colmo de ironías, es gratuita; o como hemos decidido que tenemos derecho a que nos olviden en internet después de haber hecho de nuestra intimidad un mercado, y del honor, una quimera decimonónica a golpe de demostrar nuestra falta de entereza y rigor intelectual.

Pero no hace falta ir tan lejos: las propuestas de Podemos no son en ese sentido novedad alguna; en Cataluña la plataforma de la Ada Colau que dijo querer apartarse el foco mediático de ser portavoz de la PAH, pero ya se ha comprobado que sólo lo hizo para tomar carrerilla en su candidatura a las municipales de Barcelona, van en esa línea: “sueña, nosotros te lo conseguiremos”. Apoyados sobre la obvia crudeza de la realidad económica de mucha gente, los intelectuales carroñeros de la desesperanza se han alzado cual salvapatrias desde la noche de los tiempos, y en ocasiones, hay que decirlo, la muerte los ha colocado en una peana de la que es difícil desalojarlos. Piénsese que los primeros colectivos en tomar en consideración las promesas de Benito Mussolini fueron los soldados licenciados y desocupados y una juventud que de obrera sólo tenía la disposición, porque el trabajo escaseaba.

En este intento de analizar la enjundia actual del ritual democrático el ejemplo de la PAH es paradigmático: en absoluto se circunscribe a buscar salidas dialogadas (que desde luego ensalzarían si se trata de solucionar conflictos con ocupas), y menos con los bancos (que junto con los políticos – que no sean ellos- son, según pancarta, asesinos) Quien no puede pagar una hipoteca sencillamente tiene derecho a no pagar; obsérvese el estrambote: de no poder cumplir una obligación se pasa al derecho a no cumplirla. Y, en último extremo, se tiene derecho a cambiar las condiciones (sin duda leoninas, pero aceptadas) de la hipoteca con la que quisieron ejercer lo que les dijeron que era otro de los derechos que les concernían: el de tener una vivienda en propiedad. Que el ejemplo sirva para diseccionar cualquier otra propuesta en la que el talento es sospechoso, el esfuerzo avaricia, el infortunio siempre culpa del ajeno, y el reparto de las bicicletas ajenas una constante amarga.

Para colmo de males, todos esos y otros tantos ejemplos de perversión del significado de la forma de gobierno democrático pretenden apoyarse en la idea evangélica de que es más fácil que un camello entre por el ojo de un aguja que un rico en el reino de los cielos, pero lo cierto es que quienes se quieren aprovechar de ello en general no creen en más cielo que el materialista de este mundo, y si por casualidad lo creen, no parecen haber entendido en qué consiste el cielo, y qué significa ser rico o pobre. Así pues, venden humo, y desde ese punto de vista poca enjundia filosófica tendría su actual protagonismo político y el hecho cierto de que puedan llegar a sustituir a siglas desgastadas de partidos con catatónico hacer, si no fuera porque el humo es siempre indicio del fuego. Un fuego que en este caso puede resumirse así: estamos ante el triunfo de la democracia como la dictadura del número, y por tanto, los demás partidos ofrecen también humo para sobrevivir sin darse cuenta de que en ello les va su supervivencia a largo plazo, la verdad y una posibilidad de salvar nuestra civilización. A ello se añade, y es incluso más importante, que, como se aprecia sin profundizar demasiado, el número está indocumentado (con la connivencia culpable del poder) y que por eso se ha usurpado el verdadero sentido de la revolución, que sólo puede ir de lo individual a lo colectivo, requiriendo de cada uno de nosotros un esfuerzo que no parecemos demasiado dispuestos a realizar.


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