Apaga y vámonos

El honor es la cuestión

Los distintos casos de corrupción que se han ido conociendo en España durante las últimas semanas nos hablan antes que nada de la batracia memoria colectiva que nos adorna. El “Bárcenas” de hoy no es más que un nuevo capítulo en el conocimiento que en fases sucesivas fuimos teniendo de uno de los más grandes casos puestos al descubierto en eso que podríamos llamar de forma genérica la connivencia entre el poder real y sus lacayos públicos. A estos últimos la gente ya está tentada de tirarles piedras y un quítame allá ese sueldo de 3.000 euros es casi motivo de picota, se los hayan o no ganado con su actividad, acaben de llegar o lleven en ella treinta años de reloj. Mientras tanto, los otros, quienes mueven los hilos y acumulan con uno u otro gobierno todos los privilegios prohibidos por la igualdad constitucional, sonríen algo inquietos, pues ya el blanco de las iras se va acercando cada vez más peligrosamente a sus otrora cómodas posiciones. Es tiempo de revuelta social previsible y, lo saben, en ellas puede acabar pagando el pato incluso el menos culpable de la pandilla, culpable cuanto menos por omisión.

En estos días, evitando ahondar en la cuestión de cuánto de títeres tienen quienes nos gobiernan, se plantea el debate sobre el momento procesal en que un político debería dimitir: que si en la imputación, que si cuando se habla de él en los medios, que si porque lo diga un informe policial, que si el auto de tal juez está muy fundamentado, que si nada de nada hasta que no haya condena firme porque la presunción de inocencia vale para todos, faltaría más… Quienes así discuten han dado por descontado el patrimonio del alma, que decía Calderón, han dado por perdido ese tesoro que en el mundo oriental haría suicidarse a más de uno. Aquí la gente huye de la adversidad, incluso hay por ahí una plataforma que va a conseguir llamar delincuente a cuantos continuamos haciendo el esfuerzo de pagarlo todo además de la hipoteca, pues han decidido que es ser pobre es sinónimo de ser buena persona. En oriente, en muchos de cuyos lugares jamás se sueña siquiera con tener un techo bajo el que guarecerse, la gente se suicida por honor. Se puede perder la casa, la salud, la vida…se puede perder la persona más querida…pero el honor, el honor no, que “el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”.

Occidente, y yo me cuento en él, no me envíen mensajes diciéndome que hablo de otros, Occidente jamás ha conocido ese tipo de honor, a lo sumo ese de pandereta que ha permitido al gran Reverte recrear al capitán Alatriste para escarnio de nuestra amoral condición; Occidente ha decido echarle la culpa de todo a otro, y así ha llegado el día en que eso de la dimisión depende de la imputación, y lo dicen con boca grande, para hacernos creer que están del lado del “pueblo”, quienes jamás tuvieron honor que perder. “Yo, si estuviera imputado/a, dimitiría”; como si la cuestión estribase en la forma del hecho y no en el hecho en sí. Y no es verdad, nadie con honor que defender debería dimitir, porque hay imputaciones de ley, hechas por jueces que tienen honor y se miran los hechos con lupa antes de tomar decisión tan trascendente, y jueces villanos, que imputan sin más “y luego ya veremos”. En este país ser imputado puede significarlo todo o nada, y entonces decir que el imputado por serlo debe dimitir es dar por descontado que el honor no está en juego, porque el honor no está.

Aunque forma parte de Occidente, Alemania es otra cosa, estamos hartos de comprobarlo en todo lo que duele. En Alemania, es cierto, también hay gente que hace las cosas mal, que copia en una tesis (ja, ja, ja, me encantaría que pasaran el escáner ese que delata las copias por todas las tesis de la universidad española) y seguramente alguno de sus niños en la escuela alguna vez habrá usado una “chuleta”. Pero no es importante saber que ellos también son falibles, ellos son invencibles porque, a pesar de ser occidentales, tienen algo parecido al honor. Dimiten cuando su reputación es puesta en tela de juicio, porque saben la trascendencia que un vicio privado, puesto al descubierto, tiene sobre la ética pública. Y eso nos habla de algo distinto del honor en los que ellos, humanos siempre, han acabado por llevarnos ventaja: la integridad.

Enloquecieron una vez, llegaron a causar en Occidente el mayor horror conocido, dieron pábulo y apoyo a la mayor encarnación pública del mal. Y viven con ello desde entonces, pero en ese camino aprendieron qué significa vender el alma. Y ahora, aunque de vez en cuando le carguen a la mujer el muerto de una infracción para ahorrarse los puntos de carnet de conducir, tienen un tipo de integridad que aquí nos es desconocida: no inventan excusas y desaparecen. Conocen el precio y lo pagan, porque la imagen pública de su país, y ese sentido del deber tan protestante está siempre por encima de su supervivencia personal. Bien es verdad que todos ellos pueden volver a la vida anónima y ganarse la vida, pero de los parásitos que la política recolecta y de aquellos que va haciendo cuando se quedan más de una semana, hablaremos otro día.


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