Apaga y vámonos

Los héroes de nuestros días

Me cuenta un buen amigo empresario que hace unos días asistía a una charla, una de esas que de tanto en tanto organiza la gente del gremio cual terapia de grupo para darse ánimos y escuchar, si se tercia, a algún invitado de más o menos lustre al que hacer preguntas con la esperanza de obtener respuestas. Me cuenta que, al final de la velada, el invitado en cuestión hizo a la nutrida concurrencia una pregunta que debían responder por escrito (para preservar el anonimato y, con él, la libertad) y de manera inmediata: ¿cuántas personas nuevas estaría dispuesto a contratar en el caso de que su empresa viera claramente incrementada la demanda de sus productos? La respuesta, sin excepciones: ninguna.

Los comentarios que puede suscitar tan lacónica y contundente respuesta varían en su índole con la perspectiva que adopte el comentarista: para quienes se han pasado la vida despotricando contra la clase empresarial (juntando en ella cual churras con merinas al presidente de un banco –aunque casi ninguno sea otra cosa que un asalariado- y al tendero de la esquina), la respuesta no es más que la demostración empírica de sus tesis: los empresarios son gente corrupta y egoísta que quiere mantener sus beneficios incluso en épocas de vacas flacas y que por esa razón no merecen ni ayudas públicas de ningún tipo ni la menor consideración social; antes bien, debería tenderse a su erradicación, nacionalizando la mayor parte de los servicios y poniendo a todas las mercancías unos precios públicos que aseguren su equitativa distribución entre la población. Para quienes, en cambio, creen que los empresarios son el motor de la economía, los generadores de empleo y el símbolo de la libertad económica, la reacción que denota esa respuesta es la de su miedo, la del no querer seguir poniendo la espalda para soportar los errores de una política económica que no recuerda qué significa en ella la clase media y cuánta de esa clase media son aquellas pequeñas o medianas empresas que viven ahogadas entre impuestos y servicios, o que fundieron los ahorros de toda una vida en las indemnizaciones a sus trabajadores cuando ya no pudieron seguir pagándoles el sueldo, o cuando vieron que, externalizando servicios, conciliar el sueño noche tras noche era mucho más sencillo.

Ya no hay héroes entre esos empresarios, porque debe calificarse de heroicidad el hecho de seguir apostando por emplear directamente a personas que también tienen poco de heroicas. Porque entre muchos asalariados, más aún entre los públicos, el sentido del deber y el compromiso con el riesgo para la mejora en las condiciones laborales también se ha perdido. También entre ellos escasean los héroes. Por eso, en las convocatorias de huelga ya sólo se ven liberados sindicales (que cobran en cualquier caso) y parados (que cobran el subsidio y/o trabajan en la economía sumergida o ya no tienen nada que perder porque ni una cosa ni otra les es dada). Pero ya no se suman a esas huelgas quienes pueden perder días de sueldo por hacerlo (“la cosa está muy mala”), es decir, los únicos que técnicamente podríamos llamar huelguistas.

El sentido del deber y el compromiso con el riesgo para la mejora en las condiciones laborales se ha perdido

No es ésta la época de los héroes. No los hay tampoco en la política o en el sindicalismo que vive todos los días para el próximo; es tanta la prisa y hay tanta hambre de titular del día siguiente que todos los compromisos de altura y tanta gente inutilizada para volver a la vida profesional, que todas las apuestas dignas de encomio padecen la misma suerte: la suerte del olvido, de la posposición a cualquier tarea menor que requiere el hoy. Como podría decir el novelista, no hay ficción que supere la realidad azarosa y absurda en la que se mueve buena parte de las decisiones que luego van labrando la historia, reescrita buscándoles su razón, la justificación que las revista de una dignidad con la que no se realizaron. Y así vivimos de la mano de políticos que sólo palpan la temperatura de la calle para construir sobre la conveniencia su programa político o la traición al que fue escrito antes de la encuesta, mientras los cauces tradicionales para la conformación de una opinión pública que sueña con ser libres se van remodelando a golpe de tecnología, ojos del gran hermano y bases de datos supuestamente encriptadas. Y del mismo modo, quienes nos dedicamos a la docencia vivimos permanentemente embarcados en cuestiones burocráticas y técnicas que han sumado a nuestra actividad de siempre la que otrora fue la de las secretarias, los informáticos e incluso los recepcionistas. Y no es posible quejarse, a fuer de ser insolidario, aunque precisamente por no hacerlo, tantos y tantos trabajos hayan ido desapareciendo y sus titulares enviados a engrosar esas cifras de paro que son también pasaporte a la depresión para mucha gente válida. Y por todo eso, o con todo ello, tampoco somos héroes…

A pesar de lo cual sí existen héroes rodeando nuestras vidas occidentales en este declinante Estado del bienestar, dotándonos de ejemplos, haciéndonos recordar que no todo está perdido. Si es verdad que, como ha dicho el máximo dirigente de una entidad financiera catalana, la salida de la crisis será la que nos deje un treinta por ciento menos de todo, bien cierto es que ya hay quien ha comenzado a extraer de ello la moraleja; porque cualquier revés de la vida es, con el espíritu del héroe, una oportunidad para enmendar errores, para aprender lo que no somos, para olvidar el ego excepto si nos sirve para alzarnos por encima de él hasta el nivel en que se encuentra el todo. Es heroico aquel que a pesar de los pesares ha decidido continuar esforzándose cada día en su lugar de trabajo, sin buscar excusas ni bajas laborales para “escurrir el bulto”; es heroica la persona que mantiene su negocio dentro de la legalidad, pagando sus impuestos a pesar de que quienes los recogen no los usen siempre con los mejores fines; son heroicos quienes siguen cumpliendo con su deber como si el mundo no se estuviera desmontando: el policía, el juez, el fiscal, o el inspector de hacienda ante quienes pasa tanto personal que gana diez o cien veces su sueldo y que a pesar de todo no se venden, y son héroes porque habría de ser normal cumplir y sin embargo se ha transformado en algo casi mágico…

Y es heroica cuanta gente sea capaz de mantener sus convicciones, sin doblegarlas al aplauso ajeno, a la amenaza o al desprecio, incluso si esa gente se apellida Rouco Varela, no precisamente un dechado de tolerancia él tampoco, pero en cuya defensa, a pesar de los pesares, hay que colocarse, si contra él se alzan energúmenas despelotadas como las que hace poco lo abordaron y a quienes me avergüenza contar entre las de mi mismo sexo.

No es tiempo de héroes, pero en cada colectivo humano se agazapan quienes, llegado el cataclismo, se arman de un valor que no sabían que tienen, esos que durante los tiempos grises, colorean desde el anonimato los lugares más recónditos de nuestras vidas, y que en el tiempo oscuro que nos llegue (de la intransigencia, el frívolo vociferar, la demagogia tabernaria y la violencia) mantendrán la calma, nos traerán luz y soportarán sobre sus cabezas el rearme moral de nuestra era.


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