Apaga y vámonos

Todo esto lo ha hecho la crisis

Como si de una noticia más se tratara, se acercan estos días los medios de comunicación a una verdad incómoda: quienes con más fuerza hacen estandarte de las libertades civiles antes corren a ciscarse en ellas a beneficio de una supuesta “razón de Estado”. Nadie ha creído nunca en exceso en el Estado de Derecho, nadie ha pensado demasiado en lo que llegamos a jugarnos cuando hablábamos de Echelon como si no fuera con nosotros, hasta que llegó Sitel y para entonces ya era tarde, ya no tenía sentido alguno quejarse. Como en esa magnífica obrilla que es Paradero desconocido, traspasar la frontera de la más pura legalidad a la ilegalidad más impura es cuestión de un simple paso de baile. Y así nos quedamos desnudos en medio de la plaza y ahora ya no hay mortal que nos ampare. Porque todo el mundo corre el riesgo de haber salido en un informe que pueda tener el de al lado, siquiera sea tejido con verdades a medias. De risa es saber que el CNI haya podido encargar investigaciones a agencias de detectives de tres al cuarto. Y nosotros, ¿qué y a quién estamos pagando? Nadie dice nada, claro.

Todo el mundo puede saber de todo el mundo, diga lo que diga la Constitución, porque en el fondo hace tiempo que a una inmensa e impúdica mayoría le importa un bledo su intimidad. Esto que nos sucede ahora con la red de espionaje que parece esparcirse por la geografía española tal vez sea una cortina de humo respecto de otras cosas aún (¿aún?) más graves, pero en todo caso no es más que la consecuencia del modo relajado y sonriente en que hemos sido capaces de vender nuestros secretos, intimidades y deseos en esa palestra pública a la que llamamos "redes sociales", incluso mintiendo sobre una falsa mayoría de edad para colgar lo que la red no permite más que a partir de cierto momento de nuestras vidas; al fin y al cabo, tampoco ha importado a parientes y amigos vender la historia de sus hijos, o de los hijos de sus conocidos, el lugar en el que se celebraba un cumpleaños o el destino de unas privadas vacaciones.

Del mismo modo hemos estado repantingados frente al televisor, mientras éste vomitaba las miserias de grupos de individuos, encantados de ser observados por el ojo del gran hermano; hemos disfrutado con la violenta exposición pública de la vida banal de parejas de toreros, drogadictos, delincuentes, ninfómanas, profesionales de la prostitución, todos ellos aderezados con las hierbas que sus presentadores, a su nivel la mayoría, nos vendían como"experimentos sociológicos de primera magnitud", mientras periodistas de mejor talla fagocitaban los restos de tales bacanales haciendo reportajes de investigación sobre la basura.

Y sin darnos cuenta de que una relajación llevaba a la otra, de pronto nos vemos inmersos en un culebrón real de espionaje, y la mayoría ya no se ocupa de las libertades perdidas sino del dinero que se hayan podido llevar, y quieren que los informes se sepan. Pero la herida que todo ello provoca en la credibilidad del Estado es enorme. Tal es así que países otrora considerados bananeros por la madrecita patria se nos suben a las barbas, expropiando cualquier cosa que se les ponga a tiro y que lleve en algún lugar encasquetada la bandera rojigualda. Y por si a alguien le importa tan poco la credibilidad perdida como los derechos civiles que hemos dejado abandonados en la cuneta, deberán saber que nada de todo aquello que nos preocupa se podrá resolver mientras la imagen que demos hacia afuera tanto se parezca a la de todos esos países hundidos por la corrupción y la miseria a partes iguales.

Pero lo peor de todo es que la herida que nos impedirá por mucho tiempo salir de la crisis la ha provocado la propia crisis. La salida a la luz de cuantas cloacas ha ido a cumulando el Estado en décadas tiene su origen en la desesperación. ¿Qué es lo que ha cambiado sino la penuria de muchos para que ahora salgan a la luz tantas sombras? Undargarin no hacía un tráfico de influencias distinto "del de toda la vida", del que han hecho ahora abogados antes políticos, recogiendo el fruto de contactos y conocimientos de años. Tampoco Millet era algo más que un alumno aventajado en las usuales tramas tejidas entre la política y quien quiere una contrata. Por supuesto se pueden llenar la boca de improperios cuantos ahora militan en partidos que nunca han tocado poder, pero cualquier partido en idéntica situación acaba comportándose del mismo modo, porque en todos ellos habitan personas y las personas somos falibles y sometidas a la tentación, susceptibles de ceder ante su enorme peso.

La crisis empezó a recordar los sueldos de tantos amigos, conocidos y saludados que habían sido encajados en las estructuras del Estado, a medio camino entre el funcionario al que se puso el camino fácil para obtener la oposición y el cargo político que da la cara. Se encontraban (y aún se encuentran) en ese camino del medio tantos asesores y personal de confianza  de los que ya hemos visto que quienes les pusieron tampoco hicieron bien en fiarse. Al final, cuando llega la ruina, todo es mohína, y quienes mucho se amaban en tiempos de gloria ¡qué lejos se sitúan cuando vienen mal dadas!

La crisis recordó también qué subvenciones se hacían ya insostenibles, cuántos tocomochos se nos habían vendido como imprescindibles, y cuando la gente vio recortar sus medicinas en vez de la suculenta paga de un inútil las cosas se empezaron a poner feas. Dicen que en Método 3 algunos empleados que veían cómo se cerraba la barraca agarraron lo que pudieron intentando venderlo al mejor postor. Se vende intimidad a precio de derribo; la diferencia es que, en esta época de ciberespacio, antes se quiso prohibir la portada de El Jueves, antes dio la vuelta al mundo. Y así, mucho peor que así, pasará con los informes que los jueces dicen que no deberán divulgarse… póngale puertas a ese campo, si es que puede, señoría…

La crisis ha sacado las ratas a la luz de la desesperación y se han encontrado con el resto de mortales, también mamíferos, también dispuestos a saltar a la yugular de cualquiera cuando hay hambre; así han aparecido las plataformas de desesperados a los que sólo les quedaba ver la peineta de Bárcenas ante sus abucheos para cargarse de razones e iniciar el estallido social que tan claramente se ve venir por la misma vereda por la que se aleja nuestra esperanza de encontrar una salida honorable a tanta sinrazón.


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