Apaga y vámonos

La generación de cristal

Un pronóstico: décadas después de este tiempo hundido, expertos de todas las disciplinas sociales describirán con asombro la generación de cristal que se fragua en nuestros días a golpe de irresponsabilidad, de corazón de hielo y de indolencia ante el futuro, envuelta en nuevas tecnologías y empachada de información. Puede parecer mentira, porque no ha habido tiempo con memoria en el que se haya acumulado en occidente mayor nivel de bienestar que el presente, pero justo por eso son estas las horas que alientan la pérdida de una legión de jóvenes para la causa de este país, si es que este país en algún momento tuvo causa. Quienes tienen ahora entre 5 y 15 años, y tal vez los de un lustro arriba y abajo de esas cifras, son además carne de cañón de un curioso experimento al que España se ha abonado con inconsciencia digna de la condenación eterna, para beneplácito de eso que en mi primera colaboración en este blog denominé “El IV Reich”.

De aquellos polvos…

Se celebran estos días los 30 años de la arrasadora victoria socialista de 1982, el morir de éxito del PSOE de hoy. La culminación de la transición, que tan bien supo describir Victoria Prego en su serie documental para la TV ya convertida en un clásico, hila la cesión por parte de Juan Carlos I del poder omnímodo recibido de Franco, con la mayoría absoluta (omnímoda también, o como algunos describieron, un rodillo) de Felipe González, el líder construido desde el extranjero para alzar al PSOE como dique de prevenciones varias frente al poderoso y socialmente enraizado PCE. Un relato transicional y una mayoría abrumadora que permitieron aseverar a Alfonso Guerra que la España que tomaban en sus manos no la iba a conocer ni la madre que la parió.

…que gravitan sobre la educación…

Probablemente ha sido así en muchos ámbitos, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, pero quizás no fueron tantos como pensábamos, pues escuchando estos días las amenazantes declaraciones de algunos militares, tentada estoy de poner en duda lo de que Narcís Serra democratizó el ejército. En todo caso el cambio lo fue en algunos aspectos para bien, en otros para mal y en algunos para peor. Entre lo peor se encuentra el ámbito del que se nutre esa generación de cristal de la que necesito hablarles: el de la educación, ese campo en el que cada partido político ha querido cultivar su huerto, enzarzándose en peleas ideológicas de todo tipo, cuyo principal damnificado ha sido el destinatario final de la enseñanza, y donde, visto en perspectiva, la LOGSE ya no ha sido el peor desaguisado; ya saben: “malo vendrá que bueno me hará”. Durante todo ese tiempo, PSOE y PP, bajo la mirada connivente pero distante de los dos grandes partidos periféricos, han ido aparentando mantener una disputa, que, todo y siendo importante, no es la esencial, la del modelo: ¿de excelencia, como pide Esperanza Aguirre, y sálvese quien pueda si podemos asegurar un Premio nobel, o inclusivo, según pide la izquierda más romántica, pues piensa que alguna vez esto podrá ser Finlandia? ¿La de servicio público, según preconizan los herederos del modelo republicano y estos a su vez tomaron de quienes creen que antes que personas somos ciudadanos, o asegurando la preferencia de los progenitores, y págueme el Estado el colegio que yo decida? El art. 27 fue ya causa de polémica en su redacción constituyente, imagínense después en el modo y hacer de los gobernantes varios que han tenido que aplicarlo.

Sin ningún género de dudas me cuento entre quienes creen que si la enseñanza es un elemento determinante en la forja de los individuos, también o más lo es la educación en general, concepto éste en el que convergen la cosmovisión adquirida en el entorno familiar, la escuela de la calle que son las relaciones sociales y ese magma de intereses que es la información (no sólo, ya menos, la periodística). Por esa razón creo que la LOGSE pesa, pero mucho más ha gravitado sobre la fragilidad de la generación que por eso llamo de cristal, una mala intelección del Estado del bienestar, un arrellanarse en lo resuelto por otros que ha ido haciendo cada vez menos resistente al dolor, al sufrimiento, o a la carencia a una generación tras otra hasta llegar a la de vidrio. Transparente, candorosa, infantil, dúctil, ingeniosa, hábil, iletrada y directamente abocada a la frustración.

Dejo para otro día la cuestión universitaria, digna sucesora de la cuestión educativa que me ocupa hoy, pero dense una vuelta por los departamentos de cualquiera de las grandes universidades públicas y pregúntense si hay clases para tanto docente de todo lujo, condición y sueldo que se acumula en ellos, y tal vez compartirán que la sacrosanta autonomía universitaria estaba pensada para algo distinto de aquello que ha acabado significando. Si no, fíjense en el relegado lugar que ocupa la primera de las españolas en el ranking mundial de las universidades públicas, y cuestiónense si no tendrá que ver con la garantía del puesto de trabajo que en España petrifica la sana competencia entre investigadores.

…a estos lodos en que ahogarnos

En la cuestión educativa todo eso gravita, pero también y mucho el quantum de recursos que le dedica España, pues aunque los profesores españoles están por encima de la media en cuanto a salario, y por debajo de ella en cuanto al número de alumnos a su cargo, sí es cierto que en cuanto a los recursos totales dedicados al sector España está a la cola de la OCDE, de modo que es fácil que pueda liderar las cifras de fracaso escolar. Y así lo hace. Poco dinero y ahora menos. Minoración de la resistencia a la adversidad. Salto cualitativo entre generaciones en cuanto a métodos de aprendizaje y modos de transmisión del conocimiento. Disparidad entre docente y discente en el sentido del tiempo, de la relación social, del uso del lenguaje verbal y no verbal. Y crisis espiritual sin precedentes en la memoria reciente. Pero el cuadro dantesco no acaba, sino que empieza aquí. Aunque se dedique menos que en otros países, lo cierto es que es mucho para el PIB español y la actual situación de endeudamiento. Un esfuerzo ímprobo para formación que cae por el agujero del desagüe cuando las personas ya formadas, más aún, cuando las personas más y mejor formadas, cogen el portante y se van a países con (buenas) ofertas de trabajo, unos países que, por tanto, disponen de mano de obra cualificada, sin haber invertido nada en su formación.

Como eso es así y no va a dejar de serlo, la cuestión no es sólo grave desde el punto de vista de la justicia social, único que preocupa a los profesores que salen a la calle a reclamar que no les rebajen el sueldo; la cuestión es también de viabilidad para el país y de retroalimentación de una espiral que puede resultar a corto plazo un suicidio colectivo inimaginable hace pocos años. Es decir, que este rasgarse las vestiduras de estos días por la situación que puedan tener algunos territorios dentro de diez años es ridículo. No hay lugar para jóvenes, parafraseando la película, y sin esa generación de cristal, aquí ya no hay lugar para nadie. 


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