Apaga y vámonos

¿Por qué tanto empeño en esos Juegos?

Si Barcelona es España, y ya hubo en ella unos juegos olímpicos en 1992, ¿a qué tanta insistencia con los juegos de Madrid? Quizás haya quien piense que, como catalana que soy, me opongo a que Madrid tenga lo que tuvo Cataluña, pero ese alguien, que yerra, no serviría a otro propósito que el de corroborar mi idea de que en esto de la unidad de España ha habido tanta voluntad de tensar la cuerda en un lado como en el otro. No me opongo, y desde luego me alegraría que los juegos fueran a parar a la capital de España. Pero puestos a pensar en esa clave “global” ineludible en esta centuria en la que nos adentramos con la depresión a cuestas, habrá que razonar en justicia si la candidatura de Madrid es la mejor opción “glocalmente” hablando. Si más allá de la querencia asiste la razón a este viaje que por tercera vez se emprende a la caza y peloteo de “los que votan” (Teresa Zabell dixit) en el COI.

Cuando en el año 1992 llegaron los juegos a Barcelona de la mano de unos cuantos anónimos y de Samaranch, Serra y Maragall saludando desde la pasarela, la ciudad ya había dado tal giro que, en palabras de Alfonso Guerra, no la conocía ni la madre que la parió. A costa de aprovincianar algo su espíritu, sus infraestructuras dieron, en los años que median entre la nominación y los juegos, un giro tan radical que incluso fue capaz de descubrir que vivía a orillas del mar. Se le fue algo la mano, y sobre todo la cabeza, si no, no se habría alumbrado después, este sí ya del todo maragalliano, el vacuo y fallido Foro de las culturas. Tenía todo el sentido pedirlo para justificar en quince días de gloria el impulso que a todo nivel se produjo en la ciudad de los prodigios, abocada así al último de los que relatara Mendoza.

Sin duda por el camino más de un sinvergüenza, y como ocurre casi siempre, se hizo de oro a costa de la calidad de ciertas viviendas e instalaciones, pues apenas unos pocos años después algunas ya apuntaban maneras de ruina; pero lo cierto es que la ciudad y sus entornos dio un giro radical y enfocó hacia lo que es hoy, un polo urbano de atracción turística de primer orden, conocida ya no sólo por Gaudí o un parcial Picasso, en una palabra, colocada en el mapa mundial. Tan es así, que incluso quien ahora se diga o se pretenda  independentista, cuando lo haga en el extranjero, tiene muchas más probabilidades de ser reconocido si mienta Barcelona que si llena la boca con Catalonia, se pongan como se pongan los carteles de los estadios.

Pero el Madrid que dice como dato a favor de su candidatura que ya cuenta con el 80 por ciento de las infraestructuras necesarias, ¿qué gana con los juegos que no pierda con el despilfarro mayúsculo que ya lleva desde los primeros tiempos de Gallardón? ¿Qué oscuro interés, que ha sido capaz de transitar sin ruido de aquel alcalde a esta alcaldesa sin dejar de la mano el magnífico enclave del “Santiago Bernabeu”, puede darse para seguir, erre que erre, empeñados en la licitación, enfrentados, como lo están en este caso, a las dos evidentes macroalternativas que son Tokio y Estambul? Que a Madrid los juegos no le hacen falta se aprecia en su aeropuerto, en sus estaciones de tren, en sus envidiable red de metro, en su colosal estructura urbanística, su dimensión capitalina, su carácter integrador y su capacidad para ser polo atractivo de los mayores gigantes empresariales de España y de bastantes del mundo. Sólo hay que apreciar su potencia, en medio de la crisis, a través de los logotipos que coronan sus más emblemáticos edificios, o la calidad de su oferta hotelera. Está sucia, dicen algunos, no sé, hay servidumbres de las que las metrópolis difícilmente se libran en el sur de Europa. Quizás  los juegos serían una ocasión para limpiarla, pero si ésa es la única razón, pasaría como en el Nápoles que visité después de una cumbre europea allí celebrada, los napolitanos decían que la cosa poco duraría en ese estado. Y poco duró. Así que demasiado cara la hora de limpieza si hay que contabilizar el despilfarro de recursos en este tercer intento de alzarse con la pieza. Para poco, como ocurrió en Londres, y a diferencia de lo que ha ocurrido con Brasil y podría ocurrir con Tokio, por razones obvias y dolorosamente próximas, pero sobre todo con Estambul.

La puerta de Asia no sabe de qué lado quedarse. Sus operaciones geoestratégicas de las últimas décadas parecían apuntar a una voluntad inequívoca de colocarse mirando a Europa, entrar en la Unión, arrastrando la ingente extensión territorial que se adentra hacia la Capadocia, en el que la decadencia y soberbia occidentales habrán de competir con el gigante chino y con el indio, no menos colosal, mientras se tientan la espalda mirando hacia Rusia. Pero los vaivenes fundamentalistas de los últimos tiempos han colocado a Turquía en su justo punto de mira, y los juegos olímpicos, por su significado económico pero también, hasta donde puede, espiritual, deben ser entendidos como la posibilidad de que el mundo turco se sume a la causa por la libertad que tan maltrechamente defiende el viejo continente. Una oportunidad así no puede ser obviada por el COI.

Nada que ver con las veleidades de Londres, en la pasada edición, o con la que Madrid quiere protagonizar en 2020, una veleidad que sólo llega a los vecinos de la villa y corte vehiculada en la soberbia de sus políticos, ya que ¿a cuál de ellos no le gustaría preciarse de contar en su palmarés con una candidatura olímpica? No hay competición deportiva más seguida en el mundo. Pero el mundo es tan grande…hay tanto por equilibrar, hay tanto por hacer que, salvo que quieran esgrimir que Barcelona no es España, yo sigo sin ser capaz de entender qué argumentos se pueden dar para que vuelva ser elegida España tan sólo veintiocho años después de la primera vez. ¿No sería más productivo elevar nuestras universidades algunos puestos en el escalafón mundial? Pues eso, que para que los listos de siempre se forren con dudosas operaciones urbanísticas revistiéndolo todo con la apariencia de un interés general, me gustaría que deseasen competir en otras cosas. Con todos mis respetos para el deporte y el turismo.


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