Apaga y vámonos

Las elecciones fotografían la clase política

Las múltiples lecturas que se están realizando en estas primeras horas sobre los resultados de las elecciones catalanas del 25 N hablan más de quienes las realizan que de la realidad en sí. Para empezar sólo un candidato felicitó públicamente a Artur Mas por su victoria, demostrándose así que el fair-play y la buena educación no sólo habían desaparecido durante la campaña, cosa que al menos yo he sufrido con harta pena y asco, sino que parece dispuesto a desaparecer de nuestra vida política una buena temporada.

La derrota del ganador

Mas ha ganado las elecciones, pero si medimos los resultados en función de las expectativas las ha perdido estrepitosamente. De todos modos, suspenderle a él significa suspender también a los “expertos” en demoscopia electoral incapaces de aproximar el resultado. Bien es verdad que un cuarenta por ciento de la población se mostraba indecisa (o escondía sus intenciones), pero para eso está la llamada “cocina” y han demostrado ser unos pésimos cocineros. El hecho cierto de lo mucho que ha cambiado el espectro sociológico de los votantes (desencantados, jóvenes sin complejos, o contaminados de fenómenos internacionales) no justifican que cobren sin haber previsto el tsunami, entre otras cosas, porque continúan haciendo las encuestas por teléfono, cuando eso del fijo pasó a la historia para el segmento determinante en estas elecciones, la gente más joven, la que se ha incorporado a la mayoría de edad y no ha “pasado” del tema.

Mención aparte merece eso de las encuestas a pie de urna. ¿Para qué necesitamos una encuesta a las 8, si vamos a tener la de verdad, que en multitud de ocasiones se le parece como un huevo a una castaña, en escasamente hora y media? Es el ejemplo más claro de que muchos hablan de regeneración democrática, pero luego nadie recuerda el absurdo dinero que pagamos por ese pre-escrutinio falso que a más de un político bocazas ha colocado en un aprieto por hablar antes de hora.

La campaña como espejo

La campaña ha sido decisiva como nunca, y nunca el PP había abocado tantos recursos (económicos y personales) en unes elecciones autonómicas para poder obtener el pírrico resultados de 80.000 votos más en las elecciones con menos abstención de la historia de la Cataluña en democracia. Un diario ha recuperado la soberbia de poder condicionar los resultados, ni que sea poniendo en marcha un ventilador-cloaca en el que era lo mismo el padre o el hijo, el hermano garbanzo negro o la señora de la limpieza; Ciudadanos ha continuado con la eficaz estrategia de ir a las televisiones más conservadoras de Madrid a poner a caer de un burro el nacionalismo, mientras en Cataluña recorría mayoritariamente los feudos socialistas, sabedor de que son un páramo en barbecho para Chacón. Por eso no explicitan de qué pie calzan, pues mientras se afirman de izquierdas dan su número tres en la lista a una exdiputada de la facción conservadora del PP; pero su ascenso es la prueba de que se ha movilizado todo el unionismo (“antes roja que rota”, como diría José Bono) que se podía movilizar en Cataluña y no se lo ha llevado el PP.

Mientras tanto el PSC desaprovechaba la oportunidad que sí agarraron los comunistas de hacernos creer que la izquierda tiene soluciones a la crisis. Su derrota ha sido menor de la esperada, lo cual nos habla tanto para ellos como también para CiU del llamado “voto oculto”, o lo que es lo mismo, la cantidad de gente que tiene miedo a decir lo que piensa y lo que vota. Ese miedo que afrenta menos al que lo siente que al que lo provoca, pues habla de una sociedad donde se llama discreción a la cobardía porque la lealtad es apuntarse a caballo ganador, de modo que cuando por lo que sea, se perciben signos de derrota, los más listos son los primeros en abandonar el barco; vamos, las ratas.

Hipocresía común

Pero lo peor de todo es la hipocresía. Seis partidos políticos han aparentado no ver al séptimo en discordia, las CUP. Algunos incluso, quizás evitando recordar que hace cuatro días recorrían su mismo camino, dicen que no hay que dar importancia a la gran sorpresa electoral, una sorpresa de tintes delirantes, pero comprensibles: un partido sin dinero, sin, por tanto, oportunidad de salir en los medios de comunicación (ahora eso se ha complicado lo indecible, con avales previos, prohibición de publicidad, etc), con un programa que convertiría Cataluña en el proyecto piloto de la ciudad anarquista del siglo XXI, recibe de golpe 126.000 apoyos y cuela, por este endiablado sistema electoral, tres diputados en el Parlament. Es la izquierda más anti-sistema, porque no creen que sean “fetén” ni los que se llaman independentistas, ni los que se afirman de izquierdas. Vienen, dicen, a reventar el sistema desde dentro, y podemos augurar que, si la crisis no se resuelve en breve, serán más, son la primera avanzadilla organizada de la legión de “parias de la tierra”, “famélica legión”, paro juvenil al cincuenta por ciento e indignados que han comprendido que no tienen otra opción que sumar escaños, porque desde fuera no pueden hacer un “lobby”.

Las elecciones han demostrado la baja estofa de la mayor parte de los candidatos, y la inconsciencia de sus partidos al darles tareas de responsabilidad. Que PP y C’S crean que tienen razones para estar contentos con el mapa parlamentario que ha quedado denota hasta que punto la entidad moral de la política transita por su nivel más bajo, cerca de las posaderas que a cada uno le interese salvar. La foto fija no deja lugar a dudas: están por una consulta sobre la independencia de Cataluña dos de cada tres votantes, tirando por lo bajo… Realmente no puedo entender de qué se ríen.


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