Apaga y vámonos

Lo que deseamos

Un dicho popular advierte de que hay que tener cuidado con lo que se desea, ya que muy probablemente se conseguirá. Aunque nos parezca a menudo que el mundo que nos rodea es materialista, lo cierto es que ésa es sólo la forma que adquieren los sueños. La mayor parte de la humanidad desea, imagina, anhela, dibuja su horizonte espiritual para luego guiarse por él. Y si es así a lo largo de milenios, algo tendrá que ver el hecho de haber asistido con cierta recurrencia al milagro de su realización. Yo, al menos, lo tengo claro: conseguimos aquello que deseamos de verdad, en lo más profundo de nuestra alma, sea ésta ponzoñosa o pura. Y por ahora parece que las almas más retorcidas y maléficas van ganando la partida. Fíjense, si no, en sus propios comentarios en este diario digital: la mayor parte de las veces quienes escribimos lo hacemos en tono crítico, le llamamos “lúcido” para librarnos de culpa, poniendo el dedo en la llaga de aquella persona o institución sobre la que vertemos nuestras críticas. En alguna ocasión a mí se me ha ocurrido hacer una alabanza de algo positivo, o intentar mirar con optimismo ciertos aspectos de la preocupante situación que nos acontece. ¿Y qué ha pasado? ¿Han leído los comentarios sarcásticos, hirientes, amargados de quienes se esfuerzan en escribir, ocupan su tiempo en dejar en estas páginas sus opiniones? En la mayor parte de los casos también esa letra, esa idea, ese mensaje es triste, destructivo, despreciativo.

Por ahora el diablo va ganando la partida. Yo les digo a mis hijos cada vez que me lo preguntan que el bueno, al final, siempre gana, que la película continúa aunque ellos quizá no sean testigos de la última escena, que existe una posibilidad de hacer las cosas mejor, incluso en su madre, sobre todo en su madre, que les grita por poca cosa, o que opina que nunca ayudan lo suficiente o que todo lo que reciben les parece poco. Cada cual reproduce en su escala el DAFO de la ciudad, de la comunidad en que habitamos, pues cada uno de nosotros es en el fondo, también, una pequeña república. Como lo es la Sagrada Familia esa a la que estos días de consumo desaforado para unos y penuria desesperante para otros, supuestamente dedicamos nuestros pensamientos. Y no, no crean que no soy consciente de que hace tiempo que olvidamos, como colectividad, el sentido profundo de estos días. Simplemente quiero dedicar este post a recordarlo, precisamente cuando empieza el año de las tribulaciones.

Me dirán que hay todo tipo de iniciativas solidarias que demuestran que para mucha gente la Navidad sigue teniendo su sentido primigenio. Y es cierto, e injusto sería no recordar cuántos abrazos, besos, obsequios han sido dados entre desconocidos con motivo de estas fechas, y en los casos más heroicos, a lo largo de todo el año. También eso sucedió en Belén (entiéndanlo los no creyentes como una metáfora), pero lo cierto es que el Hijo nació en un establo, recibió el reconocimiento de unos pocos, le cayó encima la envidia de tantos y murió de muerte, digámoslo suave, no natural. En ese modo de tratar a lo más sagrado hemos sido concienzudamente aplicados a lo largo del año que ya queremos olvidar. Escampar rumores sin contrastar, criticar la acción política sin tener una alternativa concreta y factible que dar, aprovecharse de la fuerza que la ley pueda otorgar o del poder que el voto en su día pudiera haber concedido son otras tantas manifestaciones de la blasfemia contra Dios. No hace falta cometer un delito, ya que la ley tiene agujeros por los que su espíritu se escapa sin remedio; hace falta atentar contra lo sagrado, eso que cualquiera que no esté enajenado sabe en su fuero interno qué es.

Hemos dado en relativizarlo todo, y en consecuencia decimos que no hay una verdad, sino la verdad de cada cual, como si las dificultades en el camino negasen el destino, como si el hecho de que sea difícil encontrarla nos cargue de razones para decir que la verdad no existe. Hemos caído en la trampa ofrecida por el diablo en sus múltiples manifestaciones, de modo que la libertad, que sólo viene de la mano de la verdad, nos es negada. Y nos sometemos sin ningún tipo de pudor: se hace complicada la soledad, donde los remordimientos de lo no cumplido toman cuerpo; se hace complicado pedir perdón, porque ya no tenemos conciencia de la razón por la que deba pedirse; se hace aún más complicado abrir el corazón y abrazar al prójimo como lo que es, una parte de nosotros mismos, disfrazada de otro, dispuesta a luchar contra sí misma de forma absurda y obscena.

Oscuridad o luz, la decisión es nuestra

Con la Navidad vino el tiempo en que la luz ha de ir a más (era el solsticio de invierno), y en cambio nos envuelve tinieblas de creciente densidad. Así va a seguir siendo gracias a este empeño nuestro, suma de todos los pecados: la envidia del de al lado, la soberbia de creer que todo lo sabemos ya, la avaricia, la lujuria y la gula que nos inducen a hartarnos más allá de cualquier necesidad, la ira consuntiva con la que asesinamos las esperanzas de paz y esa pereza colosal que va demorando el momento de ponernos en marcha. ¿Cuánto más? Demasiado, porque no parece estar entre lo que deseamos. Ahora les abrazo de todo corazón, les doy las gracias por su tiempo en leerme, y les pido perdón por cuanto haya sido incapaz de hacer o decir sin hacer daño a lo largo del tiempo en que nos hemos escrito-leído. Que hayan tenido una Feliz Navidad, y que sea este un año de sabiduría y de compasión. Al menos ésos son los regalos que les pido a los magos.


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