Apaga y vámonos

La defensa de la 'infanta catalana'

Que la infanta Cristina era considerada en Cataluña “la nostra” hasta hace cuatro días no debería sorprender a nadie. Ni que lo fuera ni que de forma discreta y premurosa haya dejado de serlo. Aunque es su hermano Felipe quien ostenta el título de príncipe de Gerona, ella tuvo por decisión que algunos entendieron parte de su inteligencia natural, la mayor vinculación de la Familia Real con la patria de La Caixa, esa institución bancaria que tras varias fusiones con entidades menores de allende las fronteras, ya puede ahora afirmarse en un anuncio televisivo de decisivo mensaje, como “el mayor banco de España”. Un aviso a navegantes independentistas que tiene mayor calado que el de José María Lara y su amenaza de marcharse a Murcia o a Tegucigalpa en el caso de que Cataluña se desgaje de España.

Pero al asunto. Cristina era la “infanta catalana”. No era importante el sarao institucional o pseudoprivado, intelectual o frívolo, que en Cataluña no contase con el relumbrón de su presencia. A todas luces aparecía como la más lista, la más sencilla, la que mejor llevaba su doble condición de esposa y madre y lugar relevante en la línea sucesoria, la menos querida entre los respectivos favoritos de sus padres, pero la más apreciada por la gente. Más de uno debía de preguntarse en qué horario trabajaba para ganarse un sueldo que hemos sabido que no era menor, sobre todo porque podemos imaginar que no fichaba al entrar, como tampoco al salir, y nadie cuestionó jamás si junto al emolumento que se ganaba sin el sudor de su frente recibía otro con cargo a los presupuestos del Estado “por ser vos quien sois”.  

Todo parecía bien hasta que dejó de parecerlo por mor de esta crisis que galopa a lomos de internet y se fueron destapando pufos encadenados desde las lechugas que la mujer de Matas compraba con billetes de 200 euros hasta un duque consorte que resultó ser gafe. Recuerdo el tiempo en que supimos que la infanta y su marido habían comprado un piso cerca de la Facultad de Derecho en que tantos hemos estudiado; estaba frente a la sede central de la entidad donde cobraba la nómina, quizá por aquello de ahorrar en coches y seguridad, pero con más probabilidad porque la zona es de lujo. Luego llegó el palacete y la hipoteca con carencias de pago e interés cero impensables para cualquier mortal vulgar, pero nada de eso parecía levantar ampollas.

La infanta catalana quería ser una mujer (rica) cualquiera en una familia (rica) cualquiera. Pero no lo era, como tampoco su hermano, que a pesar de ello y con el beneplácito de la opinión pública y de su madre quiso “casarse por amor”. Quienes están sustraídos formalmente al principio de igualdad (la monarquía es precisamente antitética de la igualitaria democracia) no pueden responder como el resto de los mortales a sus pulsiones esenciales. Nadie niega que el corazón tenga razones que la razón no entiende, pero las razones de la institución se fueron por el agujero del fregadero el día en que impuso su criterio y se casó con quien le plugo. Es como cuando creen que pueden unos y otros dentro de la real familia, salir a cenar o de copas como si tal cosa a los mismos chiringuitos que frecuenta el resto. Pero no, porque la seguridad que debe concernirlos la pagamos entre todos, y como digo, mientras no hubo ruina, a pocos más que a los republicanos de siempre les importó demasiado, pero ahora… ¿Qué pasa ahora?

En este momento de penuria de todo se pretende sacar tajada, y así el enésimo chantaje (me dirán que merecido, pero ése es otro debate) que interesados y advenedizos hace planear sobre la corona ya no se ceba en su titular sino en el heredero, a través de las revelaciones que quiera hacernos un primo de Leticia Ortiz que (con amigos así ¿quién será el enemigo?) había sido incluso su abogado. No hablemos ahora de cómo está la ética en la profesión de letrado, ni la diligencia del correspondiente Colegio de Abogados en indagar si se ha infringido, porque la cuestión en lo esencial para la institución, es que al final no quedará en pie más que el príncipe, si algún otro listillo no tiene nada que airear sobre alguna etapa de su cada vez más lejana juventud.

Mientras tanto, aupado por la persona que es la imagen visible de La Caixa (el primer banco español) y por el empresario que se va de Cataluña si Catalunya hace mutis por el foro, Miquel Roca i Junyent emprende en Madrid su segunda operación reformista con la misma probabilidad de éxito que la primera, pues la tesitura es, como en el juego macabro, de susto o muerte: nadie creerá jamás que la infanta es inocente si no es condenada, ya que habrá sido (en teoría, porque no es un experto en derecho penal, de ahí la ayuda del bufete Silva-Molins)  defendida por quien presentó a Duran i Lleida en un almuerzo madrileño al que sí asistieron los destacados miembros del gobierno de España que desairaron en el mismo trance a Artur Mas; es el abogado escogido un egregio integrante del lobby “puente aéreo”, quien más que un práctico del derecho debe ser identificado como un expolítico capaz del mejor fair play en el tráfico de influencias. Pero aún será peor para la defendida (y para el letrado y su despacho desde un punto de vista profesional), si la condena acaba siendo una realidad tangible. No así para el rey, si consigue fraguarse la apariencia de que la infanta fue tan díscola como la Cataluña que la amparó, siguiendo erre que erre en sus negocios cuando ya la real mano le había tocado la cresta. ¿Y si renuncia la infanta y salvamos al rey? ¿Y si abdica el rey y salvamos al Príncipe?

A estas alturas del egregio marrón tenemos varios municipios que quieren prescindir del nombre de la real pareja de imputados en las placas de sus calles y plazas, e incluso Gerona debe estar pensando en cómo deshacerse de vinculaciones nobiliarias harto incómodas en el presente, mientras los críticos de la princesa divorciada, los denunciantes de la opacidad regia, los opositores a la forma de Estado hereditaria, los que critican al rey su traición a Franco y los que están hartos de recortar sus vidas mientras otros disimulan que tienen más que pesan se han puesto de acuerdo en una sola cosa: si tenemos un chivo expiatorio, y además es verosímil que merezca serlo, démosle cual psicodrama necesario, pues aunque salga el sol por Antequera y luzca mejor para unos instigadores que para otros, a lo mejor somos capaces de liberar los demonios que se nos están enquistando dentro, por no tener la suerte de ser gobernados con la misma convicción, autoestima y valentía que demostró tener Margaret Tatcher. 


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