Apaga y vámonos

El declive de una universidad que se empeñó en no serlo

Los recientes informes de la OCDE sobre la universidad española son demoledores y van en la línea de lo que ya conocemos y dolemos sobre cualquier otra actividad profesional, donde España se suele colocar en cabeza en cuanto al número de horas que está la gente pegada a la silla en el trabajo, pero, por ende, ocupa los últimos lugares del escalafón en lo que se refiere a la productividad. O sea que, en general, muchas nueces pero poco ruido, también en la universidad, justo al contrario de lo que parecía querer decir la expresión popular, porque la producción científica ha aumentado de forma exponencial, pero el liderazgo en la producción ha disminuido. Los datos, aun siendo demoledores, tienen unas implicaciones de mucha mayor gravedad que el simple hecho numérico.

¿Cómo se mide el liderazgo en la producción científica? Para la OCDE, y habremos de reconocer que cuanto menos se trata de parámetros objetivos, el liderazgo se mide de dos modos: por una parte, el orden, que en este caso sí altera el producto, de los autores de la unidad productiva: artículo, patente, congreso o seminario, el primero de los autores tal y como aparecen ordenados en la explicitación de los que lo son, ya que nunca se respeta la ordenación alfabética, es el que se lleva el agua a su molino.

Desde esa perspectiva, la producción científica en la que aparecen los investigadores españoles se encuentra en muchos casos acoplada a, disimulada entre, e incluso podríamos decir que aupada por el investigador relevante de turno, que no suele ser de aquí y que hace el favor a sus colegas de llevarlos en la alforja. A este séquito español (y otros) que le crece a los lomos al investigador puntero de allende las fronteras, ha contribuido la quizás bienintencionada ultra valoración de la producción científica llevada a cabo en comandita: entre la ingente masa de quienes desesperadamente intentan acreditarse, las posibilidades de publicar en algo con cara y ojos a los efectos de las agencias evaluadoras son inversamente proporcionales a la depauperación de la economía: más crisis, menos instrumentos a disposición; menos revistas, más desesperación publicacionil.

Si se añade la recomendación de que se hagan “en equipo”, y aunque en ese grupo pueda suceder que el que más trabaje sea el que menos laureles se lleve, el resultado es una legión de investigadores con múltiples productos, en los que no son el primer autor, lo que, en términos matemáticos, es un primer dato para el declive universitario español en el liderazgo.

El segundo factor de relevancia tenido en consideración por la OCDE para medir el liderazgo en la universidad es el índice de impacto de cada producto científico, esto es, cuántas veces es citado por un ajeno el producto científico en cuestión. Aquí también nos dan sopa con hondas, aunque hay que reconocer que en ello tiene mucho que ver haber pretendido, a partir del Espacio Europeo de Educación Superior, poner orden a los desmanes del profesorado de la universidad pública, reducido a condición de meros funcionarios de una de las actividades con menor control de presencialidad y cumplimiento de las mínimas obligaciones, dividido en camarillas, formado por familias donde poner un pie en la equivocada representa ser lanzado por los siglos al vacío sideral de no pertenecer a ninguna.

El acuerdo de Bolonia sobre el tema quiso poner coto a los desmanes, que siempre eran un agravio comparativo para quien cumplía, pero se pasó de frenada; quiso importar para la universidad española un modelo que sólo tiene sentido en el ámbito anglosajón y controlar el número y grado de consistencia de las aportaciones de cada unidad productiva, véase docente. El grado de consistencia debía ser el impacto. Por poner un ejemplo, y con todo el respeto por la persona, pues no está en mi ánimo poner nombres al desaguisado: ¿cómo puede reincorporarse a su plaza de profesor de Química un Rubalcba que ya no debe de recordar ni la tabla periódica de los elementos? A su edad ¿se va a poder reciclar? ¿Qué impactos se le van a poder pedir? Y si no los cumple, ¿se le va a poder expulsar? Lo mismo podría decirse para física nuclear de Vidal Cuadras, o para el Derecho de Chacón.

Dejemos a un lado en este drama que encima España metió la pata apostando por el esquema de cuatro años para el grado (la titulación) y uno para el Máster, mientras la mayoría de Europa entendía con mejor criterio que, si el grado se había convertido en un apéndice del bachillerato, mejor hacerlo breve y generalista, y apostar por la especialización en aquello que lo requiere. Pero no, aquí erre que erre con el 4+1 y una pléyade de grados supuestamente decididos en razón de un mercado de trabajo que nunca antes fue más volátil y voluble, de modo que quien empieza un grado de algo no puede saber a ciencia cierta, salvo en lo que siempre fue fundamental, si ese algo subsistirá como tal cuando acabe.

En esas estaba todo cuando llegamos a lo del impacto. Con la pretensión de acotar al inútil se puso en marcha un sistema que sólo tiene un seguro ganador: el listo; no el sabio, ni el transmisor de conocimiento, ni el buen docente, ni la persona de principios, ni el vocacional, ni siquiera el cumplidor. Ni que decir tiene que también se pueden colar sabios, humanistas, y maestros en los índices de impacto, pero permítanme que dude que puedan llegar a liderar los escalafones de hoy. El único seguro ganador en la carrera del impacto es el listo; en un jardín que es propio de las ciencias puras, donde cada cuarto de hora hay un dato que puede ser relevante en un artículo aunque sólo tenga dos hojas, se metieron las ciencias sociales en general, e incluso disciplinas tan locales y contingentes al albur del legislador como el Derecho, y sólo podían tener un resultado, la victoria del listo.

Los más listos supieron que tenían que inventarse el impacto y de ese modo se ponen en marcha revistas cuyo único objetivo consiste en que sus miembros se impacten mutuamente, tenga o no relevancia lo que han dicho, convirtiéndose la academia en un cúmulo de refritos, que, con honrosas excepciones, no aportan avance alguno a la materia en cuestión. Pero como eso en ciencias sociales no es muy medible (no inventan vacunas, y lo que se diga sobre algo está al albur de las circunstancias políticas, que lo están a su vez de las legales), puede incluso elaborarse un excelente currículo local con inducción amical de impactos. Sin embargo, al final, como ha sucedido con el informe de la OCDE, es que se les ve el plumero, porque es un bucle auto referenciado en el que la academia internacional verdadera no entra prácticamente nunca.

Si a esa listeza, sumamos el recorte de fondos a la investigación que recordaba Barbacid hace poco en su lección de investidura como Honoris Causa, el panorama universitario, multiplicado hasta la extremaunción para saciar la soberbia provinciana, los intereses políticos o ambas cosas, sin que tras la creación de la mayoría de los centros haya un verdadero objetivo más allá de colocar la universidad junto al domicilio de sus alumnos, se ha visto sometida a un proceso paulatino de degeneración de los nobles objetivos para los que fue creada, adocenando su misión, cambiando el criterio de conocimiento del docente por uno de servicio público al discente que ha hecho que éste crea que tiene derecho a que le paguen la carrera universitaria aunque sea un vago, o simplemente eso no sea lo suyo, y, en definitiva, perdiendo de vista su razón fundamental entre estudios sobre el mercado e integración de títulos que cualquier mente sobria entendería más propios de la formación profesional, esa que siempre ha sido la hermana pobre del conocimiento, pero que a la chita callando está teniendo mayor índice de inserción laboral que los titulados universitarios.

Y es que estamos en lo de siempre: decimos que tenemos la generación mejor preparada de la historia, pero si un licenciado nuestro pierde frente a un adolescente japonés, o aquél es un marciano, o por aquí lo hemos hecho fatal. Asumo la parte de culpa que me corresponde; la capacidad de resistirse al embate de la mediocridad generalizada es en cualquier persona limitada; cuando empiezan a ostentar cargos de relevancia en este microcosmos personas cuyo nivel cultural (véase, conocimiento de la más elemental gramática, de los hechos históricos más relevantes, o de las capitales de los principales países va parejo a su conocimiento del arte o de las matemáticas y) tiende a cero y cuando la ideología domina el saber hasta hacer de algunos profesores líderes claros de una izquierda infantiloide y banal, y encima se barrunta que pueden incluso llegar a ser opción de gobierno, le da a una por pensar que le sucederá a la universidad lo que a Gaia, que como dirían los que entienden de verdad de ecología, y no hace falta tirarse de los pelos, ya no se arregla ni aunque lo quisiéramos solucionar con todas nuestras fuerzas. Pese a todo lo cual, sigo pensando que hay esperanza.


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