Apaga y vámonos

Los tres datos relevantes en las elecciones europeas

Ni que decir tiene que repetir el mantra de la abstención está fuera de lugar. Una abstención rondando el cincuenta por ciento del censo electoral es estructural en las elecciones europeas. Hay una mitad de la población llamada a participar que, por razones que pueden ser múltiples pero que conducen al mismo sitio, no se acerca a la urna. Quizás todo cambiase si, como ocurre en Italia para quien quiera después poder acceder a la función pública, el voto fuese no sólo un derecho si no también una obligación en la que el descontento, la desidia, el castigo o la nada se vieran reflejados de forma masiva en el voto blanco, en el voto nulo o en las opciones políticamente esperpénticas. Pero no es así, por lo que dejemos el silencio en su medida; silencio es.

Dicho eso, centrémonos en el resultado que dibujamos quienes sí acudimos a votar, por unas razones o por otras, con la nariz más o menos tapada, con mayor o menor dosis de esperanza. En ese resultado hay tres cuestiones objetivamente relevantes, más allá del gastado argumento de la crisis que sufre el bipartidismo; un dato este último que, teniendo en cuenta la naturaleza de estas elecciones y el escaso valor que los ciudadanos conceden a la incidencia que pueda tener Europa sobre sus vidas, en absoluto es extrapolable a otros comicios electorales en todos sus términos. Sin embargo, sí se han producido el pasado 25 de mayo tres hechos relevantes, que están ahí para quedarse y ante los que los gobernantes no pueden seguir mirando hacia otro lado, porque a ellos les va el mantenimiento de su statu quo, y a los demás, la paz social.

Yendo de lo particular a lo general, la cuestión catalana ocupa un espacio enorme en los resultados producidos en Cataluña: aunque a quien le tenga ganas al president Mas le interese poner el foco sobre el “sorpasso” de ERC, lo cierto es que lo relevante se encuentra en el aumento en diez puntos de la participación, pues de ese modo Cataluña pasa de ser la más euroescéptica a una de las menos, y consigue que España no quede retratada en su pasotismo respecto a Europa, pues mitiga la abstención general. Los diez puntos de más, no se engañe nadie y sobre todo el presidente Rajoy, tienen un mensaje muy potente, paralelo al ya reflejado por las decisiones tomadas previamente en el Parlament, y abocan a la necesidad política de consultar la ciudadanía catalana sobre cuál sea su grado de compromiso en el proyecto común español; el argumento racional sobre la ley escrita, los pactos previos o los límites constitucionales no han servido más que para compactar y visualizar el modo en que son preferidos los partidos que apoyan la consulta, relegando a la cuarta y quinta posición a los que de forma implícita o explícita niegan la posibilidad. Dirán que es el efecto del lavado de cerebros, pero incluso en la clandestinidad del voto, la “mayoría silenciosa” sigue en sus trece de callar, y si el resultado les sirve a quienes mandan, Cañete en primer lugar, para coger sin vergüenza alguna su billete con destino a sentar las posaderas en el Parlamento europeo, deberán aceptar que quienes votaron para ese Parlamento lo han hecho mayoritariamente en Cataluña en el sentido de dejar bien claro que también quieren votar otras cosas.

Las otras dos cuestiones relevantes en estas elecciones europeas van de la mano, porque son las dos alternativas a las que la gente ha echado mano para paliar su desesperación, su descontento, su desconfianza en la Europa que nadie había pensado en sus orígenes y que ha acabado siendo gracias a nuestra dejación de funciones y al empuje del dinero, esa cara del diablo por la que vendemos el alma en mayor o menor medida. Decía Goethe que, si tenía que elegir, prefería un orden injusto a una justicia desordenada, porque en aquél puede haber un atisbo de equilibrio, mientras que en ésta cualquier intención queda barrida por la dinámica de los hechos. Pues bien, justicia u orden han sido las demandas más novedosas en de España y en Europa, respectivamente.

Se advierte en España, como viene reiterándose en su historia desde la noche de los tiempos de la revolución industrial, una insensata, rabiosa y romántica voluntad de acabar con la injusticia a través de una violencia que se justifica en la que de forma sibilina inocula el sistema en la vida de la gente. Violencia contra violencia y a la conquista de la justicia, sería el lema; es un discurso fácil de hacer, mucho más fácil de comprar, difícil de ejecutar: sus valedores, ahora simbolizados en la gran sorpresa de la noche electoral, el partido Podemos, son en su mayoría intelectuales; como casi siempre en las revoluciones, ellos teorizan desde el salón y luego la gente se parte la cara en la calle, aunque en el presente tal vez alguno de los pensadores se les una en el momento de la reyerta, si hay una cámara delante; el resto del tiempo seguirán teorizando en la cafetería de la Facultad, con palabras altisonantes, como las que utilizaba aquella rica guapa del libro de Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa, espatando a ese “Pijoaparte” que ha sido desde siempre la carne de cañón ingenua e ignorante con la que escribir las páginas más relevantes de los movimientos sociales; hablo de ello con conocimiento de causa, porque lo he vivido, e incluso creí en ello; y de aquel tiempo me queda el convencimiento, nunca defraudado, de que la idea acaba transformándose en cosa, y que por esa razón nos dice el sabio que hay que tener cuidado con lo que se desea, porque con alta probabilidad se cumple.

La solución de la izquierda radical es tan española como la opción europea por el orden se ha hecho patente en Francia. Apenas ha pasado medio siglo desde que un quítame allá ese partido nacionalsocialista alemán (con su Francia de régimen colaboracionista simbolizado en Vichy) concitase las esperanzas de recuperación del alicaído pueblo alemán alrededor de una idea bifronte (una esperanza orgullosa de futuro y un culpable racial para el presente), y de nuevo existe en Alemania quien tontea con su sombra terrible y en Francia están dispuestos a abrazar a la nueva matrona de la República al grito de “¡Por Francia!”. ¿De qué habríamos de quejarnos? Entre los integrantes de Podemos Jorge Vestrynge tiene escrito que la solución para Europa es el proteccionismo; ¿por qué no podría decir Marine Le Pen que esa solución sólo cabe mirarla desde el punto de vista de cada lugar concreto y que el lugar concreto desde el que ella quiere mirar es esa Francia que ha olvidado el muchísimo dinero europeo que ha recibido durante décadas de Unión Europea no cuestionada en materia agrícola?

Dice la neurociencia que nuestras decisiones están tomadas antes de que las justifiquemos racionalmente. Este aserto vale para todo lo dicho hasta aquí, incluso para lo que ahora escribo. Y la libertad radica en la capacidad de mediar conscientemente entre ambas cosas. En Cataluña, en España, en Europa, se acercan tiempos en los que se hará muy necesario distinguir entre todo ello, porque el compacto movimiento proconsulta en Cataluña, el artificio Podemos en España y el nuevo orden nacional y eurófobo en Europa han venido para quedarse, son síntomas de malestares y sólo con serenidad, buen gobierno y entereza moral seremos capaces de orientarlos en la buena dirección, de aplicarlos con sentido, de extraer de ellos una lección política.


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