Apaga y vámonos

Una consulta legal… ¿qué significa?

El debate de los debates no cesa en Cataluña durante este mes de agosto. La semana pasada, y aún colea, se centraba en la polémica sobre la necesidad de que la consulta convocada para el día 9 de noviembre sea legal.

Que lo diga la vicepresidenta del gobierno catalán, Joana Ortega, nada añade a lo que ya sabíamos: no ha dicho más que una obviedad, tantas veces reiterada por el president Mas como no podía ser de otro modo: la consulta se hará bajo los parámetros de la legalidad. Pero  la polémica se ha iniciado justo en el momento en que, extrayendo conclusiones de sus palabras, otros se han lanzado a decir que la consulta habrá de celebrarse igual, sea o no legal, porque lo quiere el pueblo. Y sobre esta diferencia hay que reflexionar desde la perspectiva jurídica.

Reforzar la figura del president en esta tesitura no es otra cosa que un ejercicio de realismo, máxime en un panorama político general que ha demostrado a las claras lo que algunos decíamos ya hace varios años

He dicho y reitero que las revoluciones instituyen nuevos órdenes jurídicos; si no lo consiguen, son simples revueltas y el orden vigente se encarga de castigar a los sediciosos. Los críticos de lo que ahora acontece en Cataluña se aprestan a recordar que la diferencia entre otros tiempos y éstos es justamente la ley democráticamente establecida, es decir, un orden legítimo que establece las reglas del juego que deben seguirse incluso para cambiar las propias reglas del juego. El hecho de que aquí se hable de la necesidad de respetar la legalidad implica de algún modo la voluntad de presentar al mundo el proceso de la consulta de modo que sus resultados puedan ser tenidos en cuenta, validados, justamente por haber seguido las reglas del juego. Pero la cuestión que se plantea en la consulta coloca la posibilidad de jugar en el límite del campo de juego: habida cuenta de que la pregunta gira, de modo más o menos claro, en torno a la eventual independencia de Cataluña, muchos de los que podrían estar de acuerdo en preguntar se alinean con los que de plano niegan la posibilidad de plantearse nada, mientras que en el otro lado del espectro político ante tal negativa (cuanto peor, mejor) se construye de forma cada vez más beligerante la opción “no pasarán” que reclama la consulta a cualquier precio, con o sin ley, por la pura fuerza de las masas.

Reforzar la figura del president en esta tesitura no es otra cosa que un ejercicio de realismo, máxime en un panorama político general que ha demostrado a las claras lo que algunos decíamos ya hace varios años. Es cierto que sin el president, resumen del relato interior que ha llevado a cabo mucha gente en Cataluña en los últimos años, el proceso carecería de verosimilitud, es justamente el hecho de que un partido tradicionalmente pactista se haya implicado en el proceso lo que lo ha dotado de seriedad, y lo ha convertido en objeto del interés internacional. Pero también lo es que los problemas que han sumido a la formación que lidera en estado de shock durante este último mes (para ir rápidos el “Pujolgate”) han puesto sobre la mesa algo que también me permitirán referir como la “marbellización” de la política española: ¿todo el mundo sabía lo de Pujol y sus valedores? Pues en ese todo el mundo, que evidentemente se refiere al que era alguien o tenía algún tipo de responsabilidad en la política, en la economía, en la sociedad en general, en ese “todo el mundo” hay que incluir también a cuantos callaron, no indagaron, no investigaron, no persiguieron, no acusaron y en definitiva no enjuiciaron. Cuando ahora el PP pide cuentas a los partidos políticos catalanes, se olvida de que una entre los suyos (y por tanto ellos, no me cabe duda) lo sabían al menos desde hace cuatro años. ¿O es que cuando Sánchez Camacho escuchó a Álvarez en la famosa comida hablar de los sacos de billetes arriba y abajo las fronteras se lo tomó como secreto de confesión para llevarse a la tumba?

Nada se dijo, nada se creía trascendente para acabar con el gran negocio que para muchos era transitar entre la política y la economía, entre el poder de este o aquel signo

Si todos lo sabían y todos callaron, políticos con algo que ganar o que perder, jueces, fiscales, empresarios paganos, fundaciones beneficiadas, parientes sufragados, coronas hoy en tela de juicio, ¿a qué rasgarse ahora las vestiduras por el hecho de si la consulta será legal o no? Sólo cambian la luz y los taquígrafos, absolutamente imprescindibles para que el resultado pueda tener, si es que gana el sí, efectos jurídicos por la fuerza de los hechos consumados. Por eso tanto gesto escandalizado. Mientras la acción y la omisión fueron minando los fundamentos de la estructura común por efectos de los intereses de la inmediatez (PP y PSOE, igual que cualquier otro en su lugar, pactando con el corrupto, a cambio de sus votos, hablando catalán en la intimidad aunque fuera intentando soslayar el vómito) nada se dijo, nada se creía trascendente para acabar con el gran negocio que para muchos era transitar entre la política y la economía, entre el poder de este o aquel signo.

Pero ahora hay que poner pose ofendida y denigrar que la gente haya tomado caminos poco recomendables: unos creen que todo se solucionará no pagando lo que se debe y desposeyendo a los ricos para dárselo a los pobres siquiera sea (Iglesias dixit) con una cierta violencia; otros han creído que la oportunidad puede ser un Estado independiente. Pero para una gran mayoría la cuestión es ¿cómo va a oponerse un Estado en putrefacción palmaria a las ganas de la gente de hacer algo que no es delito?

Porque la pregunta es qué significa la legalidad exigida a la consulta. Si el Parlament catalán aprueba en septiembre una ley de consultas, y a su amparo convoca una, quizás no sea constitucional la ley (y visto el crédito que a día de hoy reviste el Tribunal Constitucional, ya veremos cuantos respetarán lo que al respecto diga), pero desde luego la consulta será legal. Al final, se ha demostrado que la legalidad puede ser formalmente un referente, pero cuando durante años a su amparo, unos y otros aquí y allá han hecho de su capa un sayo, pues eso, que nadie se extrañe que ahora proliferen los que han decidido acudir al mismo sastre…


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