Apaga y vámonos

Sin complejos

La última encuesta del CEO, que como dice Joan Coscubiela no hay que leer como si fuera la Biblia, permite despejar algunas incógnitas que se han cernido durante largo tiempo sobre el panorama político catalán y que, en consecuencia, interesan a toda España. El CIS catalán confirma la tendencia ascendente de los partidos que se sitúan en la radicalidad, entendiendo por tal la posición extrema que adoptan en el tema de la consulta sobre la independencia, ya que, le guste a quien le guste, es ese tema el que ocupa de forma casi absoluta la agenda política en Cataluña. Más aún, es justamente el hecho de dedicarse un minuto a cualquier otra cuestión lo que está menguando a los partidos de la centralidad, rebajando puntos de share a la audiencia de los programas de debate en Cataluña y haciendo bascular el electorado hacia esos partidos que se ubican cómodamente en los bordes del sistema y en una caza de votos y afiliados como no pudieron soñar hace apenas unos años.

Sepamos para empezar que, salvando el error que la misma encuesta advierte, más de la mitad de los que responden se declaran favorables a la independencia. Ello no significa que casi la mitad se declaren favorables a la unión, que quede claro, pero sí avanza esa respuesta a una pregunta binaria (independencia ¿sí o no?) lo que después en esa misma encuesta nos van a detallar las intenciones de voto respecto de los partidos. Aunque parece que baja unas décimas desde el último barómetro (¿se contarán ahí los que creen que ya hemos salido de la crisis?), hay que reconocerle a los datos el peso de su enormidad: de cada cien personas catalanas, 55 no quieren ser españolas. ¿Y esto al presidente del Gobierno de España le importa tan poco como para cerrarse en banda a hablar del tema? ¿Y ante esto los que lo critican se contentan con decir que no debería estar ocurriendo o con señalar al eventual culpable?

Trasladando la cuestión al terreno de los partidos políticos, es obvio que cuando formaciones como Ciutadans (o el propio PP, al que ése “roba” uno de cada tres votantes) critican al Gobierno catalán por girar en exclusiva en torno a este tema, se saben perfectamente dos cosas: sin ese debate esos partidos no existirían (o serían testimoniales) y, en consecuencia, son ellos tanto como sus antítesis (ERC y CUP) quienes tienen mayor interés en que el tema sea sólo ese. En suma, para los partidos radicalizados en torno a la cuestión, la cuestión es su oxígeno… y el anhídrido carbónico que está matando a los demás.

Hablemos, pues, del anhídrido: quizás lo más curioso de la última encuesta del CEO es el lugar hacia dónde fugan los votos que pierden PSC y PP en su caída libre. Esos dos partidos, que a los ojos de la gente representan las sucursales de los dos grandes partidos estatales, ven huir sus votantes en direcciones bien distintas: la fuga mayoritaria del PSC se produce hacia ERC y la del PP, hacia Ciutadans. Las conclusiones que se desprenden de tal situación son importantes.

Ciutadans ha estado haciendo todo lo posible para librarse del cartel de partido de derechas, recordando el precio que pagó, con la salida de José Domingo (hoy Impulso Ciudadano) y de Antonio Robles (efímeramente UPyD), por causa de su periplo europeo de la mano de la formación ultraconservadora Libertas: ha afiliado a socialistas históricos; tiene (y exhibe) un mentor, el colega y amigo Francesc de Carreras, que en la transición giraba en la órbita del PCE; y evita en la medida de lo posible posicionarse en temas que harían vomitar ideológicamente a la mayoría de los que desde la izquierda se han incorporado al proyecto: el derecho a la vida, la política fiscal, el feminismo combativo o la libertad de empresa. Su tema es, junto a una apuesta vaga por la regeneración política, la defensa de la nación española. Y por España suman seguidores en el ámbito mediático español de izquierda y de derecha, pues a todos une su claro antinacionalismo catalán; pero suman también a un buen montón de votantes del PP catalán que no comulgan con el discontinuo compadreo de la formación con CiU y que tienen memoria de que el mismo Aznar, ahora tan crítico, hablaba catalán en la intimidad hace sólo unos años. Además, su discurso tiene resabios falangistas (“no somos ni rojos ni azules” han dicho anteayer), y eso a ciertos sectores añorantes de otros tiempos, aunque consideren a Franco un traidor de la causa joseantoniana, les hace un comprensible tilín, pues los ha sacado del ostracismo parlamentario.

Por su parte, el PSC, que se orienta a partir del congreso del año 1994 por y hacia su electorado del Baix Llobregat, se despega de esa querencia entre Maragall y Montilla, pero acaba sangrando por la herida de su éxito fulgurante: a diferencia de Ciutadans, el PSC no sólo tiene una historia plagada de éxitos entre los que no es menor haber colocado a dos de sus dirigentes en la presidencia de la Generalitat; es que además suyo es el honor de haber protagonizado la integración de las oleadas de inmigración que llegaron a Cataluña en los años veinte (la de mis abuelos) y en los años sesenta. Fue ése y no otro el partido que lleva a cabo tal hazaña, pero lo consigue hasta tal punto que, a diferencia de los hijos de los militantes del PP (que se afilian en Nuevas Generaciones o, avergonzados de ser tildados de derechistas, lo hacen en Ciutadans), sus hijos ya son plenamente partícipes de la catalanidad; no sólo hablan el catalán, sino que militan en las opciones de izquierdas que se alejen lo más posible de Carme(n) Chacón, a pesar de la paradoja de que con ella lleguen a su mayor representación en las Cortes. Sólo así puede entenderse aquel Joaquín al que dedicaba hace unos meses un post (el padre independentista de Pere Navarro) y un hecho mucho más contundente y anónimo (lo digo por los que entonces me argumentaban en sus comentarios que Joaquín era sólo un converso estómago agradecido al nacionalismo), cuando se les pregunta a los ayer votantes socialistas a quién votarían mañana, muchos responden que a ERC.

Y llegados a este punto aparecerán los que hablen de una población enferma. Cuando un individuo aislado discrepa de lo que pensamos, lo podemos tildar de extravagante. Cuando son muchos los discrepantes, sólo nos queda el remedio de decir que están colectivamente enfermos. Sí, se suele decir que Cataluña está enferma, aunque los más benevolentes la excusen de culpa por entender que esto no es más que el producto de años y años de adoctrinamiento. Pero quienes lo dicen no recuerdan que todo sistema político que pretenda su supervivencia intenta “vender” su propia visión del mundo, la cuestión es si lo hace con la fuerza de los votos y sin violar derechos fundamentales; y desde luego no se preguntan cómo se ha producido todo eso, si salíamos, desnudos de ideas y de libertad, de la larga noche franquista, todos por igual en toda España sin que en toda España haya fraguado esa voluntad de separarse como lo ha hecho aquí.

Esa clara tendencia a la secesión que ha emprendido la mayoría de la opinión pública y de las personas políticamente activas en Cataluña no sólo perjudica al proyecto español; también a los partidos que dentro de Cataluña han pretendido navegar en aguas de  la moderación, como lo es el PSC y como no sé si lo sigue siendo CiU. Ahora el electorado que se posiciona (siempre queda un limbo ciudadano que no está dispuesto a liderar su futuro, quizás porque no lo ve) lo hace de forma tensa hacia un lado o hacia el diametralmente opuesto. Pide a los partidos a los que vota que hablen, como se dice ahora entre los jaleadores, “sin complejos”. Su problema, y el nuestro, es que juegan a esa carta en blanco y negro una gobernabilidad que siempre ha sido, y suele convenir que sea, de color gris. Pero ya hemos dicho, y no parece que la historia nos desmienta, que no es éste el tiempo del matiz.


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