Apaga y vámonos

Esos candidatos europeos vistos desde Cataluña

Hablábamos la semana pasada de lo que Europa significa en el presente de sus ciudadanos: una realidad lejana desde el punto de vista de su reconocimiento como estructura soberana, una conjunción poco armoniosa de Estados que siguen pugnando por sus particulares intereses, de modo que la libertad de voto de sus eurodiputados no sea entendible como el resultado de una mayor libertad y dignificación del diputado, sino como el reconocimiento de que cuando hay que pensar las políticas europeas, tiene más sentido pensar el de dónde vienen que la ideología de lo que se decide. Por esa razón tiene tan poco sentido un debate entre candidatos a la presidencia de la Comisión Europea, dando por sentado que el grupo con mayor número de adeptos debería ser el que lo consiguiera, pues nada obsta para que un liberal pudiera votar a un socialdemócrata, si territorialmente les pudiera convenir aunarse.

Por esa misma razón los enfrentamientos, sobre todo los televisivos, entre los candidatos españoles a las elecciones europarlamentarias tiene en su clave interna el único aliciente inteligible para el votante. Nadie aquí puede pensar en clave de eurogrupo, visto que como tal no existe. Todo el mundo piensa, si es que piensa, en los candidatos de PP, PSOE, etc. para lo que ello pueda significar en el futuro de España o de sus unidades interiores. Visto desde Cataluña, el silencio sobre el tema territorial en el bebate Valenciano-Cañete, aliñado interesadamente de exabruptos y respuestas a los exabruptos (¿se dan cuenta de que con ello parece que nadie más existiera?), se convierte en un grito altisonante al ser contrastado con la presencia del tema en el debate entre los candidatos a la Presidencia del Parlamento. El tema existe ¿y sus máximos responsables en los partidos españoles lo obvian?; quizás porque, como con puntada hilada dijo González, están pensando en concentrarse para afrontarlo tras el 25 de mayo; quizás porque han creído que no hablando de ello, cual Mafalda de medio pelo, pueden hacer ver que el problema no existe; lástima que los otros sí hablaran y que ellos mismos lo hayan vuelto a hacer en cuanto se alejaron del plató de TVE.

El tema existe, y por ello el objetivo fundamental de los partidos que niegan la posibilidad de que en Cataluña pueda llegar a realizarse una consulta, del tipo que sea, sobre lo que sus ciudadanos sienten y quieren que sea el futuro político de esa comunidad, es abatir al President. Artur Mas es, como no puede ser de otro modo, el símbolo de la debacle del sistema autonómico. Nada puede esperarse de los partidos que siempre fueron independentistas: en ERC el objetivo en la votación es constatar un sueño, cuya forma pergeñan a cada paso con una visceralidad poco armoniosa con el modo de ser del perfil catalán mayoritario. Tampoco cabe cifrar la esperanza en el partido, el PSC, que a un tiempo defiende y niega la mayor, arguyendo una letra de la ley en la que no creyeron hasta el momento en que vieron peligrar su propio statu quo; y por supuesto ya están de su parte los populares de ayer (PP) y de hoy (C’s), que han venido negando la posibilidad de que se celebre, aunque entre sus votantes haya muchos partidarios de que la consulta se realice. Por supuesto, para todos ellos y para el sistema político que gravita sobre la capital de España sólo hay una pieza que hace verosímil todo el proceso, que ha puesto la cara (ya da igual si tenía o no otro remedio), que sigue alzando la barbilla a costa de que se la partan (quizá pensando que esa pueda ser su redención y la de todo) y que ha cambiado para siempre el sentido político de la formación a la que pertenece. La pieza a abatir se llama Artur Mas, lo quiera él, o no, lo quieran los demás, o no. Y para él y para quienes se le oponen no parece haber marcha atrás, por lo que las elecciones europeas se leerán necesariamente en esa clave, y por este orden con las siguientes implicaciones:

En primer lugar, el grado de participación general; la de quienes dicen que el eje el debate es la consulta y la de quienes lo niegan, porque para negarlo y hacerle una brecha al discurso del President, deben acudir a las urnas y votar en contra. Así, una apuesta por la participación, si acaba siendo una evidente distancia entre la participación catalana y la que se produzca en el resto de España, diría al mundo que Cataluña sí cree en Europa y que dirige a Europa su hecho diferencial. Quien defienda a Mas irá a votar; y quien vaya contra él y contra lo que simboliza, también. No hay en eso más escapatoria que predicar y ejercer la abstención, lo que tal vez sea fácil en Burgos, viendo los candidatos y sus “performances”, pero en Cataluña sólo dejará fuera de la contienda a quien el debate sobre la consulta, y todo lo demás, le sea indiferente.

En segundo lugar, se va medir el apoyo a las candidaturas que están a favor de que en Cataluña se pueda celebrar la consulta. Decía el otro día Allen Buchanan al preguntársele en una entrevista sobre este tema, que no puede entenderse razonable que en el Estado de Derecho la democracia suponga que las naciones puedan decidir sobre su futuro al margen de las estructuras políticas a las que pertenecen, excepto en los casos, que no creía demostrados para España, que supusieran violencia o injusticia sobre los que de ese modo quisieran manifestarse. Pues bien, la realidad política se demuestra andando, y aunque comparto el punto de partida del profesor Buchanan, lo cierto es que los parámetros de excepcionalidad de ese “pacto político” subyacente parecen haberse quebrado ya para la actualidad española. En ese contexto, que muchos de quienes estén leyendo esto puede negar en línea de principio, una clara mayoría de votos catalanes en favor de los partidos que se han manifestado beligerantemente favorables a la consulta sería una prueba del algodón más centrada incluso que la de una alta participación catalana, porque la lectura sería: el tema existe y en el tema la mayoría quiere votar qué ser.

Pero en tercer lugar, y para el supuesto harto probable de que las dos condiciones anteriores se produzcan, queda saber si el poder político español va a conseguir el objetivo fundamental, el más importante, el único simbólicamente consistente para parar “el desatino”, que es abatir a la persona a la que consideran directamente responsable; de hecho han venido diciendo durante meses que todo esto no es más que la estrategia de un político acabado para salvar la piel, huir hacia adelante y disimular su incapacidad para dar soluciones a la crisis. Abatir a Mas es, por tanto y en su reflexión, muchas cosas a la vez: la posibilidad de reconducir la ahora díscola CiU al redil del que nunca debió salir, el escarnio directo al loco que ha embarcado la formación (“contra su voluntad”, dicen) en el desaguisado; y, en última instancia, un toque de atención a “estos catalanes” que de tanto en tanto olvidan el seny para abrazar la rauxa.

De ese modo, y por todo ello, el grado de apoyo a Ramón Tremosa y sus compañeros en la Coalición por Europa es el apoyo al President de la Generalitat. Cualquiera que lo piense dos veces, aun tentado de no acudir a las urnas porque la Unión todavía no merece tanto crédito, porque los partidos siguen, como siempre, anclados en sus cosas, porque CiU ha truncado en ocasiones su confianza después de tantos bandazos como ha dado en su historia, que recuerde en qué candidato de entre los que se presenta se simbolizan a la vez perfil profesional, experiencia europarlamentaria, un perfil liberal y la representación de un partido que esa su vez símbolo del gobierno catalán y de la figura que lo encarna, su Presidente. Y luego, que vaya a votar, si cree que vale la pena.


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