Apaga y vámonos

Para que nada cambie

Sobre la transición española van añadiéndose, a los escasos volúmenes de antaño, obras recientes y más numerosas con valoraciones bien distintas de la que conocíamos quienes vivimos aquellos días desde la distancia de casi todo lo externo que confiere la adolescencia. Nadie hace la descripción del periodo si no es desde su perspectiva, más o menos desdeñosa con la ideología que no comparte, pero todos los estudios recientes coinciden en ser sobre todo despreciativos de ese hacer “chaqueteril” que ha acompañado a algunos de los grandes nombres de la política y, del mismo modo, con algunos de los grandes nombres del periodismo. Recordar el color azul de las chaquetas de los hoy superdemócratas es un guiño de revancha a quienes durante el franquismo se dedicaron a indagar en los orígenes rojeriles (reales o inventados) de sus vecinos, muchas veces venganza por algo que a la inversa hubieran hecho los denunciados durante la etapa republicana. Nada ha cambiado en ese sentido, de cualquiera podemos encontrar pasado en la hemeroteca y no tenerlo no significa mayor limpieza, sino la mera insulsez de la falta de compromiso.

El “chaqueterismo” es el método. Lo es al menos entre la opinión pública dominante, pero esa realidad de camaleónico camuflaje es humana y, por tanto, nada distinta de la que se puede observar entre las clases más populares. Una población sociológicamente franquista a finales de los sesenta, tan contenta en ese no votar porque lo estaba, y mucho, con los plazos del frigorífico, el apartamento playero y el coche que les catapultaba a la clase media, se convirtió, por el birlibirloque de quince años, en profunda y entrañablemente socialista. Siempre lo fuimos, decían, sin añadir que, si fue cierto, habían callado casi todos durante décadas por el nada banal motivo de seguir viviendo. Para que nadie crea que tiro a dar fuera del blanco empezaré poniendo de ejemplo parte de mi propia familia, también a ellos les vi de pronto, justo cuando empezaba el destape e Interviú se encargaba de hacerlo con mujeres y con los silencios más ominosos del franquismo, recordar que una vez, muchas décadas atrás, habían sido críticos. Pero lo cierto es que también ellos, como la mayoría de mi entorno y del entorno de mi entorno, llevaban tanto tiempo hablando en voz baja que los recuerdos perdían consistencia. Ese, su caso, era el de la mayoría, la mayoría silenciosa que tuvo parientes en los dos bandos de la Guerra Civil, convencidos u obligados, que lleva sus muertos a la espalda con mejor o peor sentido del duelo, y que se ha amoldado a todo, incluso a la crisis, para sobrevivir.

Es, pues, un “chaqueterismo” consustancial al ser humano. Recordar los papeles de Fernán Gómez o de Massiel en los setenta y escucharles anarquistas o marxistoides veinte años después resulta mucho menos comprensible y honroso que el travestismo de aquella Marisol que explicaba sin problemas cómo y con quién cambió de ideas, y cómo de nuevo, años después, encaminó su paso hacia otros lares. Nada hay como decir que “entonces no entendía, ahora sí, ya vi la luz”… Y bienvenida sea la luz, si es verdadera. Los libros que ahondan en la transición, aunque en algunos casos evocan los errores de casi todos, son tanto más lúcidos cuanto más ponen su acento y su foco sobre aquellos personajes que siempre tuvieron claro el momento del viaje en que había que abandonar el barco. Los Fouché de cada momento de la historia también jalonan la de España, y esa etapa claroscura de la transición no podía ser menos. En esos últimos cronistas de la transición es más fácil encontrar las claves para comprender que Suárez fue una pieza marcada por su propia ambición y por el hecho de significarse como perfecto comparsa para el juego de los que siempre mantienen el poder. Él probablemente más que nadie simboliza ese ritual tan necesario que de tanto en tanto lleva a cabo el sistema para aparentar haberse saneado. Suárez fue la pieza a abatir en aquella transición, a gloria de un Felipe González que sabía, él sí, como hacer para no bajar nunca del todo de la peana. No fue Suárez lo suficientemente listo, no jugó sus cartas con la suficiente astucia, o sencillamente ya no tenía padrinos. Me inclino más por esto último, por el hecho de que los padrinos habían encontrado mejor juguete para que, moviéndolo casi todo, casi nada cambiase.

Y ahora mismo estamos otra vez ahí, a las puertas de este mes de agosto en el que quizás por vez primera los periodistas de mayor rango maldecirán estar de vacaciones, a la vista de que seguirán desgranándose noticias a despecho de los chiringuitos de playa y en algunas ocasiones incluso a su costa, pues junto a la cacería del político se ha iniciado contemporáneamente la de su cronista de cámara. Ahora, como en la transición, habrá víctimas propiciatorias. Quizás sean más que en otras ocasiones los que hayan de caer en este caso, habida cuenta de la sed de venganza y/o justicia de una población que vivió mejor que vive, es decir, que está deprimida y/o enfadada por su declive. Quizás Bárcenas se lleve por delante a Rajoy, y por tanto a Arenas, y por tanto a Fernández Díaz, y quizás por tanto a todos cuantos creyeron que estaban a salvo por seguir bajo el manto de quienes siempre mandaron, sea en la villa y corte o en las provincias. Quizás entonces alguien salga ganando dentro del PP, pero ya hemos visto que en todo caso y por ahora, nada de esa debacle parece propiciar el resurgimiento de los socialistas. Quizás también entre ellos la purga de los actuales dirigentes sea una cadena inacabable de rostros devorados por la desolación. Y si es así, quizás la gente piense que la solución estriba en una de las caras nuevas, que ya no lo son tanto, que hace ya mucho que forman parte del paisaje. Si es verdad que empiezan a sonar, será porque entre quienes nunca pierden se decide que vale la pena auparlos y colocarlos en el lugar en el que la tentación o el secreto inconfesable o la envidia de los cercanos los atenace hasta dejarlos sin capacidad de maniobra.

Y todo será igual, todo habrá cambiado con la única y oportunista finalidad de que, ni siquiera cuando la ocasión la pintan calva y por el hecho de que para algunos el patriotismo consiste antes que cualquier cosa en mantener el orden, nada, y mucho menos lo que se ha podrido, cambie. 


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