Apaga y vámonos

Y tras la aniquilación de las clases medias, la revuelta

Nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino, y lo conseguirán. A fuerza de fotos como la que le ha regalado el presidente Obama al presidente Rajoy en la visita oficial de éste a los Estados Unidos de América; a fuerza de decírnoslo con palabras más o menos comprensibles y con datos poco corroborables, cuando no directamente contradictorios, acabaremos creyendo que el final de las vacas flacas para los peces gordos es también el final de todos los recortes que conducirán indefectiblemente este país al lugar del que nunca debió salir como lo hizo, al nivel donde todo es un treinta por ciento menos valioso. El problema, el gran problema, es no tanto la reducción, como el modo en que se aplica sobre los distintos segmentos de la población, porque la media del treinta es el cincuenta para unos donde para otros es el diez, pero sobre todo porque puede ser mortal para algunos una reducción que a otros sólo afecte en lo superfluo.

Siempre fue así, no es que lo que sucede sea nuevo. Nuestra en general voluble capacidad de recordar y la paulatina desaparición de las generaciones que sufrieron las penurias de la guerra son factores relevantes en orden a la repetición machacona de los errores del pasado: ni hicimos los deberes para construir una economía sólida, ni hemos sabido utilizar la pertenencia a la Unión Europea para hacer valer nuestras bazas económicas, ni, ahondando en esa idea, tenemos capacidad de arrogarnos poderío energético excepto en el más requerido de inversión a corto plazo como es el sector de las energías renovables, ni tenemos sentido de la vergüenza en la práctica de una picaresca que, con los pensionistas de pega del 11-S americano, hemos descubierto estos días que no es patrimonio exclusivo de los países europeos meridionales (los PIGS).

Cuanto nos ocurre tiene solución, si nos anima una voluntad virtuosa, pero cuanto más nos demoremos en ello más devastadores serán los efectos que nuestros fallos acumularán sobre las espaldas de los más desfavorecidos. Y aunque parezca que a quienes aún mantenemos la cabeza fuera del agua eso no nos afecta, lo cierto es que, a la larga, además de un 'debe' en nuestra conciencia moral, esa desgracia también nos alcanzará en sus consecuencias, porque una de ellas es la desaparición de la clase media, es decir, de la protagonista de nuestra historia reciente, el motor de la economía, el cemento imprescindible de la democracia, el garante del mantenimiento del sistema.

Ni hicimos los deberes para construir una economía sólida, ni hemos sabido utilizar la pertenencia a la Unión Europea

Es difícil mentar alguna virtud de Franco en un contexto como el presente, con una democracia joven y defectuosa y con la mayor parte de los partidos políticos plagados de hijos o nietos de próceres de aquel régimen, unos más o menos vergonzantes o renegados que otros, pero todos con antecesores que formaron parte de un pasado no democrático. Algunos de los que hoy en día se sitúan en la izquierda más trasnochada y acrítica, comparten antecedentes familiares con los que siguen erre que erre en posiciones de intransigencia e inmovilismo, e incluso protagonizaron en parte ese pasado sin que hoy nadie les pase factura por ello. Mentar a Franco es para casi todos mentar a la bicha, aunque con nuestra complicidad, miedo e indiferencia consiguiese morir en la cama sin que ni de fuera ni de dentro surgiesen propuestas de procesamiento como las que ahora se ciernen sobre algunos de sus policías. Sea como fuere, a Franco hay que reconocerle, me da igual si por voluntad astuta o por estar en el lugar conveniente en el momento adecuado, la consolidación de una clase media a partir del desarrollismo tecnócrata y socializante de los años sesenta.

Esa clase media, con algo (bastante) que perder, ha sido con agudeza contemplada como la garantía de la transición política española; no era el miedo, que sí construyó insinceramente la paz entre los bandos fratricidas durante los primeros años del régimen, sino la conveniencia por el mantenimiento del individual statu quo lo que mantuvo la paz social a partir de los años ochenta y hasta hace bien poco. Muchos tenían algo que perder, y aunque fuera infinitamente menos que lo que después hayan podido llegar a tener, era una enormidad en relación con la miseria y la penuria sufridas en la posguerra; ese sentimiento pequeño burgués, ese espíritu conformista del hombre-masa que tan bien describió Ortega en La rebelión de las masas, sólo cabe en épocas de bonanza, y por eso el momento presente, digan lo que digan los analistas económicos, sus jefes empresariales y sus voceros mediáticos, es de una enorme labilidad, amenaza tormenta y todo ello viene determinado por la ininterrumpida destrucción de una clase media que el franquismo construyó sobre las cenizas del miedo y que se construye, como los árboles robustos, con decenios largos, y no a golpe de titular y centésimas sobre cero.

Pero el hombre-masa no sólo es conservador de lo suyo. Es también generador de un sistema político que disimula sus corruptelas entre trazos de corrección institucional, garantía de libertades civiles, conquista más o menos consistente de derechos sociales y seguridad jurídica. El hijo conceptual de la clase media es el Estado social y democrático de Derecho, la adjetivación constitucional de España, un hijo que se encuentra hoy en la unidad de cuidados intensivos, donde sucesos como los de Gamonal, en Burgos, población ordenada y poco dada a revueltas donde las haya, no es más que la avanzadilla que lo que se nos puede estar viniendo encima cuando la gente toma conciencia de ser sustrato de revolución, cuando son legión las personas que, sea verdad, se conciben viviendo una realidad en la que ya no tienen nada que perder excepto lastres, pobreza, desesperación, cadenas.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba