Apaga y vámonos

Ese agosto, este septiembre

Hasta la fecha no se había vivido un agosto semejante. La clase política no se ha ido de vacaciones más que a la vuelta de la esquina, no fuera que se le echase en cara un dispendio privado que la gente ya no está dispuesta a permitirles; ahora se compite a ver quién hace las vacaciones más austeras, en casas rurales, en el pueblo natal de cada cual, si lo tuviera, o incluso medio de guardia en metrópolis que cada verano se ven menos abandonadas. De hecho, visto el conflicto que sigue en pie en Cataluña muchos por aquí creen que el presidente Rajoy no debería haberse tomado ni siquiera unos días de respiro. De hecho, incluso en los programas de televisión a lo sumo han cambiado sus bustos parlantes y similares por meritorios de buena voluntad, pero no han parado máquinas, sumidos como estaban todos en los avatares penales de diversos asuntos, dado que para la justicia penal no hay vacaciones.

El 'caso Bárcenas' ha seguido, algo borroso tras la cortina del conflicto de Gibraltar, y minimizado con toda razón por esos polvorines de siempre que de tanto en tanto peligran en Oriente Medio, haciendo su curso en la voluntad de dinamitar el principal partido político del país. Se lo ha ganado a golpe de excusa, negativa soberbia y sombras alargadísimas. Y, contra todo pronóstico, sin que ello suponga beneficio alguno para su principal adversario. Se dice que es por la lánguida postura que ha adoptado su jefe de filas, pero no hay que engañarse: ¿cuál de los delfines que se apuntan o se esconden estratégicamente en el PSOE podría mirar de frente a la opinión pública y tirar la primera piedra? No se otea en su horizonte, o al menos los medios no lo han sacado a la luz, el mirlo blanco que les coloque en el lugar que históricamente han tenido. Al menos a partir de la transición, porque si miramos atrás y despreciamos, como ha de hacerse, la veleidad egocéntrica y despechada de la socialista con cargos durante tres décadas que luego montó UPyD, el partido que estaba llamado a jugar el papel de verdadero adversario del partido conservador era el PC. Y de aquel PC a esta IU hay pocos pasos, tan pocos que, sin casi peajes en su haber, ahora puede alzarse con el discurso fácil de hacer y difícil de perfeccionar que es el izquierdismo igualitario, tal y como las encuestas dicen que está haciendo. En realidad es de justicia pues, sin la timorata ayuda económica y logística de la socialdemocracia europea y las renuncias que sus líderes se comprometieron a hacer en su ideario, jamás un carisma como Felipe González habría llegado a ser presidente del Gobierno.

Pero convenía que lo fuera. Como conviene ahora a PP y a PSOE pasar lo más blandamente de puntillas que puedan por la esencia del 'caso Bárcenas'. ¿Para qué explicar a la gente lo costosa que le resulta esta apariencia de democracia en términos de financiación de las estructuras de los partidos? En momentos como el actual difícilmente iban a dar por bien pagado el impuesto revolucionario del cambio de régimen (llámese Transición para no perdernos) que dejó las cosas como siempre para los que siempre ganan, mientras se entonaba para el resto el canto consolador de poder acudir a las urnas cada cierto tiempo a escoger entre susto o muerte, este partido malo o aquel peor…

Pero un poco sí ha habido que pasear las miserias del PP y los retortijones de barriga del PSOE. Gracias a eso nos hemos olvidado un rato del 'caso Urdangarin', que ha supuesto el resquebrajamiento irreversible de la urna de cristal con que se había rodeado, por el bendito consenso y durante treinta y cinco años, nuestra monarquía, y en el que ya empiezan los movimientos para sustraer al personaje de sus responsabilidades, tan empeñados  sus abogados y la Fiscalía en el que el caso pase a Valencia, a su Tribunal Superior de Justicia (¿por qué será?). Pero ahí están algunos jueces, propiciando la recuperación de una cierta esperanza ciudadana en que, a pesar de todo, y al menos por lo que respecta a algunos hombres buenos, la división de poderes y la independencia de criterio en la defensa de la legalidad, existan. (Todo lo cual no quita que mantenga mi crítica a las 23 horas de interrogatorio del juez Castro al yernísimo)

Y si los políticos no hacen sus deberes y los ciudadanos nos quejamos de su falta de liderazgo, ¿qué nos queda? Yo me encuentro entre quienes creen que es nuestra indolencia la que propicia su relajación y que, en todo caso, si ellos no hacen nada, sí deberíamos hacerlo nosotros, que el tiempo de los liderazgos reclamados debe ser sustituido por el de los liderazgos ejercidos, y que nada será posible en el futuro si esas cosas no se empiezan en el único lugar en el que de verdad germinan, es decir, dentro de cada uno de nosotros.

Hace exactamente una semana unos cuantos hombres entraba en la sede de la delegación madrileña de la Generalitat de Cataluña; a cara descubierta, sabiendo que una cámara les grababa y, a pesar de ello, con daños para personas y bienes, doble o triple motivo de disolución, portando banderas que recordaban otros tiempo, zarandearon nuestra ya maltrecha democracia en las carnes de algunos diputados. Quiero creer que es una anécdota, porque quiero creer que no se está calentando el ambiente hasta el extremo de que la excepción se haga regla, pero al tiempo me pregunto, como en aquellas escenas del “tejerazo”, si las personas no se definen en los momentos extremos. Cuando Sánchez-Llibre se enfrenta a uno de los energúmenos violentos que asaltaron la librería Blanquerna el día 11, nos devuelve una esperanza que se había medio desvanecido en ese mes de agosto que ya dejamos atrás: el eco de la dignidad nos acompaña y, de vez en cuando, en medio de la desolación y el declive, se manifiesta para recordarnos que todavía está todo por hacer y que está en nuestras manos hacerlo.


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