Apaga y vámonos

¿Volar o ser invisible?

¿Qué prefieres, me preguntó mi hijo, ser invisible o volar? Y aunque siempre había optado por la primera, me di cuenta en ese momento, de lo que la pregunta implica. Y ya no me pareció tan fácil.

Ser invisible rinde tremendos servicios a la causa de saber. Puede colocarnos al lado de quien en ese momento nos esté despellejando para luego dedicarnos la más deslumbrante de las sonrisas bajo el foco social, y es quizás ese tipo de ventaja, que no es tal, la que a la mayoría hace decir que prefiere no saber nada, que prefiere que le engañen, ya que el ojo que no ve hace insensible al corazón. Pero ahora parecemos en un punto de no retorno respecto de cosas que se van filtrando en los medios, entre mentira y mentira, como medias verdades o manipulaciones, y nos damos cuenta de que, aunque nos duela o decepcione, tenemos que empezar a saber.

Porque ser invisible es poder estar sin ser visto allí donde se han tomado grandes decisiones que tanto nos afectan, en la menor medida porque la mayor parte de ellas no nos resultan gratis, las pagamos de nuestro bolsillo:

Podríamos así saber qué paso, quién se reunió en torno al engendro de Bankia, cuántos salieron favorecidos, qué se llevaron crudo… los jueces han llegado hasta Miguel Blesa, pero como no soy invisible, conservo una cierta intuición y me dice que eso no se acaba aquí, que es el chivo caído para que la plebe se calme, antes de que a todo banquero, bueno o malo, lo cuelguen por los pies sin miramientos. Se cuece ahora la renovación de la presidencia del Círculo de Economía de Barcelona, pero a pesar del aspecto más o menos saneado del Banc de Sabadell, de esos anuncios prepotentes en los que nos vende que se lleva la medalla en lo del mejor dotado, de esos otros tan sosainas de no sé qué charlas con no sé qué egregios, a pesar de todo, lo tiene algo difícil para vender candidatura en estos tiempos en que le parten la cara hasta a los bancarios, por creerlos cómplices de los banqueros y no recordar que lo que son es tan carne de ERE como cualquier otro asalariado.

Podríamos así saber qué lumbreras les dijo que en España iba a funcionar lo de la amnistía fiscal, y eso dejando aparte la parcela de infierno que merece esa inmoralidad. Decidiendo algunos, en un departamento, y aceptando el jefe, porque de eso no sabe, y todo se decide como en una tertulia, a golpe de opinión, y de sondeo sobre lo que al día siguiente dirán los medios. Podríamos, de ser invisibles, también saber de qué cabeza salió la idea, y qué persona se la agenció, que no siempre es la misma, y tendríamos un mejor cuadro de algo que no ha mejorado desde el Antiguo Régimen, la corte de sobones, lameculos e inútiles que hacen ver que hacen algo en el entorno del que manda.

Y ya en el mismo saco, asistir sin ser vistos a la reunión gloriosa en la que se decidió cómo reactivar otra burbuja de ladrillos, o como vender siquiera unos cuantos de ellos, con este cebo ignominioso de dar a un ruso rico la residencia a cambio de que saque calderilla del bolsillo y por medio millón de euros se compre un pisillo para cuando está por aquí de visita. Añádanle un chino que aún tenga que comprar algún negocio, a quien nadie preguntará por qué no aprende siquiera una de las tantas lenguas que tenemos (¡incluido el lapao!) y que por un milloncejo productivo ya no habrá que encerrarlo en ningún sótano a hacer camisas, mientras simula ser camarero y consigue, suma y sigue, una residencia que se va eternizando en un sujeto que jamás veremos envejecer.

Y tantas más decisiones sorprendentes: los nombramientos de ministros que sabemos que son cambios de cromos, pero nos gustaría escuchar de primera mano de quién por qué; los encuentros clandestinos de los partidos neófitos y ahora tan pujantes, con sus mecenas y saber qué esconden, conocer de una vez que quien les paga es quien menos cercano se encuentra a sus ideas, que el objetivo es otro, a veces tan torvo como hundir al partido hermano, o a una facción del propio, o al líder.

Tenemos poco tiempo para tomar la decisión, aunque probablemente la decisión de un modo u otro ya esté tomada. Pero debemos saber que frente a la opción de la invisibilidad está la de poder volar, que significa decidirse por la libertad con todas sus consecuencias:

La de emprender, que quiere decir asumir riesgos inhumanos por hacer realidad una idea, sabiendo que sólo la voluntad hace de la idea una obra.

La de regenerarse interiormente como nivel primero para la reforma global del sistema político, ese donde la posibilidad de que el político use del poder en beneficio privado se convierta en altamente improbable porque una mayoría ciudadana viva perpetuamente implicada en la cosa pública, sin prisa pero sin pausa,

La asunción plena de que debe ser eliminada cualquier tipo de subvención que vaya más allá de unos estándares mínimos en la educación y la sanidad. Sin paro, sin indemnizaciones, sin subsidios, sin pensiones obligadas, pero con un auténtico derecho al trabajo, que implique por tanto que la libertad de empresa es eso y no el libertinaje de una acumulación desmesurada de riqueza en pocas manos, sin oligopolios ni obvios ni enmascarados, sin paraísos fiscales, sin grandes corporaciones, de modo que nadie se vea espoleado a hacer el vago porque hay subvención, ni a trabajar desmesuradamente porque nunca podrá acumular más allá de lo que es justo.

Debemos optar entre ambas cosas, seguir queriendo saber cómo lo han hecho de mal para cargarnos de ira que sólo habilita para el estallido social, o decidirnos a caminar para cambiar las reglas del juego. Tenemos que optar, pero eso ya significa haber optado, porque entre considerarnos capaces de hacerlo o simples elementos determinados por los genes y el ambiente, hemos decidido que podemos. Y podemos, ¡vaya si podemos!


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