Apaga y vámonos

Trileros hasta en la sopa del rescate (parcial)

Antecedentes del culebrón

Ya han pasado unos años desde que Zapatero dijera que la banca española estaba entre las más sólidas; y sólo unos meses desde que Rajoy negase, como si se llamase Pedro, lo que después iba a ejecutar con saña, una saña diferida a sus ministros carne de cañón (menos Ana Mato, que se inmola sin ayuda, sólo abriendo la boca), cortafuegos a los que quemar mientras él se parapeta mayormente en el silencio y en el humo de un puro. Visto el efecto letal que sobre Zapatero tuvo su incontinente locuacidad, practica el actual Presidente la estrategia radicalmente opuesta sin calibrar que sólo puede dar buen resultado en quien como Franco de verdad concentra el poder en su mano, y no en quien se dibuja como títere de intereses ajenos. Del mismo modo tampoco ha salido muy airoso al intentar escudarse, para hacer lo que había jurado que no haría, en las aseveraciones del frívolo Zapatero sobre las cuentas públicas, pues resulta incoherente con el hecho de haberse pasado todo su tiempo en la oposición llamándole “mentiroso”: si aún así confió en lo que aquél decía, es más problema del creyente que del embaucador. Y, para mas inri, a estas alturas de la película el CIS ya delata la radiografía de lo que piensa el ciudadano de a pie sobre este “susto o muerte” que están siendo las elecciones: pensé que me salvaría de aquel inane de otrora ese señor tan serio y con barba que se afirma predecible, y ahora me doy cuenta de que lo único que les distingue es su barbero, el tipo de sonrisa, y la escuela de recitación de su correspondiente argumentario.

El culebrón

Podemos ensimismarnos en esos juegos de mentiras y mentirosos, de si éstos son mejores que los otros, de si es verdad o no que por fin se están tomando las medidas adecuadas, pero, sean sinceros, convengan conmigo que la sensación más potente que producen es que no tienen ni idea de a dónde se dirigen, ni de la mano de quién van a resultar menos perjudicados, ni de cómo narices nos van a decir que todo esto que debemos no lo van a ver devuelto ni los hijos de nuestros hijos. Y su sensación sobre ellos es algo más que eso, es la verdad, porque no son más que ridículos (y asalariados) peones en el relato de los verdaderamente favorecidos por toda esta tormenta. Lo saben ¿no? “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Sólo hay que identificar los pescadores y lo que llevan en la cesta.

Porque todo es una pantomima de falsas escandalizaciones entre agentes supuestamente enfrentados, mientras la mayor parte somos pobres ignorantes  de la partida que se juega en el tapete mundial. En un encuentro económico en Barcelona, hace unos pocos años Javier Solana lo reconoció públicamente. Como Mister PESC que fue, había visto de cerca ese macromantel donde se decide la suerte de millones de personas con la misma frialdad que en el contexto de una guerra, en el aislamiento  por una epidemia, o provocando la fluctuación bancaria que hará millonarios a los cuatro poseedores de la información privilegiada y tirarse por la ventana a quien perdiendo su dinero cree que lo ha perdido todo. Hace poco me contaba un amigo el modo en que un especulador había jugado con las acciones (de Bankia) de un tercero, obteniendo con ello unos 6 millones de euros. Alguien los había perdido. Se parece mucho a la que hace ya bastantes años me explicaba un pequeño bróker (imagínense cómos serán los grandes) de la bolsa en Milán, que sabía hacer tambalearse el mercado con salidas masivas y compras a precio de derribo, aprovechando la codicia de tantos pequeños y mal informados inversores. Trileros con traje y corbata los despluman y, como en el timo de la estampita, la inmoralidad está en ambos lados de la trampa, porque todo el mundo quiere dinero fácil y la Bolsa dejó hace mucho tiempo de ser un factor de ayuda al sano crecimiento económico, para transformarse en espacio trufado de tahúres.

¿Y por qué ahora y no antes?

En el ya cansino debate sobre el rescate del sector financiero español el inmoral mecanismo es similar. Si que nadie nos explique por qué no hemos pedido, o recibido, o pactado o lo que sea, la ayuda que ahora nos prestan, Rajoy envía a De Guindos al atril para decir dos absurdidades: la primera es que la banca española está mayoritariamente saneada; sí, claro, por eso las cifras del dinero que dijeron que necesitaríamos  (40.000 MEUR) se han quedado cortas sólo en… ¡60.000 MEUR!) , pero no han sabido ni podido vestirlo, le quitan el nombre y diez minutos después la prensa internacional se lo vuelve a poner: es un “rescate”, así que puede seguir siendo éste el terreno vulnerable y frágil de su especulación, la ganancia fácil de los buitres, la sepultura de este Gobierno y la de cualquiera con similar falta de coraje; la segunda tontería que dice De Guindos por boca de su amo local es que no se trata de un rescate, sino de un préstamo, es decir, que no nos viene a salvar a cambio de bajarse los pantalones el Gobierno y encaminarse a perder las próximas elecciones, sino que sólo hay que devolver la pasta en los próximos lustros y sin que a la clase política se la pase por la quilla por inútil, mentirosa e incluso corrupta. Sólo sabemos que alguien, que por supuesto seremos los de siempre, tendrá que pagar el “no rescate” que sí hemos recibido.

Como ven, mi optimismo de la semana pasada tiene que ver sólo con la esperanza de que alguno más de unos cuantos vean entre tanta niebla, que nos alcemos a pesar del miedo, y que no paremos de empujar hasta que seamos capaces de desalojarlo, en beneficio de las generaciones venideras. Eso es lo que tenemos que rescatar, y no vale hacerlo parcialmente: sentido y sensibilidad, razón y criterio, emoción bien medida, justa indignación. Y propósito de enmienda.


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