Apaga y vámonos

Tiempos de frontera

Leo hoy que en el zoo de Barcelona cuatro lobas ibéricas han matado a su madre y que parece que la causa es un lobo imaginario. No sé con qué asiduidad se producen esas cosas en el mundo animal, pero por lo que respecta al humano, nuestra eterna lucha contra los molinos de viento encuentra motivos a cada paso. El miedo que nos atenaza de continuo (unos al fracaso, otros a amar, los de más allá a perder cuanto han acumulado o a quedarse sin sus seres queridos) da lugar a casi tantos monstruos como la razón desprovista de alma o como la razón dormida que pintara Goya.

Es lugar común en la filosofía entender que el pesimismo antropológico de Thomas Hobbes, su apuesta por la maldad intrínseca del ser humano y su consiguiente formulación del necesario Leviatán que es el Estado absoluto, derivan de su personal vivencia de las guerras civiles inglesas. Se trataba, no cabe duda, de un hombre de frontera, de un miembro de ese singular grupo de personas que, sin percibirlo, simbolizan y experimentan en carne propia los cambios de paradigma, de era, de sistema. Y en esos tiempos la capacidad de diagnóstico y, sobre todo, la aportación de eventuales soluciones al desgarro interior de la comunidad que lo padece, distinguen a los héroes de quienes sólo son siervos de su condición.

Hemos vivido estos días el modo en que los dirigentes y militantes socialistas catalanes han debatido qué posición tomar en el tema que monopoliza la agenda mediática en Catalunya desde hace ya tiempo. Se cumplían además hace poco diez años del primer gobierno socialista en la Generalitat catalana y estos de ahora han recordado que aquella victoria no lo fue por Maragall, sino a pesar de Maragall; que el electorado que los sustenta tiene muchas menos fisuras y variantes que sus dirigentes, que entre los votantes la minoría catalanista, soberanista, independentista es simplemente una anécdota. Maragall es quien puso en marcha, con su apuesta por la reforma del Estatuto catalán (que tan frívolamente acogió Zapatero sin conocerla para después tener que asesinar políticamente a Maragall), el atolladero en que se han visto los socialistas catalanes por causa del derecho a decidir y que sólo con la ayuda del PSOE han podido superar con su Congreso extraordinario del domingo pasado, si es que querían salvar su electorado de las garras de Ciutadans o incluso del residual PP en Cataluña. No sabemos si estarán a tiempo, pero criticarles que vigilen por sus votantes más que por los pulsos del país es tanto como pedir peras al olmo de cualquier partido… ¿o es que no miran todos el modo de conseguir más votos?

Maragall pidió la reforma, Zapatero se la avaló, Guerra la cepilló, el Tribunal Constitucional la recortó y la gente se lanzó a la calle en el año 2010, con un president Montilla a su cabeza, que quedó tan arrasado por los acontecimientos como el president al que sucedió en el cargo. Desde entonces la cosa no ha cesado de complicarse, abocando al PSC a la contradicción, llevándose por delante el posibilismo tradicional de CiU, colocando a Duran i Lleida ante la eventualidad de dejar de ser el “garçon charmant” de Madrid, obligando a la aspirante Chacón  jugar (entre “¡viva España!” y la “puta España”) todos los papeles del auca frente al correoso Rubalcaba, planteando al Presidente Rajoy la duda de si esta  vez será suficiente con no hacer nada, planteándonos la posibilidad de que de nuevo un partido sin cuadros dirigentes como es ERC entre a formar parte de un gobierno, siquiera sea autonómico.

El PSC ha optado por mirar hacia su electorado, cosa que nadie debería reprocharles, porque hace tiempo que la política del signo que sea ha dejado de guiarse por idea que se parezca ni de lejos a la de bien común. Lo más cercano que pueden conocer es eso que llaman “por el bien del partido”, idea por la cual muchos se convierten en auténticos enemigos de sus compañeros de filas. Habrá, estoy segura, honrosas excepciones personales en todos los partidos políticos y de hecho, creo que si pienso un momento, podría ponerles nombre y apellido concretos, pero dejemos de engañarnos de una vez respecto de las dinámicas que arrastran las grandes decisiones en cada formación, siempre mecidas sus cunas por la mano mediática más cercana, esa que oscurece convenientemente la noticia que no les conviene.

En tal contexto de derribo, las clases acomodadas de Madrid y Barcelona, que pasean de aquí para allá en el puente aéreo o en el AVE con la seguridad total de que siguen controlándolo todo, se pueden encontrar de pronto ante una realidad que, como todas las de su género, sólo después de producida serán capaces de diagnosticar y es el hecho de encontrarnos en tiempos de frontera. Los constitucionalistas, incluso los menos crédulos, llamaríamos a eso “proceso constituyente”, pero llegue a serlo o se quede en conato, lo cierto es que es de difícil previsión qué dará de si la coyuntura emocional en Cataluña.

Tal vez sea verdad, como dicen los moderados, que con un poco de jabón cultural (respeto por la lengua y cultura catalanas, quizás unas selecciones propias en alguna modalidad deportiva) y un dinerillo (modelo de financiación a la vasca), Cataluña volvería al “seny” y dejaría la “rauxa”. Tal vez fuese cierto si pasara, pero convengan conmigo en que el PP tiene, para llevar a cabo esa operación de templar gaitas, por lo menos dos problemas: Susana Díaz (que lo es también para Rubalcaba en este tema y pro futuro, es decir, para cuando el PSOE llegue al Gobierno, porque sin Andalucía no llegará) y la hemeroteca. Y es, desde luego, cierto que tenemos memoria de pez (fíjense cuántos rotos de vestidos ha causado la sentencia del Prestige once años después de tanto fervor social) y que nuestra condición acomodaticia es mayor que la de las lobas esas de las que les hablaba al principio, pero hay una parte de la población catalana que hace cada día de su vida un nuevo reto de recordatorio a la ciudadanía catalana de cuanto pueda esgrimirse como agravio. Y no hablo sólo de los independentistas fervorosos.

En conclusión, pasa con este tiempo de frontera como con el muro de Berlín, que se cayó y nadie lo había previsto. Recuérdenlo por si se produce un tránsito y luego aparecen los listillos que ya lo sabían, pero nunca nos lo contaron.


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