Apaga y vámonos

¿Societat civil catalana?

Soy consciente de la publicidad que añado a la pagada (un periodista dijo hace algunos días que cuentan con apoyos dentro y fuera de Cataluña) que la asociación haya podido conseguir, pero me interesa por diversos motivos hacer esta semana una reflexión en torno a la organización que bajo el nombre que sirve de título a este escrito se presentó el día 23 de abril en el teatro Victoria de Barcelona con un único y declarado objetivo: negar la legalidad y la conveniencia de una consulta catalana sobre el futuro político de Cataluña y sobre la eventual independencia de esa parte de España. Joaquim Coll lo decía este mismo lunes en un programa informativo de ámbito estatal, por lo que nadie podrá acusarme de simplista. Ése y no otro es el objetivo que hace de cemento entre los dispares integrantes de Societat Civil Catalana.

Convendrán los lectores conmigo en el hecho de lo importantes que resultan, para intentar hacer sombra al fosilizado sistema de partidos, los apoyos, que es tanto como decir el dinero que cualquier actividad que pretenda ser conocida debe conseguir para: alquilar material e infraestructuras, pagar publicidad (en anuncios y pseudonoticias autofinanciadas) y organizar actos con los que provocar al extremo contrario, siempre encantado, todo sea dicho, de que sus enemigos se manifiesten. En el inicio de todo proyecto político que haya conseguido consolidarse hay siempre algún pagador, fascinado por la idea, o simplemente crítico acérrimo de la contraria. Nada tendría que objetar la cosa, si no fuera porque donantes y donatarios suelen negarla, como si apoyar a quienes sentimos representar nuestras ideas fuera un crimen. De ahí a los Bárcenas, Palaus, Filesas y otros enredos corruptos de medio pelo de partidos ídem hay sólo un paso.

El nombre de la asociación, el concepto "sociedad civil", como el de nación en la revolución francesa, o no dice nada o dice demasiado. Nación era, en principio, etimológicamente hablando, el conjunto de los nacidos, pero acabó siendo el de los "bien" nacidos, esto es, quienes habían demostrado su legitimidad para mandar gracias al éxito social y económico que corroboraban con sus vidas, sus títulos nobiliarios, su dinero, su status. Sólo esos pudieron votar en las primeras elecciones después de cortarle la cabeza a la real pareja, pese a que a la toma de la despoblada prisión de la Bastilla fueron capaces de lanzar a todos los miserables y muertos de hambre que en las calles de París eran conscientes de no tener nada que perder. Lo que no sabían era por cuánto tiempo tampoco ganarían nada. Del mismo modo, la expresión "sociedad civil" no ha sido el referente de la ciudadanía de un determinado lugar, sino sólo de aquellos con capacidad de liderar sus decisiones, con algo que decir y demostración de su capacidad de hacer; por unos momentos tuve ocasión de verlos, siempre son los mismos, al colarme de rondón en sus "eventos" por mi condición de parlamentaria. Que no se engañen quienes de forma permanente o casual acceden a la clase política: en general ellos no son "sociedad civil", ni catalana, ni de ninguna parte; tampoco lo son los periodistas que los observan, los describen y en general los desprecian. Sociedad civil son los que son, y acceder al club es una cuestión compleja, menos permeable de lo que a primera vista pudiera parecer y donde los advenedizos son durante décadas contemplados con sumo desprecio, porque el dinero sólo consolida el nivel a partir de la segunda o tercera generación.

El nombre de la asociación, el concepto "sociedad civil", como el de nación en la revolución francesa, o no dice nada o dice demasiado

Así pues Societat Civil Catalana no es, con alta probabilidad, aquello que en general se entiende con ese nombre. Ninguno de los que la pueblan osará incorporarse a la organización, como mucho lo hará algún político de segunda fila, algún intelectual orgánico de los diferentes partidos que le dan cobertura; pero en modo alguno los empresarios, los asalariados de lujo de las empresas que cotizan en bolsa, los apellidos de la burguesía industrial, los banqueros hechos a sí mismos y los que heredaron el cargo del botones llegado a director prestarán su nombre a la cosa, porque saben que sería tanto como negar su propia pertenencia a la verdadera sociedad civil. Ni pensarlo; más aún cuando el objetivo de la iniciativa (que tal vez financien desde la sombra, con la condición inapelable de que nunca se sepa) sea sólo un objetivo negativo. Porque ésa es su principal salvedad, una salvedad que lo reduce a la nada.

Un objetivo de negación de una asertividad es un objetivo condenado al fracaso: como reconocen, no tendrían sentido si no fuera por el creciente y avasallador movimiento por la independencia que el inmovilismo interesado del poder (la sociedad civil) de Madrid ha hecho germinar en las estribaciones de lo que siempre había sido residual y romántico. Ahora ya no es así, ahora ya se han sumado a la corriente dudosa de la supervivencia de España como Estado los hijos de generaciones que jamás lo imaginaron, en una franja de edad que ronda la mía, cuantos han acabado pensando que es mejor ser cordiales vecinos que hermanos peleados. Y el nacimiento de Sociedad Civil Catalana lo demuestra, tanto como hace patente algo que ya sucedió con la gigantesca bandera española que el presidente Aznar plantó en la Plaza de Colón después de haber hablado castellano en la intimidad, después de haber contentado al president Pujol con la defenestración de un sarcástico (y tan olvidadizo como Rosa Díez) Alejo (Aleix) Vidal-Quadras: aquella bandera y esta asociación llegan tarde.

Llega tarde y con un efecto colateral imagino que indeseado: el hecho de que una sola idea (de negación) aglutine a personas con ideologías tan dispares demuestra la nimiedad actual de éstas, le pese a quien le pese (y a mí me pesa), demuestra que ha ganado el marco conceptual (¡el elefante!) cuyo mensaje es: no es tiempo de ideologías, es tiempo de identidades. ¿Qué peor mensaje pueden lanzar PP, PSOE, C's o UPyD que reunirse por un objetivo que se resume en decir no? Más aún, si como decía Coll este lunes, el problema debe ser reconocido y sólo se resuelve por elevación, si los únicos que lo reconocen no tienen una solución unitaria frente a la sí unívoca y asertiva de votar y saber, ¿quién la tendrá? No pueden proponerla porque ahí empezaría su greña… entonces, ¿quién la propondrá?

Frente a ello, la gloria del movimiento independentista es justo la antípoda; haber unido proactivamente a cuantos quieren votar. Están convencidos de que el resultado será sí, y con los inventos del TBO que surgen del otro lado, algo que vaticiné hace unos meses se irá haciendo realidad, pues es más fácil que Cataluña se independice que la reforma profunda del Estado en el que ahora se cobija. Y tal vez no debamos temerlo. Aunque esta semana lo ha dicho Noam Chomsky, yo lo dije antes, y sin duda otros antes que yo: se deshacen los Estados europeos que hemos conocido, y sus síntomas son Cataluña, Flandes, Escocia; luego vendrán más, todo se recompondrá con formas distintas, y hay que añadir que esta crisis, como ocurre con casi todas, es una oportunidad, en este caso para Europa. Ésta sólo se reconocerá cuando barra sus estructuras internas. Eso no cambiará la secular red de sociedad civil; siempre en el poder encontraremos a los mismos; pero la gente habrá encontrado razones nuevas para creer en los nuevos tiempos. Y será en cualquier caso una gran noticia.


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