Apaga y vámonos

Ratón de campo, ratón de ciudad

Recuerdo haber leído hace muchos años un breve relato de Delibes en el que se contrastaban las tan distintas maneras de ver las mismas cosas por parte de dos muchachas con diferentes lugares de residencia. Una, del mundo rural que tantas veces ilustró sus obras, estaba obsesionada con evitar el abrazo del sol, con la inútil pretensión de conseguir la piel blanca de las mujeres que no tienen que hincar el lomo entre caballones de tierra de la mañana a la noche. La otra en cambio, toda su vida transcurrida en la ciudad entre moles constructivas y sesiones de estudio de las artes que formaban en aquel tiempo a una damisela exquisita, ya era presa de la moda del bronceado. La de campo odiaba lo que la de ciudad quería y lo mismo sucedía al contrario. Algo así como en la fábula, de aquellos dos ratones primos que se visitaron mutuamente, el de ciudad al de campo, el de campo al de ciudad, convenciéndose ambos, quizás más uno que otro, de que el hábitat del pariente no estaba hecho para ellos.

De modo semejante, la actualidad nos ofrece el éxodo de algunos hacia aldeas fantasma, donde montan negocios con conocimientos adquiridos en la ciudad, mientras que de ese mundo rural huyen a espuertas hacia la gran ciudad, juventudes como la jienense, de la que hemos sabido estos días que hasta tres cuartas partes de quienes rondan los veinticinco años no tienen trabajo. Van y vienen jóvenes de campo y jóvenes de ciudad por la autopista que da entrada a nuestra vida en el mundo de la responsabilidad.

Unos y otros ratones comparten una conexión con el mundo de la que en otro tiempo ambos contextos carecían. Era entonces mucho más fácil distinguir al ratón de campo del ratón de ciudad, más sano uno, más dotado de oportunidades el otro, cortejando la sabiduría y el conocimiento respectivamente; más reposado y tranquilo hasta el momento del eventual estallido el ratón de campo; más estresado y chic, hasta la explosión cardíaca el siempre ajetreado ratón de ciudad. Hoy, en cambio, todo son redes, existe Coursera, donde encontrarse con una conferencia de Chacón desde el colegio Dade, o con una charla cuántica desde Stanford; donde, por tanto, podemos elegir, aunque la elección sea obvia. Y aunque todo pende de la misma conexión eléctrica que hace un siglo, lo cierto es que nada volverá a ser igual que en el tiempo de Delibes en lo que hace a la consideración de las personas.

O tal vez sí: si la gente continúa yendo del campo a la ciudad no es a la búsqueda del conocimiento, que está en el ciberespacio, colgando de mil links; ni es para encontrar la vivienda digna que supuestamente les pertoca, porque es en la ciudad donde el absurdo de los precios está dejando en manos rusas la propiedad de nuestro suelo, alfombra puesta por el gobierno para premiar sus adquisiciones con un permiso de residencia (tanto pelear por lo de la unidad de España los que llaman “partidos emergentes” y ni una palabra han dicho sobre la verdadera colonización que nos espera). A pesar de esa asimilación creciente entre ratones rurales y urbanos, la gente continúa yendo a la ciudad, siempre pestilente y ruidosa en este confín de la Europa sostenible, porque sabe que en ella están las oportunidades para seguir en la rueda de todos o para ser escuchada en su genial hallazgo, o para hacer el grupo de amigos en el que el una buena boda perpetúe el estatus familiar o a poder ser, lo mejore. Ésa y no otra es la razón por la que muchos progenitores eligen un cierto colegio para sus hijos o la segunda residencia para el veraneo. De las amistades frecuentadas pueden surgir los consortes, los socios de negocio o los compadres del pelotazo, una cosa u otra, o todas, dependiendo de la escala de valores, del esquema de prioridades, de la voluntad en suma. De la misma manera se ha ido nutriendo la lista de clientes de los MBA, como la de todo tipo de cursos y posgrados, no por lo enseñado o aprendido en ellos, sino por las buenas amistades que así se frecuentan y fraguan: aquellos políticos amigos fundadores de formaciones antagónicas; estos empresarios que anteayer se unían más que nunca a la sombra de sus retoños recién casados; esos banqueros que medran a la sombra del poder o consiguen engrandecer estructuras que emergen para fastidiar a las que odian…

Los contactos. Y en ese mundo absurdo en el que mira por dónde la casualidad, la guapa y joven siempre se enamora del tipo entrado en años y sobre todo en millones, a la gente le ha dado por asombrarse de que un miembro de la casa real haya decidido trabajar de verdad, con el sudor de su frente y no para embolsarse el dinero público. Felipe Juan Froilán de todos los Santos (que firma simplemente Felipe Marichalar), haciendo su trabajo de Dj y relaciones públicas para Joy Eslava, será visto por los puristas como un caso de explotación infantil, pero fíjense que a mí, que he visto a jóvenes rechazar trabajos por tener que “currar el finde”, el muchacho me parece lo mejor de la casa, un superviviente nato en un mundo de medrosos ratones, lo más alejado del conjunto goyesco a un parásito social. Incluso aunque las fiestas que promueve sean para pijos.

Y en el otro extremo de la estampa, quedamos a la espera de saber si de todos los ratones, el más taimado será el europeo. Tras haber abierto una nueva herida en la piel de las víctimas con el punzón de la letra de la ley, ahora resulta que Estrasburgo suspende un desahucio hipotecario decretado por sentencia firme, para recabar datos sobre si los que ocupan el inmueble tienen dónde caerse muertos, en especial, si los que caen son niños. Y esa sentencia, como la otra, deberá ser acatada en sus términos, pero en ésta, sin esperar a saber cuál es el fallo, las razones de la suspensión ya hacen sospechar que el ratón europeo no sabe de los dimes y diretes de los que por aquí campan, sobre todo en la ciudad: la picaresca puede inducirlos a dejar de buscar la manera de ganarse la vida, si llegan a concluir que de no hacerlo, un tribunal europeo va a impedir el desalojo instado por el legal (ya no me atrevo con el vocablo “legítimo”) propietario de un bien.

Llámenme agorera, pero encuentro que está todo muy revuelto y confuso en Ratilandia…


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