Apaga y vámonos

Preferentes, el drama sigue en 2014

Tal día como hoy, todos los años, solemos desearnos que los 365 que lo siguen sean mejores que los que dejamos atrás. En algunos casos, entre los que sin duda me cuento, sería tentar a Dios hacerlo así; compararse con quien haya perdido un ser querido, su trabajo, la salud o sencillamente la esperanza, siempre produce una extraña mezcla de consuelo y culpabilidad, porque cada padecimiento de nuestro entorno deja una muesca indeleble en el fondo de nuestro alma, lo percibamos o no cuando la herida llega. Yo desearé para mí quedarme como estoy, sabiendo, como sé, de ese dolor extraño del miedo a la pérdida, que produce creer que cada cosa que pasa por nuestra vida es por ello, sin serlo, de nuestra propiedad.

Aunque es un mal menor entre todos los que puedan doblegar el espíritu, la pérdida del ahorro acumulado durante años de trabajo puede transformarse en la peor pesadilla para quien ya ha sido afectado por todos los demás males; en la soledad y la postración, probablemente tenga algo de cierto aquel dicho atribuido a la viuda de Rockefeller quien, preguntada por una periodista sobre el lugar común de si “los ricos también lloran”, le contestó que sí, pero añadió: “Aunque, querida, convendrá conmigo en que se llora mucho más cómodamente en el interior de un Rolls Royce que encima de una bicicleta”.

Los ricos también lloran, pero la cárcel con jabugo y tablets, resulta mucho más llevadera; y los días que preceden a una muerte dolorosa no son lo mismo bajo un puente, en la habitación de un hospital compartiéndola con otro terminal, como fue el caso de mi padre, o en la muelle tranquilidad de una clínica. Yo pude decidir que no quería ofrecer a extraños la intimidad de los nacimientos de mis hijos, y lo hice, pagando la diferencia; es decir, que el dinero no nos quita las lágrimas pero puede mitigar los extraños caminos que nos abran en la piel.

Tanto prólogo para llegar a hablar del drama que a día de hoy sigue vivo en ese importante número de personas atrapadas en el infierno de las preferentes. Las ganas de volver sobre este tema (que debería ser de interés social por su magnitud y alcance) me las ha provocado el sorprendente anuncio de estos días sobre las condiciones en que CEISS permite a sus preferentistas acudir al arbitraje para hallar solución a sus problemas. Al menos en lo que sabemos por los medios de comunicación, CEISS acepta el arbitraje siempre y cuando los afectados renuncien previamente y ante notario a sus acciones judiciales en este contencioso, es decir antes de saber si el árbitro les va a dar la razón.

CEISS, ejemplo de cómo de entidades podridas sólo puede resultar una que lo sea en grado superior, suma los despropósitos de Caja España y Caja Duero, como Bankia lo hizo con un conjunto de cajas al borde del abismo, huidas hacia adelante estas dos fusiones que, por lo que se ve, sólo nos dejan clara una circunstancia: sea como sea, al contribuyente anónimo, culpable o no, siempre le toca pagar los platos rotos del sistema financiero, la candidez del anónimo preso en el galimatías y la falta de competencia del Estado para vigilarlo todo, atajar los males y poner entre rejas a los chorizos. Al fin y al cabo, lo que pague el FROB saldrá de nuestros bolsillos, y aquello por lo que las entidades financieras sean obligadas a responder, en última instancia también repercutirá en la fluidez del crédito y el precio del dinero, en suma, en nuestras economías.

Los datos son cada vez más incomprensibles para el común de los mortales, pero entre ellos hay uno que intoxica en grado sumo: se dice que asociaciones de consumidores y despachos de abogados están contra el arbitraje; y que en el caso de estos últimos, es porque el arbitraje es gratuito y que, en cambio, en caso de acudir a juicio ellos no pueden sacar tajada. Y bien cierto es que la abogacía es una profesión en cierto modo carroñera, pues se nutre en muchas ocasiones del conflicto para, solucionándolo, cobrar. Pero criticar su condición es tan absurdo como hacerlo con el médico que atiende enfermedades, o el enterrador, que sin muertos, vería desaparecer su negocio. Cada profesión, como los partidos políticos en el momento presente, es un nicho de negocio encontrado, es un fragmento de mercado agenciado. Pero no todo el mundo es igual, porque hay formas de ejercer la profesión que no chocan frontalmente con la ética.

En el caso de los preferentistas, las propias organizaciones de consumidores recomiendan a aquéllos acudir a un tipo de defensa judicial que no les supone gasto, a cambio de una participación en lo que recuperen. Es el modelo anglosajón puro: trabajo gratis si no gano, pero si consigo recuperarte lo que a todas luces tienes perdido si no pleiteas, me darás una parte. ¿Habría negocio para organizaciones como APDEF (nombro la que conozco, pero imagino que existen otras), si no fuera porque ha habido desgracia? No. Pero, ¿pueden aquellos preferentistas que tenían más de un cierto monto en preferentes recuperarlo, si no acuden a juicio? No. Y ¿quieren arriesgarse a pagar por adelantado lo que quizás no tienen, asumiendo el riesgo, sólo suyo, de lo que la sentencia establezca en su solo procedimiento? Tampoco. Y es que no hay mejor solución que la unión de esfuerzos, lo que fortalece la red de defensa, minimiza los costos, y aumenta la probabilidad de victoria, una victoria que, por haberse creído imposible, hace mucho más aceptable pagar por ello un porcentaje a quien la facilita.

Con el paso del tiempo se ha ido viendo que el sistema financiero y sus vigilantes políticos querrían sepultar el malestar de quienes se vieron envueltos en este escándalo y que así lo pretenden hacer con la siempre sufrida clase media: quien supera más de 10.000 euros de inversión y/o más de 2.500 euros de ingresos mensuales no puede someterse a arbitraje; daban por hecho que esos tampoco buscarán soluciones colectivas a su problema, que se conformarían con canjes por acciones basura, por oportunidades de negocio que habrían dejar en testamento. Pero algunos jueces les han salido respondones, por sentido innato de justicia, o por su enfado con el ministro del ramo, ahora mismo la causa importa menos. La cuestión es que reclamados judicialmente los casos, se ganan y que la unión en organizaciones que suman esfuerzos y minimizan costos es más beneficiosa para los afectados que ir por libre.

Por supuesto, al final pagamos todos, pero entre que el dinero vuelva a quien lo ahorró o que se lo quede el banco como si pudieran irse de rositas sus principales responsables, prefiero lo primero; quizás gracias a ello podamos ver a algún avaricioso y prepotente bajarse del avión de primera clase y entrar por la puerta de los presos comunes. No es mi único deseo colectivo para este 2014, pero por ser un drama que no cesa, lo escribo aquí para que no nos olvidemos.


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