Apaga y vámonos

Piedra, pedrada, Pedraz

En el ámbito judicial son las sentencias las resoluciones que, de un modo u otro, afectan el fondo del litigio, por lo que sobre ellas versa el análisis de los juristas. También, para desgracia de nuestros tiempos, reciben la crítica de una clase política que, sin darse cuenta, se aleja así de lo que siempre reclama cuando la decisión le complace, esto es, el respeto a lo dictaminado. Sin embargo no es sentencia sino auto la resolución del magistrado Santiago Pedraz que está destinada a marcar un antes y un después en las relaciones entre la política y la justicia, como en su día lo hicieron, en lo que atañe al Tribunal Constitucional, la sentencia del caso RUMASA y, por razones bien distintas, la de la reforma estatutaria catalana.

La piedra

Al tiempo que larga un varapalo a la actuación policial (realizada, que quede claro, al amparo de lo establecido desde el Ministerio del Interior), Pedraz introduce en su interlocutoria sobre las manifestaciones del pasado 25 de septiembre, cuyo lema era “ocupa el Congreso” una eximente desconocida hasta la fecha: “la decadencia de la clase política” conduce a la inexistencia de delito en el lanzamiento de piedras que, con ánimo no precisamente confraternizador, se produjo en las estribaciones de la Carrera de San Jerónimo, justo en el entorno de la sede de la soberanía popular (es un decir teórico, claro) por parte de unos cuantos miles de personas. Piedras a mansalva en una curiosa variante de la libertad de expresión que olvidando otros derechos fundamentales, confunde la libertad con el libertinaje, como aquellos “informadores” de las huelgas que con cara amenazante y la dieta sindical bajo el brazo “convencen” a sus compañeros de que no ir a trabajar es más conveniente para su futuro (y para el del parabrisas de su coche…)

La pedrada

Pero las piedras no son otra cosa que graves aristotélicos en ruta hacia su lugar natural mientras alguien no las coge y las lanza. Cabe una comprensión sociológica, incluso antropológica, casi política, en el hartazgo humano ante tanta corrupción y desfachatez en perpetrarla como nos rodea en el presente, y nada podría añadir al lúcido post sobre Sorayas y Florentinos con que nos regalaba Don Jesús Cacho la semana pasada. La pedrada no es de quienes se excedieron en su expresión externa de hartazgo, si es que es verdad que allí estaban los hartos. La pedrada es la interlocutoria de Pedraz, una interlocutoria con trascendencia tal que con dificultad su mera enumeración cabe en el espacio que puedo ocupar aquí, aunque vayan de forma casi telegramática las que considero más relevantes.

En el ámbito de las presuposiciones, el auto encierra, al menos cuatro: la extralimitación del concepto constitucional de manifestación, ya que ésta, como cualquier texto constitucional del mundo, sólo admite la pacífica y sin armas, salvo que se entienda que las piedras constantes (kilos y kilos de ellas) eran todas de los polis infiltrados, o eran de adorno o no se consideran arma; y por supuesto el grito de “ocupa el Congreso” debía de ser una metáfora, o Pedraz sigue la estela de aquel juez paisano mío, empeñado (contra toda esperanza) en que el sistema entienda a los “ocupas” como ejercientes de una curiosa exégesis del “derecho a una vivienda digna” .

También presupone la interlocutoria, creo que por primera vez en la terminología judicial, la existencia de una “clase política”, y no precisamente como término denotativo, sino con la connotación negativa que inmediatamente le permite, y he aquí la tercera presuposición, constatar su decadencia. El modo en que el juez se ubica en el entorno crítico con esa clase (a punto parece de llamarla casta) resulta absolutamente inadmisible teniendo en cuenta el grado de politización con el que ha transigido el poder judicial a lo largo de décadas, generando en su seno réplicas de los grupos de poder político, de uno u otro signo ideológico, acatando las consignas a cambio de un nombramiento, aplaudiendo desde las tertulias, o en cacerías, o en actos oficiales lo que el poder les reclamase…decadencia suma, sí, pero ¿quién tira la piedra?, ¿desde qué atalaya puede tirarla?, ¿dónde acaba la dignidad y empieza la molicie? Se trata de un nada banal debate sobre el día en que cayó la venda de los ojos de la justicia; un día al que desde luego no es ajena una última presuposición de la pedrada de Pedraz, y es la capacidad que le atribuye al sistema penal de generar eximentes “ad hoc” a conductas como la que enjuicia.

Porque si aceptásemos la eximente, que no, ¿cuántas cosas podrían excusarse con ella? Admito, y ya lo he dicho en otras ocasiones, que cuando el número excede la capacidad de un sistema para defenderse, ya no hay revuelta, hay revolución y el sistema, justa o injustamente, ha caducado. Pero el juez no puede ponerse de parte del incumplimiento de la ley sin colgar la toga y colocarse al frente de quienes la violan, porque si desde su tribuna enaltece el incumplimiento, o lo secunda, o lo justifica, ¿qué razones habrá para seguir pagando al fisco, no tomarse la justicia por la propia mano, no apropiarse de lo ajeno cuando lo deseamos apasionadamente?, ¿qué razones habrá para decirle al corazón que se gobierne, a la víscera que se contenga, a la sangre que no hierva? Sólo cabe tal dislate en el caso de que el propio poder judicial renuncie a serlo, pues su capacidad de imponer justicia (cuando le posee la clarividencia para dictarla) se apoya en la existencia de una policía judicial, de un aparato administrativo de interior y justicia, en una estructura fiscal y económica que le permite cobrar su sueldo y mantener sus instalaciones.

Pedraz

Con todos mis respetos, el juez puede decir lo que dice, si ese día cuelga la toga, se va a su casa y empieza a vivir de sus ahorros, porque la interlocutoria justifica cualesquiera actuaciones que, en razón de la decadencia política fueran llevadas a cabo por particulares o instituciones: insumisión fiscal, secesiones de territorios, alzamientos militares pueden ser tres ejemplos, aunque no jueguen todos en la misma liga. Presupóngase a cualquiera de sus fautores la mejor de las intenciones, por supuesto, y recordemos que con muchas de ellas, cual piedras de las del otro día, se ha ido empedrando el suelo del infierno desde la noche de los tiempos.


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