Apaga y vámonos

Pequeños detalles que definen la situación

Hace unos días fue noticia que la infanta Cristina, con prisas para acudir a una reunión, aparcó su coche en un estacionamiento reservado a esas personas que ya no sabemos cómo definir en el mundo de un lenguaje que ha de ser correcto, buscando inútilmente que la realidad lo sea. Vamos, que aparcó en zona de las de cartelito con el icono de una silla de ruedas, ¿me explico?

Pero no era noticia. En cada visita que hago a un supermercado, el momento de aparcar es una nueva oportunidad para comprobar que lo de la infanta ya no es una excepción: haya o no otros lugares en los que dejar el coche, vaya o no con prisas el sujeto en cuestión, parece que lo de la superstición de usar esos lugares especiales haya desaparecido de la consideración social, y desde luego no se ha visto substituida por la mínima actitud ética que deberíamos esperar de tantos años de educación pública y gratuita (incluida la tan discutida ‘de la ciudadanía’), supuestamente dirigida a construir los ciudadanos del futuro.

Claro que tal vez la insolidaria actitud se deba en algún caso a que la gente haya comprobado en sus carnes que esa discriminación positiva tan humana y alabable ha sido abusada por parte de ciertos sujetos que usan sin derecho los espacios reservados a las personas con minusvalías o los certificados que acreditan que alguien en concreto tiene derecho a ese uso preferente del espacio público: plazas de aparcamiento reservado a los carentes de autonomía personal en las calles de cualquier ciudad pueden depararnos la sorpresa de que del coche con la matrícula asociada a esa plaza salga un sujeto pimpante y sanote, firme sobre sus dos piernas y con la espalda en mejores condiciones que la de quien les escribe desde este blog. También es conocida la picaresca de esos carnets de minusválido obtenidos gracias al amiguete de turno que en una oficina al efecto ha obviado al colega los requisitos exigidos para poder obtenerla.

No es el único detalle que define el estado catatónico en que se encuentre el civismo (la ética social) de un grupo humano. Hay muchos más, la mayor parte ya inadvertidos para el común de tanto repetirse: aparcar en doble fila junto a una plaza de aparcamiento de pago vacía y hacerlo incluso en el preciso lugar de una calle que más dificulta el tráfico; lanzar al suelo la colilla, incluso el paquete de tabaco vacío, porque “para eso pago impuestos, que lo limpien ellos”; poner a toda pastilla los refrigeradores o calefactores del trabajo, porque los paga otro y nos importa un bledo si el ambiente fuera y para el resto empeora; el ‘plastón’ de decibelios que sale de algún coche por arte de su usuario y por el que la música mejor deviene un infierno para el resto; esas motos y coches de cilindrada delirante que, pasen el tiempo que pasen en un embotellamiento, continúan encendidos para exasperación de quien los circunda, los huele y los escucha. Incluso un paraguas desafiante (“aquí el único con derecho a no mojarse soy yo”) en medio de un tumulto de otros tantos puede definir el talante cívico de un sujeto. Cuando sus actitudes proliferan, o no reciben por parte del resto la correspondiente respuesta de rechazo (“no está el tiempo para heroicidades”), la cuestión ya no es excepcional y la noticia no es la conducta. La noticia, no por repetida menos alarmante, es que lo que criticamos al individuo visible, sea político, banquero o empresario de alto nivel, puede ser cierto, pero antes que nada es la versión hipertrofiada de actitudes menos públicas que comenzaron antes. Y en el antes podemos incluir otras a las que la sociología ya puso un nombre con el que se elevan de categoría, NIMBY (“not in my back yard”), pero que no son más que una especie del género “ande yo caliente…”

Como dice Miguel Ángel Revilla en su reciente libro Nadie es más que nadie, es fácil reivindicarse como un individuo honesto, cuando nunca se ha estado en la tesitura de tener que elegir. De hecho, que la falibilidad forma parte habitual de la condición humana se comprueba en esas pequeñas actitudes, en ese modo de concebir el mundo cual la ley del embudo, que decía mi madre, “justicia, padre, pero no por mi casa”, que hacen cada vez más difícil distinguir lo cierto, lo ‘decidible’, lo opinable, lo que es objetable y lo execrable. Perdido el rumbo, los pequeños detalles acaban definiendo el todo con mayor exactitud que cualquier teoría, por lo que ya nada que no sea proponer soluciones, miradas alternativas, tiene el menor sentido. Estamos mal, sí, y también somos malos, si nos abandonamos.

¿Cómo se hace? Se hace desde aquí, la reivindicación de un individualismo no posesivo, distinto por tanto de aquel que ha dado al liberalismo su peor faz económica y también social, la conquista de la revolución ética individual es la única salida. Se trata de realizar un continuo y compasivo examen de conciencia personal, de aceptar el error propio, de andar el camino sabiendo que convivimos con el miedo y de pensar que cada uno de los días que vivimos es una nueva oportunidad para hacer las cosas de modo que mirando atrás seamos capaces un día de mañana, de no arrepentirnos de todo. Es la revolución, sí, pero es mental.

Dicho todo eso, me gustaría creer que la casa de 900.000 euros que parece que se ha comprado el expresidente Rodríguez Zapatero no es una parte del pago recibido por aquel indulto concedido in extremis al banquero que, a su vez, ha recibido esta semana 99 millones de euros (16.000 millones de las antiguas pesetas) de la entidad que lo ha acogido laboralmente hasta más allá de lo aceptable, el Banco de Santander Central Hispano.


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