Apaga y vámonos

Neutralidad sexual

Sí, ya sé que hay humanos que se comportan peor que las bestias. De hecho sólo de los seres humanos podemos decir con propiedad que elijan entre el bien y el mal, y en ocasiones querríamos poder decir que no depende de su voluntad, de tanta maldad como en algunos seres se llega a acumular. Estos días se conmemora el genocidio de Ruanda-Burundi, para vergüenza de Europa, y otros tantos se acumulan en nuestra historia para recordarnos que se puede pecar por acción, pero también por omisión. A veces las personas abdicamos de esa condición de humanidad con la que vestimos los derechos que nos arrojamos, una situación harto más irónica, cuando en muchos lugares de la tierra la vida no vale nada, como dijo el poeta, y en otros ya se ha reconocido el derecho a morir.

La polémica sobre si los derechos existen con anterioridad a su consagración en las leyes o si, por el contrario, es la ley los que los crea, se recrudece cuando la humanidad riza el rizo y más allá de la vida, el honor, o la libertad de conciencia, va vistiendo el santo con otros que eran impensables hace un siglo (el voto, la huelga), hace unas pocas décadas (la educación, la salud) o hace cuatro días (la autonomía personal o un medio ambiente adecuado) Junto a reivindicaciones tangibles como las que han hecho delito hacer demasiado ruido o negar un holocausto contrastado, la ampliación concéntrica de los derechos humanos (y los distingo de esos derechos de los animales que algunas corrientes filosóficas ya teorizan) ha llegado a niveles algo esotéricos como, por ejemplo, el de la identidad, o mejor dicho, la adecuación entre la que se tenga y la que sobre nosotros aparezca en los registros.

El derecho a la identidad de género no se ha consagrado para que cada uno se sienta como quiera, pues eso ya lo ampara la libertad de conciencia (si nada obsta que yo me sienta idealista, cristiana o liberal, ¿quién habría de torcer mi modo de concebirme a mí misma?), pero para cuando no coinciden el modo en que alguien se siente y el nombre bajo el que fue inscrito en el registro civil, la ley ha venido a paliar una disfunción que no es otra que la del sujeto, ya que su sexo fisiológico y su pensamiento transitan por diferentes caminos. De hecho, debe existir un diagnóstico de disforia para que la transexualidad, operada o no, permita al sujeto dejar de llamarse Manuel y convertirse en Bibi, aunque en el caso del ejemplo, bien conocido en España, Manuel, una vez operada, pudo poner en su carnet de identidad Bibiana Fernández.

La opción sexual de cada cual me importa circunstancialmente un bledo. Me cuento entre quienes piensan que si hay disforia, hay disfunción, y bastante tiene quien la padece con intentar que por ello no se vea discriminado/a. Por lo mismo entiendo aberrante tanto la sanción como el enaltecimiento de cualquier circunstancia humana que no depende de su voluntad, y el sexo sin duda lo es; por eso reconozco la existencia de los techos de cristal, pero al tiempo aborrezco la política de cuotas, creo que ocultos entre la violencia del hombre sobre la mujer se encuentran tanto mujeres malas, como hombres que han sido apaleados física o psicológicamente y se niegan a reconocerlo. También creo que las mujeres hemos recorrido en poco tiempo un camino muy largo, que necesariamente chirria en relación con milenios casi en exclusiva marcados por la biología. Hemos parido el mundo y el mundo, ahora que programamos lavadoras desde consejos de administración, se nos está cayendo un poco encima. Ahora bien, vayamos al hecho que ha propiciado este post y a la marea de fondo que encierra. Un tribunal ha resuelto en un caso sobre identidad sexual, aplicando en Nueva Gales del Sur una de sus leyes, la que dice que los géneros son tres: hombre, mujer y neutro.

El ser en cuestión, a medio pelar y de inquietante mirada, puede ser, o mejor dicho, sentirse lo que quiera; ¡faltaría más! La cuestión no es “ello”, sino el lío de la ley. Las leyes son normas generales, es decir, que amparan la mayoría estadística, y en nuestra concepción actual del derecho y de la igualdad repele la ley singular como debería resultarnos repulsivo dar carta de normalidad a no sentirse ¿nada?, cuando la neutralidad identitaria es claramente una anomalía. Sería como en política se autodenominan los “ciudadanos del mundo”, esos, que tan bien describió Kipling cuando a renglón seguido, decía con humor, se parten la cara por defender que su terruño particular es el mejor del mundo.

Pero es que otro signo de los tiempos es no poder llamar a nada por su nombre, tiempo viscoso y sin contornos definidos donde todo vale, es decir, donde el único principio aceptable es que los principios no tengan sentido, excepto para desmontar la ley incluso por el hecho de defenderla a golpes.

Hombre que se siente hombre, mujer que se siente mujer; hombre que se siente mujer, mujer que se siente hombre. Hasta aquí, con más o menos tolerancia, todo el mundo entiende de qué hablamos. Luego vino Bibiana (¡qué casualidad!) Aído con sus miembras, le pusimos al juez una a”, sin darnos cuenta de que sí existen palabras neutras, y después de haber feminizado lo no feminizable, ahora resulta que creamos la neutralidad sexual, que por definición no existe más que en la patología, porque supone negar la potencialidad del dimorfismo sexual, es decir de una de las funciones esenciales del ser humano y de todo animal, esas que nos explican casi desde la infancia en los libros de ciencias naturales: nutrición, reproducción y relación. No hemos hecho del autismo una opción, porque no lo es; tampoco de las alergias alimentarias; si alguien no es capaz de identificarse ¿elevamos a la categoría de opción lo que a todas luces es un tropiezo?

Ah, pero en el tema sexual cualquier crítica es tratada como una intolerancia. Hemos hecho tal renuncia a nuestra condición, que comemos huevos de gallinas felices, pero ni meterse con el sexo neutro. Ahora, cuando ya hemos aceptado que la neutralidad informativa no existe, que ser moralmente neutral no es un valor, que objetividad y neutralidad no es lo mismo, una ley ha clasificado una persona en una morfología lingüística, obviando la naturaleza en pro de la corrección política. 

Ése fue el tema de esta semana, aunque no lo parezca; a partir de hoy mismo empieza el tiempo en que se visualiza lo que hace tiempo es evidente: la mayoría parlamentaria en Cataluña quiere pide algo que está en la antípoda de lo que la mayoría parlamentaria española está dispuesta a dar. Imagínense si, con esos mimbres es posible una reforma constitucional, es decir, el consenso, que quiere decir compartir sentido. No cabe neutralidad al respecto.


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