Apaga y vámonos

Mutaciones constitucionales

Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, otrora voz disonante del Partido Popular, y por siempre criterio tenido en consideración en las estribaciones políticas del Derecho Constitucional, ha hecho una propuesta en la voluntad de buscar soluciones a la cada vez más complicada situación en que se encuentran las relaciones entre los gobernantes catalanes y españoles, y por tanto, si creemos en su representatividad democrática de sus respectivas sociedades, entre Cataluña y España. O mejor dicho, entre Cataluña y el resto de España.

La propuesta se me antoja algo confusa, ya que de una parte dice que no debería reformarse la Carta Magna (jardín en el que la falta de consensos aboca los números de las mayorías necesarias al más absoluto fracaso), pero en cambio apela a la inclusión de una adicional que resalte la singularidad catalana y blinde los aspectos que constituyen esa singularidad. Sin detallar éstos (podríamos intuir que son la lengua, la cultura y, si me apuran, un modelo de financiación semejante al de Navarra) y sin resolver bajo qué fórmula mantendría la misma forma con aplicación distinta lo que es reforma (adición de contenidos) o casi revisión total (pues la singularidad catalana cambia de forma radical el complejo mapa de relaciones institucionales en el conjunto del Estado y su reflejo constitucional actual), Herrero nada dice sobre el hecho de que la misma falta de voluntades que impide una reforma constitucional en toda regla mina el origen de cualquier mutación que pueda proponerse. En definitiva, ¿qué partes harán un pacto de Estado cuando todos sabemos que no querrían ponerlo negro sobre blanco en la reforma?

Una mutación constitucional, por otra parte, no deja de ser una constatación a posteriori de la deriva de una determinada praxis institucional. Es mutación el modo en que se ha materializado un Estado de las autonomías pensado para unos pocos y aplicado frívola y envidiosamente sobre todos los territorios; más aún, es mutación la tarea solapada de recentralización que está llevando a cabo el Gobierno de Mariano Rajoy con la esperanza vana de que los partidos oportunistas de las barriadas del sistema no continúen clamando por una todavía mayor, hasta el punto incluso de pedir la supresión del actual sistema. Así, en ese clima en el que una eventual reforma haría a sus valedores proponer modelos antagónicos para una nueva España, ¿qué pacto de Estado va a permitir a sus actores –presumiblemente PP y PSOE- proponer lo que les quitaría votos sin contentar a los partidos de clave territorial, también presionados por otros que vienen justamente del otro confín del mundo político?

La singularidad catalana cambia de forma radical el complejo mapa de relaciones institucionales en el conjunto del Estado

Una mutación constitucional es un efecto y no un factor causante, porque es la constatación de que un cambio en la interpretación de las palabras de la ley se ha producido por su uso (o incluso por su desuso). Y en cambio, lo que Herrero propone, no le niego la mejor de las voluntades, es poner en el centro del sistema lo que sólo sobrevive en el borde, llevar a un campo de juego que él cree neutral (pero ninguno de los aproximables comulga en ello) al PP de la mayoría absoluta del bracete del PSOE de Rubalcaba (mejor dicho, de Susana Díaz), por una parte, mientras en la otra CiU, mal que le pese, o no, se desliza sin frenos hacia las posiciones diametralmente opuestas, clamando por las estructuras de Estado, compelida a ello por la parte más visible de la sociedad civil catalana y arropada por una ERC que tiene que agradecer a la desmemoria colectiva que haya olvidado cuando abrazaba sin ambages al PSC.

Herrero quiere que la mutación se escriba en una adicional de la singularidad catalana. Imagino que supone que sería tan fácil como lo fue la reforma del art. 135 con el que se pretendió garantizar la estabilidad presupuestaria por encima de todas las cosas. Pero ni una reforma es una mutación, ni en el presente hay mutación previa que justifique esa reforma. Lo único cierto es que, ironías del destino, Zapatero tenía razón al decir que el concepto de nación es discutido y discutible; la prueba está en que no nos ponemos de acuerdo en quién lo sea y qué suponga, porque por más que se miente en las leyes, su ascendiente es sociológico, histórico, hasta psicológico, pero nunca jurídico. Con la disolución por vaguedad del concepto de nación, también se tambalea la propia consideración de la soberanía, que ya tenía intérpretes en todas las disciplinas y que entre los juristas sólo el positivismo consiguió aquilatar en algo concreto: la capacidad de emanar normas supremas. ¡Ah! Pero, ¿cuáles son tal en el presente de la incertidumbre, de la Europa por hacer, de la geoestrategia basada en los recursos naturales? ¿Qué es la soberanía, si no una vana pretensión de ser considerado su poseedor en un mundo multipolar y voluble?

El ser humano, cada vez más líquido, ¿será capaz de dotar de consistencia sus afirmaciones jurídicas sobre lo que sean sus marcos de convivencia? ¿Podrá definir un pueblo con verdaderas señas de identidad? ¿Identificará sin exclusiones las raíces que definen grupos humanos cada vez más hibridados, cada vez más alejados de sus verdaderos anclajes morales, de sus constantes trascedentes, de su esencia? Ésa es la única y triste mutación que yo percibo; mientras en los extremos del sistema unos cuantos tienen clara Cataluña o España por su conveniencia económica o por su sentido secular, en el centro de la discusión los ambivalentes se decantan por una u otra cosa en razón de pulsiones que pueden ser alteradas por un golpe de viento cualquiera, por palabras mal pronunciadas, por humores viscerales poco domeñados. Frente al Rajoy de la indolencia personal y la impostada negación de inteligencia emocional, está creciendo por momentos el convencimiento mayoritario de que no hay otra salida que cortar. Y como la situación ya le está bien al independentismo, se adivina que la mutación no será la que propone Herrero, sino la que deriva de que España dentro de poco será menos gente y menos territorio. Una mutación digna de una película de ciencia ficción. 


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