Apaga y vámonos

Miley Cyrus como metáfora

Juguemos con las palabras: el tema sirio es serio, pero siempre lo fue, ¿o es que no se ha dicho hasta la extremaunción -aunque lo hayan negado cuatro intelectuales que siempre van contra todo- que lo que viene es un choque de civilizaciones? La fuga sistemática de legitimidad en la democracia es su dificultad para acotar qué no puede decidir la mayoría, y la razón de esa fuga es su incapacidad para distinguir el bien del mal, para afirmar que la verdad existe y que las decisiones que violan esos principios esenciales son sencillamente aberraciones. Ha sido así desde la noche de los tiempos, y como diría un buen conservador, lo que funciona, ¿para qué cambiarlo?

Sigo con las cacofonías, el tema del Peñón es un peñazo y también lo es desde antaño. No nos gusta reconocernos pensando en clave glandular, pero ésa es la única interpretación posible para los asuntos de las patrias. De otro modo ¿qué más daría ser francés, alemán o inglés? No digo ya de Mozambique o Cuba, porque en ello más que la patria nos podemos jugar la libertad o la cabeza, pero en clave occidental, cualquier reivindicación de lo bien que hacemos las cosas, del orgullo de la pertenencia tiene una (honrosa, si se quiere) vertiente emocional insoslayable. Por eso deberíamos analizar con calma lo que significan las banderas británicas colgando de los balcones gibraltareños, como las de españolas de los submarinistas que estos días han causado tantas simpatías en nuestros lares. El poeta decía que la verdadera patria es la infancia, y no le faltaba razón.

En cambio me parece que los temas tangibles de esta semana en que agoniza agosto pertenecen a la vida cotidiana con distintos colores y valores: violaciones en masa en la India. Ese país maravilloso por el que unas cuantas amistades mías sienten auténtica devoción, el lugar en el que la filosofía occidental se reduce al tamaño de un teletubbi frente a la profundidad de sus reflexiones, la cuna de tanto matemático natural luego importado por el país con las mejores universidades del planeta, alberga en su seno bandas incontroladas de personas que, y por lo menos ya van tres que conozcamos, se dedican a violar en grupo a mujeres. Como Europa ya ha tenido sus pederastas asesinos, sus padres violadores, sus desórdenes morales de todo tipo, no deberíamos sorprenderlos por la paradoja, pero yo no puedo aceptar que el bien y el mal se den la mano de forma tan estrecha, aunque sé desde hace mucho que suele vivir en la puerta de al lado, en el mismo rellano de nuestra escalera.

La cuestión adjetiva a ese tipo de asuntos, y no por ello banal, es que se mimetizan con mayor facilidad los comportamientos aberrantes que los loables. Para muestra, la semana nos da, más allá de la corrupción política y económica, y de las tres mujeres indias tristemente noticia, el ejemplo de Miley Cyrus. La que fue estrella de la factoría Disney, conocida como Hanna Montana, lleva armando numeritos escandalosos desde que dejó de serlo. Pasar sin solución de continuidad de encandilar niñas de 7 años con sus canciones pastel a frotar las posaderas contra los genitales de su famoso (e inmóvil) partenaire en la gala de la MTV es la historia del patético recorrido al que se ve abocado cualquier personaje, en el ámbito que sea, cuando se convierte en prisionero de la peor y más adictiva de las drogas: la fama. Veinte años de vida, de los que diez famosa, hacen de Cyrus candidata al centro de internamiento más estricto en el que intentar descolgarse. Ella sabe que cuanto más escandalosa sea una actitud mayores posibilidades tiene su autor de encumbrarse frente a la caterva de fans masoquistas que le sigan: Justin Bieber escupe a sus fans, siguiendo la estela de los mayores maltratadores del rock, y Miley Cyrus, que a lo sumo llegará a ser Drew Barrymore, pretende emular a Lady Gaga, que intenta ser Madonna, que creyó ser Marilyn, que en el fondo ya miraba a Mae West. Revestirse de escándalo puede significar obtener una oportunidad para demostrar que se posee alguna otra habilidad que el starsystem les pueda comprar. El precio es carísimo, y, no nos engañemos, el escándalo sólo es una puerta si el público la abre. Así en la política es nuestra pose escandalizada sin trasfondo lo que permite el mantenimiento del sistema, el endiosamiento de políticos, banqueros, grandes empresarios y todos sus corifeos mediáticos. En la mayor parte de los casos, maníacos de estar donde todo reluce, donde se les tiene en cuenta. Salir de ahí, aunque tengan los bolsillos llenos, es un dolor y a su empeño en no apartarse de la cosa pública le llaman servicio a la patria. De nuevo la dichosa patria, como si no pudieran hacerle servicio harto mayor desde su silencio.

Todos parecemos estar convencidos de que con el paso del tiempo la situación mejorará, si no, es incomprensible nuestro tremendo dispendio de tiempo en actividades banales: el cotilleo sin fundamento, la afrenta gratuita, la curiosidad malsana por todas las Miley Cyrus de nuestro universo, el apetito desmedido por mejorar la posición económica, por “prosperar”, ése es el verbo. ¿Y si de aquí a diez años todo está igual de mal? Como habremos permitido que las responsabilidades de nuestros hijos sean sólo nuestras, su debilidad adquirida les puede hacer a un tiempo insensibles a la depauperación de su entorno e incapaces de mejorarlo en el improbable caso de que el asunto les escandalice.

Mientras, el silencio más pesado se extiende donde debería haber contacto: asistimos cual convidados de piedra al creciente e inapelable aislamiento de nuestros hijos en sus smartphones y tabletas, esas mismas en las que dicen que se refugian cada vez más las madres supuestamente dedicadas al “cuidado de los hijos y sus labores”; elevamos a la categoría de gurú a Risto Mejide por haber dicho que el esfuerzo es necesario; y asistimos sin saberlo a los últimos días de, y éste merece comentario aparte, el inconmensurable Nelson Mandela. Pero estamos demasiado ocupados mirando a Miley Cyrus.


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