Apaga y vámonos

Maestros ¿para qué?

Cada cierto tiempo nuestro sistema aparenta sorprenderse con alguna dinámica que, enquistada desde siempre para beneficio de algunos, perjudica a una mayoría atacada de desidia. Pillado en falta el gobernante o sus colaterales, todo el mundo se lleva las manos a la cabeza, pone en la picota al infractor y hace grandes discursos sobre eso de que no volverá a pasar, porque se van a tomar medidas estructurales (la palabra siempre es “estructural”) para expulsar del ámbito que sea la posibilidad remota de que vuelva a producirse. Lo hemos hecho con Urdangarín (fíjense que se ha hecho noticia de que pidiese al Rey que le echase una mano ¡¡para conseguir patrocinador en un evento!! Como si eso fuera una novedad en el mundo del patrocinio…) Ahora ya está a los pies de los caballos para eficiente cortina de humo de cuantos hayan barrido el suelo con la cabeza ante él durante años. Mientras miramos hacia el yerno enterrado para distracción popular, nos han colado entre dos hechos menores, por previsibles y obvios (endurecimiento de las prejubilaciones y datos sobre la entronización del nuevo Papa), el mayor mazazo a la seguridad jurídica en Europa nunca visto, la tasa (véase expropiación monetaria) a los depósitos bancarios de los chipriotas, una medida que mientras escribo esto están intentando vestir de acuerdo parlamentario.

En ese terreno que mezcla lo esencial con lo anecdótico para que la mayoría acabe ignorante de casi todo, llegan a la picota los maestros, que debe ser que alguien ha sentido envidia de que el colectivo gozase de una más o menos respetable reputación entre la gente, a tenor de lo que refleja el barómetro del CIS del mes de febrero. Pero así como el tema de Undargarín acabará en el saco del olvido tarde o temprano, ya que obligado será no tirar de la manta más de lo necesario, el tema de los aspirantes a maestros que se presentaron en la Comunidad de Madrid a las pruebas y acabaron confundiendo los escrúpulos con unas algas marinas tiene para el sostenimiento de nuestra confianza en el sistema una enjundia mayor de la que a simple vista podamos imaginar.

En una de tantas reformas del sistema educativo español los pedagogos se vieron sustituidos por los maestros en eso de formar durante las primeras etapas de la enseñanza obligatoria. Cuando llegó lo de hacer de Magisterio el grado que no había sido antaño, ya habíamos pasado de hablar de la escuela de Summerhill a la de la plastilina, y piénsese que era ese el tiempo en el que se decía que España iba bien entre ladrillos y parasoles. Que el tema no es menor quedó de manifiesto en la agria dialéctica entablada entre el ministro Wert y la Consejera de enseñanza catalana, en torno a si debía o no ser españolizada la infancia que transita por las aulas catalanas, del mismo modo que en su día se enfrentaron socialistas y populares sobre la asignatura de Educación para la Ciudadanía, como, aún más atrás en el tiempo fue el art. 27 de la Constitución uno de los más controvertidos durante el debate constituyente. El tema no es menor, el tema es el tema, permítanme la redundancia, y todo el mundo lo sabe; de ahí que la formación de los educadores sea crucial, y es justamente el ámbito en el que la política no se ha metido, porque no ha sabido o porque no ha querido, lo cual habla más si cabe de la incompetencia del gobernante que del resultado en sí.

En países cuya apuesta por la educación se entiende capital para el futuro ético y productivo de la comunidad, la nota de corte exigida para entrar en las facultades de magisterio es tan alta como la que se exige en Medicina. Ello supone que el filtro sobre lo que saben (las cuatro reglas matemáticas, y los ríos que vertebran su país, amén del léxico mínimo para andar por la vida) se dan al principio y no al final de su formación como maestros. De ese modo con dificultad se habría podido producir en las pruebas para acceder a una plaza en el sistema el esperpento que hemos sabido que se ha producido en Madrid. Pero dejando a un lado esa actitud y el efecto estético que produce sobre la imagen de los opositandos, el debate de fondo debe referirse a cuáles deban ser los objetivos formativos de los futuros maestros. ¿Qué deben aprender? ¿Qué deben enseñar en este tiempo en que cualquier tierno infante de ocho años ya sabe que el mundo cabe en un Smartphone? La falibilidad humana puede ser objetada por el discente espabilado: “No profe, Napoleón no murió en 1820, sino el año siguiente”. Es obvio que en el mundo de la ingente información la clave se transmitir criterio para discriminarla, eficacia y eficiencia en su uso, habilidad para distinguir el ruido de las nueces; y si el docente se plantea una responsabilidad aún mayor, en dar instrumentos para equilibrar la competencia con la ética cívica. Pero para eso ¿están preparados? ¿Por quién? ¿Cómo? Vigilar al vigilante nunca fue más crucial, porque sabemos a ciencia cierta por qué mantenemos en prisión a un delincuente, pero la discusión se tornaría infinita si de una vez abordásemos el debate sobre el maestro, su papel y el papel de quien decide que lo sea.


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