Apaga y vámonos

Lou Reed, Parot, o cómo jugar con nuestros órganos

Se ha muerto Lou Reed. Lo hizo plácidamente en su casa, con sus seres queridos, después de haber sabido que el hígado prestado no iba a sacarle de mayores penas que el propio, porque el órgano donado rechazaba sustituir al que castigó durante años con tal ahínco que los conciertos del maestro eran también foco de atención morbosa para quienes creían que podrían verlo morir en directo. Se murió y a la historia, junto a su talento y carisma artísticos, no pasarán sus continuos atentados contra sí mismo, los pequeños asesinatos diarios contra el templo sagrado del alma que acumuló en los años de locura warholiana. Se hizo realidad en él la máxima católica de que cada uno de nuestros días puede ser el primero del resto de nuestras vidas, y que ese día de renacimiento tiene a los ojos de Dios la importancia concedida al hijo pródigo; toda la importancia.

Van siendo excarcelados estos días algunos de los asesinos múltiples que, en aras al (y cito a los autores) “enaltecimiento y emancipación de la patria vasca y desde las trincheras de la guerrilla contra el ejército opresor”, sembraron el terror por las calles del País Vasco a medida que llenaban de cadáveres absurdos la memoria individual de una parte importante de su gente y la memoria colectiva de varias generaciones. Sólo desde la simbología se puede entender la indignación de las víctimas por el hecho de que se hayan echado por tierra las ganas de los dolientes de que los condenados siguiera unos cuantos años más en la cárcel, porque la verdad es que flaca es la diferencia entre veinte o treinta de prisión, si recordamos que muchos de ellos acumulaban mil. Más pronto o más tarde iban a salir a la calle, y lo único que ha hecho la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, es acelerar un poco el tiempo en que dejarán de vivir a la sombra del erario público, con una decisión que, a la postre, puede colaborar en la resolución definitiva (y política) del conflicto eterno.

Sea como sea, a los ojos de las víctimas, y de sus familiares y amigos, que también lo son, suena a bofetada que “los malos” ganen una batalla judicial a “los buenos”; siempre se leen así las sentencias, sean sobre terrorismo o sobre un divorcio. Y en este caso es mucho más plausible que la lectura rebose indignación cuando quienes la efectúan fueron durante mucho tiempo alimentados en la idea de que la venganza sería implacable y de que tendrían un papel protagonista en las decisiones políticas sobre el tema. Pero ni una cosa ni otra puede acontecer; una, la de que la víctima decida, porque la política está ya en manos de una parte de los que se dedican a la política, la casta, que vive al margen del sufrimiento de a pie, y porque las decisiones generales, si así son tratadas por quien las toma, no pueden ser adoptadas desde lo parcial. Y la segunda, la de que la función de venganza (justicia retributiva) que lleva a cabo la pena sería incluso más larga de lo que la norma penitenciaria preveía, tiene en nuestro sistema una serie de límites entre los que no son menores la irretroactividad de las disposiciones que son desfavorables para el reo y el paralelo principio de legalidad penal.

La decisión de Estrasburgo sobre la doctrina Parot, en espera de la que emita sobre los procesos de ocupación de inmuebles y el eventual  derecho  a la vivienda que de ahí derive, tiene además una serie de implicaciones políticas mucho más importantes que la manifestación de estos días pasados en Madrid, porque las personas que allí acudieron no eran tantas como se empeñan los medios de comunicación en resaltar por intereses muy diversos, pero las proclamas de los políticos que se unieron a la comitiva sí son de antología.

En primer lugar hay que resaltar el valor que conceden a las instancias jurisdiccionales quienes se pasan el día llenándose la boca con el respeto a los órganos y a las decisiones que adopten. Al criticar la politización de la sentencia ¿son conscientes de que legitiman la crítica que otros hicieron a otras resoluciones judiciales, pongamos por caso, la manifestación contra la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán, las críticas que ha recibido la juez Alaya en el caso de los EREs, la lluvia fina vertida sobre diversos magistrados de la Audiencia Nacional, sin ir más lejos, el ya expulsado juez Garzón? Casi nunca las críticas son de carácter técnico. Acostumbrados como fuimos por la presidenta Casas del TC, en su patética genuflexión ante la fashion victim vicepresidenta de la Vega, hoy a su vez ya incorporada a la jet aideológica que rodea al poder, no nos queda perspectiva para recordar que no podemos, mejor dicho, no debemos presumir de ser capaces de condicionar al poder judicial o al tribunal garante de la Constitución. Gritar en la calle que Rajoy es traidor por no haber sido capaz de doblegar al tribunal de acuerdo con los deseos de las víctimas va más allá de pedir que la sentencia se incumpla, que ya sería gordo por incongruente en los siempre defensores de las sentencias cuando las sentencias les gustan; es aceptar que éste es un juego entre truhanes, en el que cada cual se jacta de tenerla más larga y que si no da satisfacción a quienes lo jalean es simplemente un cobarde. Deberán acordarse, por eso también, quienes constantemente piden al presidente del Gobierno que sea que se pliegue a sus consignas, que no todo se puede pedir, y que en cualquier caso, no todo se puede conceder. Y que el liderazgo consiste, entre otras cosas, en arrostrar la eventualidad del abucheo en el momento de abrir un camino.

Con actitudes como las que expresaban los políticos presentes en la manifestación, el valor de los tribunales en el sistema político democrático queda reducido a menos que cero. La consideración que se hace, siempre parcial, de cualquier decisión política demuestra bien a las claras que, si algún día existió, ha muerto la idea del bien común y que a ello contribuyen no sólo los partidos que se debaten en el fango de su corrupción, aniquilados por el hecho de que hoy las nuevas tecnologías permiten compensar nuestra falta de memoria; es que también contribuyen quienes, dentro de esos partidos, o en los enanos que le crecen en la cabeza bajo la forma de esperanzas blancas que ya mimetizan sus formas, nos hablan de regeneración, de nuevas reglas del juego, cuando sólo pretenden instaurar aquellas que les permitan ser los nuevos usufructuarios del pastel.

Pero en segunda instancia y a un nivel más profundo debemos encararnos con el espejo y decir: ¿Quiénes son todos ellos sino nuestro propio detrito? Eres lo que comes, nos dicen ahora los de la alimentación ecológica. Pues bien también somos lo que votamos desde la atalaya de nuestra delegación constante de la responsabilidad de participar en la vida pública, desde nuestra indolencia ante el hecho de ser capaces de leer algo más que la programación de esa televisión que nos contamina más que los pesticidas, desde nuestra ilegítima crítica de lo que aplaudimos cuando nos favorece, sea una sentencia o la colocación del conteiner de la basura fuera del alcance de nuestro olfato.

Entre esos temas de los que hemos hecho dejación está el del mal, que aflora sólo de refilón en la sentencia de Estrasburgo. Porque aunque se manifiesten las víctimas de los terroristas, cabe la posibilidad, como así ha sido en algunos casos, de que un terrorista se arrepienta, mire directamente a una de esas personas que se manifestaban el domingo pasado y le diga “Perdóname, castigué mi alma y la tuya durante mucho tiempo, pero estoy profundamente arrepentido, te suplico que me perdones”. Puede que la víctima no perdone, como ocurre con el hígado de Reed, pero Reed ha podido morir en paz. En cambio no puede haber paz ni tregua para el mal que no remite, para quien sabemos que mil años de condena no lo curarían, porque es estructuralmente malo. Para ése nuestra falta de consistencia moral, nuestra debilidad para enfrentarnos a los límites de nuestras buenistas teorías sociales, no ha encontrado solución. Porque parecemos no ser capaces de aceptar la ineludible condición mortal de nuestra carne y la defunción, tal vez definitiva, de las almas de algunos vivos.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba