Apaga y vámonos

Imputar a una infanta

Comparto con el juez Castro, en cuya instrucción del 'caso Nóos' ha decidido imputar a la infanta Cristina por el delito de blanqueo de capitales, que la decisión no va a hacer tambalear los pilares del Estado. Los del Estado de Derecho no los afecta porque los consolida el hecho de que se practique en la diaria actividad judicial ese derecho fundamental que es la tutela judicial efectiva: la infanta tiene sus letrados, mejores sin duda que los que en general defenderían a un nadie que debe echar mano del turno de oficio, y con ellos responderá a interrogatorios, formulará recursos, en fin, como cualquiera, pero mejor que muchos. Nada padece, pues, en esa conquista humana que consiste en sujetar el poder a las normas, en el llamado Estado de Derecho.

Preguntémonos en segundo lugar si por la imputación pueden padecer los cimientos de la Monarquía. Mi respuesta, a primer impulso, es que no, porque la infanta, que es familia real, pero no es su hermano, puede ser incluso un buen chivo expiatorio en todo el proceso de desgaste de la institución: se inmola a la infanta, se salva la Corona, y además se le provoca a ésta un lavado de fachada, que buena falta le hace, ahora que para mucho más de la mitad sería conveniente que el Rey abdicase; no fuera que una eventual abdicación se convirtiera en el finiquito de todo.

Imputar acrecienta la defensa de quien antes de serlo ya sido crucificado, porque aunque los medios de comunicación hacen lo imposible para que parezca lo contrario, el imputado no es culpable, y en cambio de ese modo, puede conocer la causa y hablar en ella. Además, imputar induce a consolidar esa idea, por otra parte falsa de raíz, de que todos somos iguales. Ni lo somos ni falta que hace: sólo la igualdad en valor (que incluye nuestra condición mortal) se puede garantizar, el resto, ni siquiera la suerte en la lotería o el modo en que hemos de morir, puede ser igualitario. Pero bienvenida sea la idea anestesiante de que lo somos, incluso si lo hace de la mano de la imputación de una infanta.

Hay que diferenciar a la familia real de la Corona, y a ésta del Rey

Pero hay que diferenciar a la familia real de la Corona, y a ésta del Rey. La Corona es símbolo de unidad y permanencia del Estado. Es neutra políticamente como no puede serlo del mismo modo ninguna otra, ya que, excepto en su tradicional vinculación a la confesión católica (creo que si en cincuenta años la confesión mayoritaria cambiase de forma radical, también lo haría la de sus reyes), no deben conocerse en los reyes preferencias ideológicas, excepción hecha, obviamente de las que tienen que ver con su propia existencia; es decir, que imagino que se antojará lógico que los reyes sean… monárquicos.

Durante mucho tiempo, el juancarlismo estuvo por encima de la tradicional división entre monárquicos y republicanos. De estos últimos, sólo los más recalcitrantes habrían podido preferir que Aznar fuera un eventual jefe de república a que el cargo de la jefatura del Estado sea hereditario (condición que, por cierto, no siempre tuvo). Si la opción es monarquía o república, yo he sido, por tendencia y por convencimiento racional, amén de por mínimamente estudiosa del Derecho, monárquica. Y ¿saben que les digo? Que visto el sarao que se ha montado en torno al tema, es decir, vislumbrando las alternativas a los que hay, me siento cada vez más segura de que la opción es, por lo pronto, la menos mala posible. Me pasa como a Churchill con la democracia, y como él, conservadora: si las cosas funcionan, ¿para qué tocarlas?. Y las que funcionan con problemas, no deberían tocarse mientras no exista una alternativa de la que se pueda presumir que no las va a empeorar.

Y es que además, la monarquía no son sus reyes, como la iglesia no son sus curas. Confundir la institución con las personas que en un determinado momento desempeñen la función sólo conduce al nihilismo más absoluto; justamente para evitarlo otras épocas formularon el tiranicidio, la santa indignación, y el momento presente nos ofrece las alternativas que democráticamente nos brinden la esperanza de superar la situación. La monarquía borbónica encarnada en Juan Carlos I cuenta en España con tres tipos de enemigos: los que consideran a la persona un traidor (a la causa franquista) y/o un ladrón (por entender imposible el aumento ingente de su fortuna sólo sobre la base del ahorro en la asignación presupuestaria anual); los republicanos, que consideran la institución una afrenta a la democracia, ya que el cargo se hereda; y el catalanismo basado en la historia, que ha fraguado la nación catalana sobre la demonización del primer Borbón, Felipe V, y sus afrancesados Decretos de Nueva Planta.

La opción de la monarquía es, por lo pronto, la menos mala posible

De nada le ha servido a esa corona borbónica hablar catalán y recordar el Principat de Girona, o intimar con el PSOE como nunca jamás lo hizo con el PP, o mentar a Franco como (gloso) “una personalidad trascendental para la historia de España”, o haber conseguido para las empresas españolas multitud de contactos, oportunidades de negocio, capacidad de expansión. Corinna ha pesado mucho más que la elección de Suárez; un elefante ha tenido más importancia que la Constitución de 1978, en la que la Corona dejaba de ser una monarquía absoluta; la imagen de la reina junto a su yerno, de apellido Undargarin, pero yerno al fin y sin haber asesinado a nadie, ha tenido más valor que su apoyo a la cultura, que su actividad diplomática valiosísima desde la retaguardia, que contrarrestar con su vegetarianismo las cacerías (por otro lado demonizadas desde la ignorancia y el buenismo, tanto como la tauromaquia); que aguantar lo indecible por saber que lo del divorcio “porque ya no soy feliz” es una solemne irresponsabilidad en la casa de los reyes.

Nuestra memoria es de pez incluso (o sobre todo) para el reconocimiento. A la mayor parte de la gente joven la diferencia entre Franco y Juan Carlos no le da ni frío, ni calor, por no saber no saben tampoco distinguirlos de Suárez, o de cualquiera de los presidentes de Gobierno que los sucedieron. Excepto los que han hecho fortuna con sus cargos, y han coadyuvado al desprestigio institucional actual, si lo supieran, no sé si aceptarían volver a hacer de su vida un escalón de la historia, a costa de su familia, de su tranquilidad, de su comodidad. Y si no, pregúnteselo cada uno para sus adentros, todos los minutos de vida que estaría dispuesto a regalar a cambio de nada.

La infanta ha sido imputada; úsese como oportunidad para separar el grano de la paja, hacer justicia ajena observando siempre primero los propios pecados, y recapacitar sobre el modo en que cuanto hagamos sirva para dar otro paso civilizatorio hacia adelante.


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