Apaga y vámonos

Hadrones, ladrones y un bosón de Dios

Podemos indignarnos por el hecho de que, mientras hay niños que no toman más comida al día que la que reciben en su colegio, el Parlamento catalán haya dedicado parte de un pleno a doblegar la voluntad de su gobierno y volver a instaurar la merienda en el régimen alimenticio de los presos. Y tendremos razón. Es un claro ejemplo de cómo hay representantes (y en ese Parlamento abonaron la idea, socialistas, comunistas, republicanos y populares) que no merecen serlo por su capacidad para dar pasto a una idea que se extiende por España a la velocidad de la luz, la de eliminar el régimen autonómico. Pero no se engañen quienes creen que sin autonomías todo estaría resuelto: el mejor modelo se pervierte por su mala aplicación y  los debates estériles no son patrimonio de uno u otro nivel administrativo. Vean, por ejemplo, el nivel central de gobierno, que desdeñando adentrarse en el modo y manera de reformular la estructura del Estado a fin y efecto de hacerla eficiente y satisfactoria a la vez, se dedica más a contemporizar con Merkel que con sus ciudadanos, porque es más fácil decir “sí, señora” por teléfono que explicar desde un atril a una caldeada ciudadanía que donde se dijo “mal” hay que decir “peor, que estos recortes de ahora nada habrán de ser si se comparan con lo que vendrá, pero que no les importa perder (más) votos si con ello recuperan la credibilidad que como clase política han despilfarrado a espuertas.

Ladrón, que rima con hadrón

Mientras la acción de gobierno y sus corifeos siguen empantanados en la mismas aguas de siglos y siglos de humana condición, la ciencia, lo admita o no Popper, avanza en su búsqueda de la verdad, y, apartando hadrones en un portentoso acelerador, ha conseguido acorralar (es un decir, y no quiere ser blasfemia) la música de la sombra de un aliento de Dios. Casi lloro, como lo hizo su Juan el Bautista, cuando hace unos días se dijo que sí, que en una probabilidad tendente infinitesimal al ciento por ciento, eso que no podía dejar de estar en el espacio constreñido era el bosón que el profeta  Higgs anunció hace décadas. Y mi casi llanto no era por el salto portentoso de la física (que también), ni por las magníficas consecuencias que va a tener en tantos ámbitos tecnológicos (que quizás sea para alegrarse, aunque no lo sé) Me emocionó la esperanza que debería provocarnos saber que algunos esfuerzos pueden durar décadas, pero que dan su fruto; que la fe no es tangible, pero que mueve montañas. Y que sí, que hará falta tanto dinero como se ha puesto en el CERN para que el túnel se acabe, y que sí, que por el camino, en vez de hadrones a apartar, habrá ladrones a encarcelar, pero que es preciso que no desfallezcamos. No tengo la confianza de otros en el hecho de que la justicia penal pueda dar con los huesos en la cárcel de tanto mangante en danza, porque no es tan sencillo llamar estafador a quien te vende el cielo si en la mano llevaba un folleto que dice que el cielo es de latón pintado de azul, pero sí comparto que la turba quiere sangre en la que colmar su indignación y que algún ladrón lanzarán a los leones, cual hadrón al acelerador, para que se lo coman y así los más ingenuos crean que el sistema “funciona”.

Y un bosón de esperanza nueva

Sí, el ser humano es capaz de lo peor, pero es también el rincón iluminado de la superación, cuando se lo propone. En cada uno de nosotros anida un bosón de Dios dispuesto a ligar nuestra masa más banal con los 21 gramos de nuestra alma. No sólo porque desconocemos nuestra capacidad de soportar el sufrimiento hasta que nos alcanzan daños que pensábamos insufribles, sino porque sólo en la desesperación empezarán a moverse cuantos creen que esto no va con ellos, que porque han colocado cuatro billetes de quinientos euros en una maceta de su casa podrán salir adelante y sobrevivir cuando todo se desmonte. Pero como decía aquel que no era Bertold Brecht, nada hizo quien no se sentía compelido por ninguna causa ajena hasta que, llegada la propia, ya nadie quedaba para defenderla con él. Esa enorme franja de nuestra comunidad que aún habita en la llamada clase media debe ser capaz de organizarse, articular su discurso, alzar sus líderes dejando a un lado, como dije en mi anterior post, su cobardía y su envidia, para desalojar a todos y cada uno de los que hoy se arrogan la capacidad de representarnos  y mandarlos directamente al paro. Son pocos en comparación con los que ellos  piensan lanzar de entre nosotros a la miseria para seguir viviendo del momio; podremos soportar que consuman menos,  a cambio de que desaparezcan. Ese día empezará de nuevo todo, y aunque como en el de la marmota, será ara volver a equivocarnos, tendremos el consuelo de haber ganado una vez más algo de tiempo para mejor usar la libertad de la que fuimos dotados. 


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