Apaga y vámonos

Hablar claro tiene demasiados costes

¿Cómo identificar la verdad? Ahora que todo el mundo parecía tener claro quién era el malo de nuestra película, esa canciller alemana empeñada en la austeridad, y va y se descuelga con ayudas a lo plan Marshall para que el crédito llegue a la pequeña y mediana empresa. Ahora que ya nos habían dicho hasta la saciedad que estamos al final del último párrafo del epílogo de la crisis, y va y se descuelgan los periódicos con que el Gobierno lucha para evitar que peligren los depósitos bancarios, el último reducto en el que creíamos que se aplicaba la seguridad jurídica hasta que sucedió lo de Chipre. Ahora que ya estábamos a punto de ver a los titulares de las preferentes resignarse (o suicidarse) dando por hecho que habían perdido su dinero, y se descuelga el FROB con que va a pagar contante y sonante a los damnificados, aunque llega tarde para el bancario apuñalado por el policía desesperado. En torno al déficit fiscal y las balanzas ídem, tenemos otro tanto de lo mismo cuando se pelean dos extremos de España en torno a la pretensión de ser el pagano de la fiesta de los otros, y un retruécano extraño cuando nadie acierta en torno a cómo cuadrar unas cuentas en las que haya trato desigual para el déficit, con mantenimiento de los votantes en territorios dispares. De que resulta difícil da cuenta la reciente reunión inútil del Presidente del Gobierno y sus ‘barones’.

La corrupción tiene un escaso coste político

Algo queda claro, sin embargo: a tenor de las encuestas, no está al alcance de todas las mentes el impacto que sobre las economías privadas tiene el magma de corrupción extendido sobre los partidos políticos. La gente sigue votando a ‘su’ partido, aunque esté plagado de impresentables que se lo llevan crudo, o que cobren por adjudicar contratos, sin darse cuenta de que supone que al final el pago lo asumimos entre todos. Y es igual si hay personas en esos partidos que estén a salvo de cualquier tentación (cosa sólo verificable en quien, tentado, haya resistido), a estas alturas en la crítica ya nadie se salva de la quema y en las consecuencias muy pocos pagan por sus actos. Pero ¿y qué? ¿Es que es posible que el sistema evite que con menos votos emitidos se repartan los mismos escaños? ¿Es que es esperable que sustituidos por los que aún no se han ensoberbecido con el poder veamos mejorar el panorama de forma consistente y a largo plazo? Hemos sido espectadores atónitos del grado de insania mental en que se han visto sumidos los presidentes de Gobierno más significados, en el caso de alguno con difícil recuperación, a tenor de lo visto y oído en tiempos recientes. Incluso puede ocurrir que, en tal locura, quien muera, lo haga matando.

Pero puede tenerlo en la historia personal de los que se creen ‘mesías’

Se queja el presidente honorario del PP porque sabe que se acabó el aura que lo envolvía, que ya es tan humano como el resto, porque no sólo se equivocó al elegir sucesor (porque no previó que tuviera que ser jefe de la oposición, algo para lo que estaba incluso menos preparado que para mandar), sino también porque al hacerlo demostraba cuán imposible es que el PP respete el artículo 6 de esa Constitución con la que tan pomposamente se envuelve. El PP no es un partido democrático, nada se decide desde abajo, como tampoco en ningún otro en el que el jefecillo de zona te pueda decir “no te preocupes, que yo tengo controlados a los de mi distrito”. Al final es lo que ocurre en todos ellos, quizás con la media excepción hecha del partido del independentismo catalán, ERC, donde el resultado es el canibalismo galopante que va eliminando, una tras otra, hornadas de dirigentes en combustión constante. Quizás haya material para compartir la inteligente crítica de Alfonso Guerra, en su último volumen de memorias, a la idolatría actual por las primarias y las listas abiertas, de las que dice que las primeras generan cesarismo y las segundas luchas intestinas insoportables. Y es cierto, aunque se olvida de que convivió en política durante décadas al lado del último de los césares socialistas, y que no lo fue como producto de esas dos tendencias, sino del hambre de la gente por seguir a un líder con la convicción de haberlo elegido democráticamente.

Pero ¿de qué se quejan, si en realidad no cambiaron nada?

Constatada la nula democracia interna (nadie dice que sea fácil conseguirla y gestionarla), quien unió las familias conservadoras en un solo proyecto político bebe ahora de su propia medicina, pues por más que se empeñe en agitar las aguas de su partido, lo cierto es que éste está más que ceñido en torno al jefe actual y su lugarteniente, otrora ambos dependientes de Aznar. Y así será al menos todo el tiempo que a quienes se aprietan pueda durarles el cargo. Nada podrá hacer, ninguna posibilidad de volver a la escena política se avista en el horizonte. Por eso dice que “cumplirá con su partido”, sabe que su partido no lo va a llamar, ni siquiera tiene tiempo ese partido para atender a lo que de sentido común tiene la reclamación de Aznar: ¿para qué sirve una mayoría absoluta en tiempos en que esos números parecen impensables, si no es para darle la vuelta completa a la tortilla? ¡Ay!, pero Rajoy tiene su Merkel, como Aznar tuvo su Bush, sólo ha cambiado el lugar ocupado por cada uno en la curva implacable de la economía.

Entre otras cosas porque la valentía que requiere el momento tampoco está en el quejoso y dolido expresidente, después de habernos todos quedado afónicos diciendo que no la tiene su “desagradecido ahijado”. Sólo nos ha dicho aquél lo que media España dice contra la otra media: que hay que acabar con el Estado de las autonomías, que hay que bajar impuestos. Mantras de una España contra otra. Junto a eso, y los jardines interesados en los que se mete Gallardón, ¿no sería hora de decir que la broma del Estado del bienestar fue mal diseñada y que en ello tanta culpa tiene un presidente de Gobierno como otro, porque esto no ha parado de crecer hasta que todos nos hemos convencido de que tenemos derecho a que no pare? Nada ha dicho de que hay que acabar con esas realidades perniciosas que hemos convertido en derechos: el paro, las pensiones, las indemnizaciones por despido, en general todas las subvenciones, los subsidios, los incentivos, las ayudas. Este es tiempo de combate, y se cobrará víctimas, y es mejor morir de pie que arrastrarse por los estercoleros del deshonor para morir a trocitos, poco a poco, sólo con la finalidad de que los buitres que se ciernen sobre nuestros cuerpos puedan seguir comiendo carne recién muerta.

La revolución consiste en aceptar cruzar el puente sin red, porque de otro modo no será posible activar el instinto de supervivencia que ha marcado la historia de nuestra especie, la especie con alma, la titular de derechos y libertades. Ha llegado el momento de decir la verdad, aunque sea terrible. Por eso este amagar con dar un golpe resulta tan patético, sea en Aznar o en el lucero del alba, en los debates que apostillan todos los programas mediáticos, o en las supuestas ágoras de pensamiento, pues unos y otros, todos ellos, son siervos del gran poder. La cuestión no está en hacerse eco de lo que dice todo el mundo, sino en cambiar el paradigma interior, que a la postre no es más que aventurarse a andar el camino al lado de nuestros miedos, como si no existieran.


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