Apaga y vámonos

Gibraltar, ¿como las Malvinas?

Cada cierto tiempo se reactiva la polémica británico-española en torno al Peñón de Gibraltar. Sale a relucir la historia, los tratados… El gobierno de Londres saca pecho, recordando dos cosas indiscutibles: la primera es que en un momento determinado de la historia, en aquella época en la que, como he dicho en otras ocasiones, las naciones se fraguaban a golpe de cañonazo ese territorio tan cacareadamente patrio fue cedido al imperio británico por quienes lo ocuparon durante la Guerra de Sucesión Española. La segunda es que, si la controversia sigue viva, es sobre todo por el emplazamiento privilegiado del Peñón desde la perspectiva geoestratégica, lo que le confiere un valor especial más allá de emociones auténticas o figuradas.

En este verano que no da tregua a la política, el modo en que la polémica se ha reavivado es curiosamente en sentido inverso al usual. Cuando el año pasado el Gobierno de Rajoy impidió a la Reina de España acudir a la celebración del sexagésimo aniversario de la coronación de Isabel II, el desaire respondía a uno previo, consistente en la demostración de fuerza militar que había sido realizada por el Príncipe Andrés sobre las aguas próximas a la roca. Siempre en el fondo de la cuestión hay algún tema de contenido económico, traducido en este caso a número de redes y peces que los pescadores españoles pueden trajinar en las aguas que lo circundan, pero la cuestión es mucho más atávica y no tiene visos de solucionarse, al modo en que no lo son tantos otros desmoronamientos de imperios fulgurantes de tiempos pasados.

Siempre en el fondo de la cuestión hay algún tema de contenido económico, traducido en este caso a número de redes y peces que los pescadores españoles pueden trajinar.

Este año, como digo, la polémica se inicia desde España, y a la pregunta sobre las razones para esta salida de pata de cabra veraniega, la respuesta británica no se ha hecho esperar, quizás porque no es la primera vez que viven una situación semejante: el alcalde de Londres, que por el modo en que se expresa no es precisamente un lerdo, ha salido al paso de la maniobra con una estocada política en pleno estómago marianesco, diciendo que se trata de una maniobra de distracción, para alejar el foco del gran problema que afronta estos días el PP, el caso del tesorero y sus sacas de millones de euros repartidos por paraísos fiscales. El alcalde londinense, Boris Johnson, ha publicado hace unos días un artículo en The Daily Telegraph titulado "España debe quitar sus manos de la garganta de Gibraltar", en el que afirma de forma muy gráfica que no es ésta “una discusión por los peces".

Aunque en el fondo sí lo es. Viendo las listas de los mejor asalariados (las listas de los listos) del PP, una colige que sí se dirime aquí lo de los panes y los peces. En tiempos de penuria para tantos, cuando ya los populares decían a quienes quisieran escucharles que la crisis económica era un hecho, los sueldos de sus máximos dirigentes, que no quiere decir los de los más capacitados dentro de la formación, no dejaban de crecer. Que le digan a los que han dejado de cobrar mil euros al mes, los que están en paro, los que trabajan en la economía sumergida y los que ya no reciben ningún tipo de paga por hacer o no hacer, si un cuarto de millón de euros es una cuestión de peces o no. Viéndolo en perspectiva, comprendo por qué era tan importante aquel congreso de 2008 en Cataluña que tan gloriosamente perdimos unos cuantos ilusos que creímos que esto trataba de política en sentido estricto, de competencia entre proyectos, o incluso de los míos contra los tuyos. ¡Qué va! La cuestión eran los peces, escondidos en las entretelas de los discursos de argumento sobado, entre los pliegues de las caras que querían aparentar escandalizarse con las críticas del adversario. La cuestión eran los panes a sumar: el dinero por el cargo de representación, más las dietas, más el del cargo en el partido, más los extras (tarjetas, ipads, teléfonos, viajes, entradas a parques temáticos o billeteros de regalo navideño…) Los panes y los peces, que se multiplicaban a ritmo exponencial cuando se entraba a formar parte de los elegidos.

Por eso es tan necesario encontrar un tema que distraiga al personal. Ya nos hemos tragado las lágrimas por la tragedia de Santiago, y hemos saltado de alegría con las medallas de Belmonte, hemos polemizado con la jugadora de waterpolo, que jugando con el equipo español, se declara independentista. Se nos han acabado las distracciones negras o blancasentre las que esconder el escándalo Bárcenas. Así que, piensa que pensarás, alguien va y recuerda las Malvinas. En aquella ocasión el general Galtieri creyó encontrar en el enfrentamiento con los británicos una ocasión de oro para ocultar el declive del sistema político argentino y la crisis sin retorno en que se había sumido la junta militar gobernante. Aunque se encontró de frente con una “dama de hierro”, aquél no era un conflicto menor, lo que quedó de manifiesto en la proyección mediática de cada uno de sus pormenores, hasta la llegada del momento suicida para Argentina en que ésta tuvo de abandonar sus pretensiones reivindicadoras sobre las islas.

Los “pensadores” áulicos de Mariano Rajoy deben de haber pensado que la cosa se podía copiar. Y tal vez, a la vista de algunos comentarios periodísticos, incluso de las salidas de tono de ciertos artistas, puedan creer que para la mayoría éste sea un tema con capacidad para sustraer la mirada del tesorero y sus bombas. Pero, si es verdad que una parte importante de la población está pillada entre las hipotecas, los subsidios, las preferentes y el calor, a Rajoy no lo salva una crisis (real o ficticia) territorial, cuando ha sido incapaz de solucionar temas mucho más graves como el caso catalán, y cuando sabido es que, al preguntar a los habitantes del Peñón sobre su sentir nacional, con gracejo del sur y ceja archisorprendida, responden: ¡ozú, pueh que via séh yo, pueh ingléh, miarma!!! 


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