Apaga y vámonos

Fronteras borrosas

¿Dónde empezó todo? Recuerdo cuando en matemáticas empecé a oír hablar de conjuntos borrosos; después llegaron la lógica, los números y las personas aquejadas de la misma calidad delicuescente. Décadas después, una concepción ética relativista lo imbuye todo de incertidumbre; dudamos sobre lo que está bien y está mal, dejando en las periferias de lo tolerable o adentrándose en lo directamente inadmisible únicamente dos conductas humanas: la pederastia y la violencia machista. Todo lo demás o no se cuestiona, o los intelectuales de pacotilla que marcan la pauta se contraen en un mea culpa constante indagando sobre qué debemos de haber hecho mal para que delincuencia juvenil, desestructura familiar, dependencias varias e incluso psicopatías sociales hagan mella sobre ciertos individuos. Todo es responsabilidad de un algo intangible, llamado sociedad que, cual Fuenteovejuna, actúa o peca por omisión sin que sea admisible la crítica al sujeto concreto salvo que pegue a su mujer o se acueste con un menor. Pero, al tiempo, porque también esto último, como ya pasó en la Roma del Dominado, y antes aún en la Grecia clásica, dejará de cuestionarse (vean, si no, las primeras manifestaciones a favor de la pedofilia que han parecido en las redes sociales…).

Todo es borroso, y el ser humano no podía ser menos. No inventó esa adjetivación, pero Zygmunt Bauman es probablemente el filósofo que ha hecho más famosa la expresión “hombre líquido”, ese ser que a fuerza de clamar por ser libre pero al tiempo reclamando mayores cotas de seguridad se ha visto atrapado en el laberinto de la contradicción entre ambos deseos, acabando por destruir la libertad por no sentirse con fuerza para asumir su necesaria contraprestación, la responsabilidad por las decisiones tomadas. Ese ser humano es así hoy más débil, ya sea porque ha perdido músculo para reaccionar (en el caso de la sociedad del bienestar) cuando sus conquistas sociales desaparecen; ya sea porque su vida no vale nada y corre el mismo albur que las de las hormigas aplastadas bajo la suela del explorador en un alto porcentaje de las comunidades que ha formado.

Debilitado por el bienestar adquirido en unos casos, o aniquilado por la injusticia en otros, el miedo se ha hecho constante compañero de viaje del hombre occidental, y esa compañía es letal para la identidad; perdida la identidad de cada persona, se refuerza de forma más o menos artificial la colectiva y por eso nuestro panorama actual en Europa se parece tanto al que ya fue vivido hace décadas. Los micronacionalismos vuelven a sustituir al que creyeron fraguar de forma indestructible los Estados de la sociedad de naciones. El Estado-nación que podía tener sentido cuando la gente confía en sus posibilidades se vuelve prisión y carece de credibilidad en etapas de zozobra. Se consolidan entonces murallas de tamaño manejable y se difuminan las fronteras que parecían grabadas a fuego en la historia de los pueblos.

Construir la Unión pasaba por desdibujar las fronteras de sus Estados, pero lo sucedido sólo en parte cubre el objetivo

A mi parecer ésa es la única zozobra que puede albergar Europa en el momento presente: construir la Unión pasaba por desdibujar las fronteras de sus Estados, pero lo sucedido sólo en parte cubre el objetivo; el cuestionamiento indudable de las fronteras de muchos estados (nombramiento de dirigentes italianos sin elecciones, rescates o sucedáneos, etc.) ha sido sustituido por focos evidentes de tensión interna, de los que no es el menor, por no decir que es el mayor, el conflicto producido en Cataluña a partir del año 2010. Para corroborar la precaria situación del mapa político europeo, la pretensión de Ucrania de desvincularse de la madre Rusia y ser adoptada por la Unión Europea ha desencadenado el conflicto de mayor trascendencia en décadas en las relaciones de los que en su día fueron protagonistas de la guerra fría; sólo la evidente mutua necesidad en materia energética parece contener el estallido que se cierne sobre Crimea como extraña excepción a la excepción de lo que parecía tan seguro hace tan poco. O quizá sea todo lo contrario, y las excusas para una escalada bélica en la zona están servidas para consumo de esta sociedad de espectadores atemorizados que es el Occidente europeo.

En todo caso no es de extrañar que los nacionalismos de bolsillo proliferen en Europa, que fraguó sus fronteras sobre violencias diversas y ahora es incapaz de justificar una parte de la historia negando otra; en el caso catalán por eso resulta tan ridículo hablar de qué nación es más antigua, si España entera o la parte catalana, cuando la evidencia se ancla en un presente socialmente movilizado que se está llevando por delante a la clase política de siempre y a la de nuevo cuño. La frontera no viene así determinada por la historia, siempre sangrienta y conquistadora, sino en el modo en que se ha revuelto una parte del todo contra la vacuidad del projecto colectivo común.

Pero con todo, la borrosidad de las fronteras no es más que la penúltima manifestación de nuestro desdibujamiento como seres humanos; nunca tuvimos tanto, nunca nos sentimos tan poco; quizás es que ambas cosas van necesariamente de la mano; quizás es verdad que quien rompe la paradoja entre la libertad y la seguridad, porque se siente seguro de que es libre, es el único capaz de desprenderse de su camisa, metáfora de un sistema de prejuicios, hipocresías e inercias, con el que ocultamos, erróneamente avergonzados, nuestra alma inmortal.


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